lunes

Por qué escribir

La respuesta a la pregunta del título es simple, la escritura es un arte y dado ello, es necesario desarrollar él mismo sin importar si tendrá el texto una buena recepción y/o saldrá del ostracismo uniéndose al resto de manifestaciones semejantes de la humanidad. Sin temor alguno, ya que es un ámbito en donde soltarnos mostrando nuestro lado más humano con prescindencia de las caretas que portamos no mostrándolas por lo general al mundo cercano que lo puede ignorar.

Escribir es un arte, el mayor de ellos, siendo que en otras manifestaciones culturales muchas veces se reduce la expresión de las letras adaptándolas hasta que en ciertas ocasiones queda poco o nada de la obra existente es los libros.

También, la escritura es la supervivencia de los libros que existen desde que los romanos (a fuerza de sandalias, adoquines y lanzas) inventaron los códices dejando atrás al viejo papiro habiéndose adaptado al paso del tiempo, cual radio, con versiones digitales a las que les falta un ingrediente nada más: el olor a libro nuevo y la conducta reiterada en el tiempo del ser humano de percibir dicho aroma.

Escribo dado que existo, millones antes que mi mera humanidad han hecho lo mismo dejando un testimonio de épocas tan distintas y tan humanas como la nuestra, hablándonos desde un momento de la historia en la que los raudos avances tecnológicos del presente no eran ni siquiera concebibles (a menos que te llames Julio Verne).

El tiempo corre igual a los granos encerrados en un reloj de arena imaginario, con cientos de días que se deshacen entregándonos su sol de cada mañana y sus noches con todos los matices posibles. Tú que sabes que es así, escribe o perece.

domingo

Texto en viaje 6

¿Quién te ha visto y quién te ve? le soltó Primitivo a su hijo Juan, vuelto padre.

¿Quién te ha visto y quién te ve? me dijo el viejo Caito con sus cabellos blancos y el recuerdo de un camión que deambula en otras rutas.

¿Quién nos ha visto? Cargamos vidas que un día nos llevarán a nosotros, alzándose mientras su sombra se alarga a la par que nos encorvamos con el peso de los años.

Dado que así son las luces y sombras de esta existencia. 

Texto en viaje 5

Sábado, el último día de noviembre aguarda la condena de quedar atrás.

Pero aún es sábado, la pena del domingo no ha llegado con el treinta indicado el límite.

El 29 marca las puertas del cielo, no hay vida luego del día siguiente sólo el comienzo de un nuevo mes que resulta el del final y las alegrías descorchadas junto con la melancolía de ausencias y presencias. 

Texto en viaje 4

Valenciano no es sólo in apellido, es un universo repleto de historias y de risas.

Qué son las memorias si no nostalgias, del ayer y del hace poco. Una semana apenas, recorriendo el pueblo cuyo buzón de hierro marca la presencia del pasado.

Monumentos, nombres de calles, miradores del presente, campo y ciudad. Una eterna unión pese a que la vendan separada.

Valenciano no es sólo un nombre sino una historia interminable nacida en MDQ. 

Texto en viaje 3

Camino, la lluvia a veces está ausente, aunque el gris del cielo no se cansa de anunciar una proximidad.

La Negra deambula entre los recuerdos del mundo viejo y las sombras del nuevo, dado que la vista ha comenzado a marcharse marcando el comienzo de un tiempo en él que el olfato permanece intacto.

Huele así la nueva presencia de la que huye despavorido, ya que el pequeño humano la persigue riendo hasta que ella decide esconderse.

Texto en viaje 2

Las calles de arena, otrora tosca, los pozos que cumplen cada día un aniversario más de la incapacidad para dejar los días planchados con poco esfuerzo.  

Los árboles llamándose en una forma de arte antiguo, frente a todo el abandono de estos tiempos en los que un teléfono habla consigo mismo.

