jueves

Resistencia

El viejo guerrero apoyó el pulgar en su pómulo derecho y con los demás dedos de su mano barrió la barba en la otra mitad de su cara, tres veces. Reflexionó un instante y se le fruncieron los párpados de los ojos glaucos. La mueca que bailaba en su boca delataba su concentración. Pensaba y vivía sus ideas, pesaba y media. Mensuraba la velocidad del viento y su dirección, los rayos del sol y sus reflejos, las piedras altas en el acantilado...y su larga fisura.
La pradera nacía a sus pies, hija verde y fresca de la tierra yerma que hervía más allá, tras el paso de piedras. Por ahí vendrían los enemigos.
Esperaba a los norteños, con unos pocos infantes. Tal vez estaba loco. Dos docenas de infantes y un trabuquete para detener al ejército más grande que pisara esas tierras alguna vez.
Demorarlos, dar tiempo a la gente llana para dejar sus casas, sus bestias flacas y correr a la pobreza y la desesperación...¿Cuántos morirían? Por hambre o por fuego...¿Qué lograrían estos pocos soldados? El general pesaba y medía. Le dolía el destino de su pobre pueblo.
¡¡Demorarlos!!...¿Vencer tal vez? ¿Al menos salir vivos y salvar a alguno de sus paisanos? No lo sabía.
Demorar, demorar era la clave. Y el paso angosto junto al risco...y la fisura. El general Grokk pesaba y medía.
Entonces los gritos de alarma lo llamaron de vuelta. Llegaban los perros del Norte, numerosos como hormigas, fieros y disciplinados. Las últimas gentes que pensaban salvar algo más de sus posesiones dejaban los fardos y huían. Los que estaban allí por ser demasiado viejos o débiles para huir y demasiado pobres para que alguien se ocupara de ellos simplemente se quedarían. Un gordo comerciante abandonaba sus telas en el camino barroso. Los hijos cargaban a una anciana en una mula. El mendigo ciego esperaba sentado. El pueblo era pequeño y miserable entonces, despojado de la belleza de la pradera al sol y sus días felices.
-¡FIRMES SOLDADOS. FALANGE EN FORMACIÓN CERRADA FRENTE AL PASO. A AGUANTAR! -dijo Grokk con tranquila determinación.

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