Los canes ocupando las veredas verdes que alguna vez fue morada de Carlitos, durmiendo ahora eternamente bajo el montículo que excavaba persiguiendo a los cuises que le cantan en la soledad. 

Textos en viaje 1

La ruta nos lleva a través de las sierras y paisajes en verde y a amarillo.

Algunos vehículos cruzan nuestro camino cuyo destino está más allá de las Sierras del Pigüé.

Ayacucho y Juárez son los oasis para estirar las piernas mientras nos bebemos un café, eterno compañero.

El sol de la tarde entorna nuestros ojos, mirando los nombres de los pueblos que nos dan la bienvenida hasta dar con Puan.


Entrevistando a Asterión

A Jaime Ponce lo apodaban el Obelisco debido a que no era el más alto de la escuela sino del pueblo, hecho este fácilmente comprobable dado que al tomar las fotografías de la primaria el fotógrafo le solicitaba que se sentará a un costado con el fin de no eclipsar a sus compañeros. Era eso o bien tener una colección de imágenes con una cabeza cercenada que ya en una oportunidad lo había convertido en la burla de sus colegas, a los que obviamente ignoraba sin más. Jaime se convirtió rápidamente en el objeto de las cargadas, las que fueron inmediatamente solucionadas después de acomodarle las ideas a más de un compañerito que desde entonces no se dedicó a molestarlo. Se sentaba en la última fila de forma tal que ninguno quedaba oculto del sol por semejante presencia, ayudaba a los más pequeños a alcanzar los libros en las repisas altas y de paso bajaba las calaveras que se encontraban en la parte superior de las estanterías asustando a los demás. No obstante ello Ponce no reía jamás, era una especie de mueca lo que se podía considerar su risa así que esto atraía la atención tanto como su estatura. Un día cualquiera de cuarto grado llegó un nuevo estudiante, Víctor Peña y Funes, dado que su madre se trasladó a la localidad con el fin de impartir clases. La relación entre ambos fue de chispazos al comienzo y de silencio luego, al recién llegado se le ocurrió usarlo como el centro de sus burlas además de practicar tiro al blanco con pedazos de tizas que tomaba de la cartera de su madre. Un buen día Ponce lo tomó por el cuello del guardapolvo en el momento que se aprestaba a salir al recreo, girándolo en el aire y dejándolo con la cabeza metida entre la silla y el soporte del banco de madera en donde se sentaba. Cuando fue hallado en esta posición tan extraña dijo que se encontraba ejercitándose para irrigar mejor su cerebro, una técnica ancestral que no debía ser usada por cualquiera ya que únicamente los impregnados en el difícil arte sabían la manera. El asunto quedó allí, al igual que Peña y Funes hasta que la portera lo sacó no sin antes usar la escoba como fórceps. La relación entre ambos protagonistas quedó congelada dado que se dedicaron a ignorarse los siguientes años hasta aquel día que los encontraría en un lugar impensado. A sus diez años Jaime se había convertido en el portero de las inferiores del Club Bellavista y Mosquitos, apodados los Chupasangres por los equipos de la región. Los campeones defensores salieron en el marco de la décima fecha del torneo clausura a buscar el punto necesario para dejar en el camino a su perseguidor, Vencer y Conquistar, hasta ese momento un cuadro que no le hacía honor a dicha premisa. Ponce era el 1, el seguro final de la defensa que comenzaba en el número 9 y se extendía hasta el aguatero, no le habían marcado un solo gol en aquel torneo a falta de dos fechas (contando la que estaba por disputarse). De pronto algo lo sacó del precalentamiento, una anomalía que hubiera sido mejor no tener que presenciar, un peligro potencial para aquella mañana de sábado que se sentía fresca en el borde de la primavera, Víctor Peña y Funes jugaba en el otro equipo, llevaba la número 10 y el brazalete de capitán coincidiendo en esto con el portero. Continúo sin embargo haciendo la entrada en calor, aunque cierta preocupación lo había invadido, no mostrándole nada de esto a sus compañeros que tampoco salían del asombro ante aquella presencia. El partido fue parejo, aburrido diría algún asiduo a tales grescas que se levantaba temprano para esperar los encuentros de la tarde arrancando con el mate al que le calentaba el agua con un mechero montado sobre la garrafa de un sol de noche. Minuto diecinueve, segundo tiempo, el 5 de ellos recupera un balón abriendo el grifo de la catástrofe al filtrar un pase entre los mediocampistas locales para el 10 que arranca a una velocidad inusitada. El 2 le sale aunque de refilón ve al 9 del visitante que se manda para el área, ahí es donde pierde el mano a mano con Peña y Funes que lo hace pasar de largo entre el amague y la preocupación. Jaime ve el peligro sobre su meta dado que tiene que atender a dos situaciones bien diferentes, el centrodelantero que aguarda el pase y el armador que lo sabe peligroso antes de que se lo digan. El 10 no tiene intención de darle el balón a nadie más, excepto a la red contraria que le ha quedado lejos hasta aquel momento entrando al minuto veinte del complementario. Ponce sabe que descuidar su palo es un suicidio, peor aún es quedarse clavado sin intervenir ante el centro atrás que viene funcionando desde que el fútbol se bajó de un tren británico. En su mente la jugada se repite miles de veces en esos segundos antes del impacto del balón, ya le ha sacado un remate de lejos a Víctor negándole que le haga honor a su nombre. Pero nada más, a último momento da el paso en falso dejando desprotegido el poste que tiene una calcomanía despintada en su fachada y lo han repintado siempre con aquel objeto manteniendo la posición. Víctor saca el zurdazo viendo el resquicio entre el golero que ya se ha movido, al 9 levantando los brazos esperando un pase que no llega y al silencio de la mañana soleada en la que hay un único espectador. Golazo, la pelota recorre la red sondeándola en toda su extensión para darle el buen día a una araña somnolienta que huye caño arriba a esperar pase aquel momento de zozobras. El 0 a 1 es lapidario, los campeones se desmoronan como un castillo de arena dado que han tirado a la basura el campeonato en aquella penúltima jornada. Es cierto que falta un partido más pero será un empate y el oponente de esta tarde ganará en su casa, dando la vuelta olímpica por primera vez en un regional cortándole así la chance del tricampeonato a Bellavista. En la escuela el asunto es un tema tabú, los compañeros de Jaime lo miran mal a Víctor pero este los ignora a todos siendo que además un mes más tarde su madre dejará de trabajar en el lugar. El rastro de estos dos personajes se pierde en el tiempo, como él de muchos que hemos conocido en una época semejante. Peña y Funes jugó en el ascenso ya entrado en la juventud, con incontables batallas en una división áspera como lija en el desayuno y un buen día recaló en Ferro como refuerzo cumpliendo así su sueño de estar en la primera. Un 25 de noviembre visitaron el Templo del fútbol, dado que el lugar es más relevante que el deporte en sí, saliendo en el once titular para colosal partido. Contempló las gradas que se habían llenado como si un hormiguero se abriera, a los jugadores de Boca allá al otro lado de la línea media y el atronar que comenzó a hacerse más y más estrepitoso. Le tocó dar el puntapié inicial, el muevo yo que podía ver en la televisión hasta entonces, cediendo el pase al número 8 que enseguida se la dio a los centrales. Primeros minutos, el corazón late a mil, los pensamientos se mezclan en una suerte de alegría y temor, la adrenalina bombea el tambor haciendo que deba aprovechar aquella sensación. Minuto cinco, pase del 8 para él que aprovecha el quedo de los mediocampistas encarando con pelota dominada para el arco defendido por Sánchez. Es una suerte de paramnesia dado que ya sabe ha vivido esto, ve a Carlos Alberto Vidal que enfila hacia el área y sabe bien lo qué debe hacer. El amague al central que sale, después el centro atrás o el fierrazo siendo que el golero Xeneize ha dado muestras de meter la pata. Pero nada de esto ocurre, de pronto todo se nubla, la hinchada local parece muy lejana, su cabeza da vueltas y el resto del cuerpo también. Es que se ha olvidado de un detalle, aquel zaguero le barre la pelota con el pie derecho, en tanto que le acomoda la extremidad izquierda de un soberbio puntapié y en la caída le pone el sello de calidad: un codazo en las costillas que lo dejará sin aire hasta entrada la noche. Lo tienen que cambiar, enseguida vendrá el gol de Enzo Ferrero y La Bombonera estallará en miles de almas coreando un nombre, para él queda la resignación del túnel debidamente a mano descendiendo hacia los infiernos y sentándose en lo que creerá es un escalón. Los ruidos cesarán, logrará divisar a otra presencia que se le acerca para detenerse a su lado contemplando las columnas derruidas y el polvo que cae con el terremoto que tiene lugar en la superficie. Se sentirá fatigado, su lengua se trabará un instante y al finalmente quitarse la sangre del rostro verá que Teseo ha arrojado lejos su espada para charlar un rato. Aunque el agua le quitará tales ideas enseguida, la persona a su lado en el vestuario de los visitantes es un rostro del pasado. Un pibe que ya es adulto y al que le comienza a aparecer una incipiente calvicie así que usa una boina para disimularla, además tiene el pase de los que trabajan en la prensa. El silencio será roto, ya no por el cuarto gol de Boca, sino por una pregunta que él no se podría imaginar:

—¿Te puedo hacer una entrevista para El Pionero de Bellavista?

viernes

28 de noviembre del 2000: Boca Juniors vs. Real Madrid

Aquel equipo formado en el invierno de 1998 salía de memoria, otra que él de 1943, habiéndose unido las piezas por obra y gracia de un sujeto venido de los fortines que ya sabía de andar derrocando gigantes (o eso dicen los que están al otro lado del océano).

La formación que viene a la mente era la siguiente: Córdoba; Ibarra; Bermúdez; Samuel; Arruabarrena; Serna; Cagna; Basualdo; Riquelme; Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo.

El 9 y el 7 venían de enemigos irreconciliables pero en el universo xeneize encontraron una amistad, el apodo de Titán dado a Martín no sólo lo vincula al viejo Karadagian sino a la mitología griega en la que los titanes eran 12.

Doce, el centro del universo al que fueron a parar estos héroes que una tarde de agosto arrancaron en Caballito el tren que no se detendría hasta la cima del mundo, final contra otra escuadra verde también para la conquista de América y más allá (disculpen los demás).

Si Martín es el Titán a Guillermo Marcelo Araujo lo apodó Chapita, dado que el Chapa era Suñé (le clavó un tiro libre a Filliol en la final del Torneo Nacional de 1976 en cancha de Racing).

Atrás la defensa se mantuvo impasable hasta el final del segundo campeonato ganado en forma consecutiva (Clausura ’99) probando sus armas en la siguiente Copa Libertadores del año 2000 a la que Palmeiras llegaba como el campeón.

Boca pasó la fase de grupos con una recordada goleada al Blooming y la noche del Chango Moreno cuya estrella se ha unido al resto de la bóveda azul que yace sobre la cabeza de los herejes.

Nacional de Ecuador, River Plate con derrota en Belgrano (perdón, Núñez) y victoria 3 a 0 en la Bombonera mediante los goles de Delgado, Riquelme de penal (en el festejo aparece Sergio Gendler detrás del arco de Bonano) y Martín Palermo que volvió esa noche después de un año de mierda: tres penales errados frente a Colombia jugando en la Albiceleste y la lesión frente a Colón de Santa Fe, aunque esto no lo libró de marcar su centésimo gol en primera división.

Entró ese 24/05/2000 para sellar la historia y dejarle al hijo preferido de la casa una herida que no han conseguido cerrar (pese a ser una moda los últimos años y sin contar la paliza del 09/11/2025).

Gol de Martín, fin del partido, Boca a semifinales contra el América de México y un 4 a 1 acá en el Templo para ir al Estadio Azteca que presenciaría una batalla colosal una vez más.

Los de amarillo se pusieron 3 a 0 complicando el asunto con nueve minutos de tiempo regular, pero un instante más tarde llegaría el córner y el cabezazo bombeado de Walter Samuel decretando el 3 a 1 final y el pase de Boca a la final.

Allí aguardaba el Palmeiras, una historia que se repetiría en eso de toparse con el Verdão. Empate acá, Arruabarrena mediante e igual resultado allá en un partido no apto para cardíacos. En Brasil decían que estaba todo definido, todo excepto por el viejo técnico que sabía de estas batallas y así la cosa se fue a penales.

Convirtieron Guillermo, Riquelme y Palermo (no fue la única revancha que

tuvo), Córdoba le atajó los disparos a Asprilla y a Roque Junior. Bermúdez definió la contienda para levantar el trofeo veintidós años después del otro Boca: el del Toto Lorenzo.

 

Aunque no vine hasta acá a hablar de estadísticas, de hecho todo esto es irrelevante excepto para servir de preludio para ver a dónde llegamos luego de estas peripecias. Estaba en Mar del Plata para este momento irrepetible en la historia de Boca Juniors y el fútbol argentino, recuerdo aún el gesto de Carlos Bianchi al culminar el encuentro de ida en casa pidiendo calma.

La arenga en el vestuario con casi todo el Morumbí gritando en contra y el silencio tras el remate final del Patrón.

En la pensión en la que me encontraba había mucha gallina dando vueltas, que venían de ganar dos campeonatos seguidos y se había embriagado antes del tres a cero y la cruda realidad.

Sin embargo, esto también es inverosímil siendo que no estoy aquí escribiendo esto dos semanas antes del evento que me ha dado la idea. La razón es más grande que Plumas Unidas del Río de La Plata y Palmeiras, que habían quedado atrás de hecho en el derrotero del Xeneize rumbo a recuperar el trono.

El motivo es el cotejo con el Real Madrid, un encuentro que estaba lejos en el calendario luego del 21/06 de dicho año y comenzado el Apertura 2000 el asunto quedó un poco a un lado. Pero estaba, la chances que nos daban eran pocas o ningunas, aunque luego de la hazaña en tierras brasileras había una luz de esperanza.

Ya lo dijo Valdano: el problema para el Real Madrid es que Boca muchas veces consigue lo que quiere o algo así. Y así fue, saltados los once al campo de juego el temor se deshizo por obra de un equipo solidario que no le dio margen al contrario sabiendo quién estaba enfrente.

En la semana previa Bianchi probó con una táctica simple: Matellán lo marcaría a Luis Figo (el Pesetero) y cuando el luso lo superase Traverso debía despejar el balón. Simple.

Samuel, Arruabarrena y Cagna se habían ido, Diego sería el único que regresaría para ser campeón del mundo en el 2003.

Aquel 28/11/2000 Boca Juniors saltó al campo del Estadio Nacional de Tokio con Córdoba; Ibarra; Bermúdez; Traverso; Matellán; Serna; Battaglia (él solo tiene más títulos que las Gallinas del Belgrano); Basualdo; Riquelme; Delgado y Palermo.

La vieja radio de un gran amigo como Javier Omar nos sirvió para seguir el encuentro, aunque en el segundo tiempo Víctor Hugo mandó el partido al aire en unas pantallas que tenía en el programa Desayuno.  

Los golpes en la puerta me sacaron del mundo de Morfeo en él que me hallaba olvidándome por completo del match que arrancó a las 6:10 de aquel martes de noviembre, apenas tuve tiempo de salir al pasillo de la pensión del 13 de Julio cuando Javier gritó el primer gol de Palermo. Minuto dos, Matellán se la pasa a Delgado que arranca habilitado y centra para Martín que entre los defensores bate a Casillas. El grito de los dos es respondido con una puerta que se abre y una voz que nos manda a callar, llevándonos aquel aparato infernal escaleras abajo.

Allí está el salón que los estudiantes usan en la época de los parciales, aunque sirve también para esconder sillas destruidas por la furia de Valenciano cuando le empatan el encuentro a Boquita los brasileros.

Nos sentamos, casi ahí nomás viene la recuperación de la defensa de bostera dándosela a Román que le manda un pase a Martín que a la carrera se saca de encima a su marcador y la cruza. 2 a 0, seis minutos del primer tiempo y la alegría que nos desborda. Ahí no hay proscripción, los que no entienden de las pasiones futboleras no comprenderán tampoco el momento que vivimos.

Es cierto que después descontó Roberto Carlos, pero ese día no tuvo amigos, excepto por la cantidad de carajearas que bajaron desde las tribunas embanderadas de azul y oro. La defensa aguantó de la misma forma que un medio campo combativo, aunque en los pies del Torero estuvo la mejor versión de una escuadra forjada dos años y tres meses antes de aquel cotejo. El pitido del árbitro colombiano dio por finalizado el encuentro cubriéndose las calles de Mar del Plata de azul y oro, como no podía ser de otra forma (y el resto de Argentina).

Sólo Boca Juniors es capaz de tales epopeyas, sólo Boca nomás, sin ideologías y sin religiones. Nuestra piel tiene el color de la noche y en su centro un sol.

¡Viva Boca Carajo!




jueves

Visitando a un amigo

 La ruta 74 que cambia de nombre, dejando atrás las sierras de Tandil

y dando lugar a que surjan en el horizonte las de Pigüé, 

detrás de las cuales se esconde el rancho de Ricardo.

Los campos revestidos de amarillo y verde,

cortada la monotonía de la siembra y la cosecha

por el azul de todos los espejos

que son apenas una copia del eterno océano.

El mirador en donde el viejo Pasquale

recibe a los feligreses que proviene

de distintos lugares del cosmos,

la laguna con el nombre del lugar

en letras blancas y cierto enano

que aprendió a caminar hace poco

deambulando perseguido por

la sombra protectora de mamá.

La casa, el viejo buzón y el asado

del sábado mientras los granates 

vencen sus penas desde los doce pasos.

El calor, la tormenta, la noche en silencio,

los juegos, las risas, las memorias

y el interminable reencuentro con nosotros mismos,

viendo que el tiempo no ha pasado así como así.


lunes

Puan

La ruta finalmente nos deja en Puan luego de varias horas desde General Lavalle y el sábado hay asado, dado que nos hemo reencontrado devolviendo la visita. El calor viene con el viento que lo hace más tolerable, entre la tos del pequeño y las maravillas descubiertas hemos pasado la tarde del domingo.

El padre Pasquale Di Saverio deambula por las proximidades del Mirador Millenium, cruzando palabras antes de emprender los veinte metros del ascenso y sentir el golpe del viento ahí arriba.

La laguna lejana será la parada del final de la tarde, corriendo los perros a sacarse la calor en aquellas aguas en torno a la cual las personas se sientan como si fuera una hoguera.

Salud viajero.




viernes

1925 (fragmento del libro "Omnes Me")

 Aquel año la Selección Argentina ganó su segunda Copa América, el torneo de selecciones más viejo del mundo (contando un poco más de cien años) y sin dejar de lado que en 1908 ya se había disputado este deporte a nivel olímpico. El 05 de marzo de 1925, antes de que varios de nosotros siquiera fuéramos una concepción en la mente de nuestros ancestros, Boca Juniors jugó contra el Celta de Vigo iniciando la Gira por Europa de 1925. Se trataba de un combinado de la entidad boquense con refuerzos provenientes de Rosario Central, Tiro Federal, El Porvenir, Argentinos Juniors y Huracán de Parque de los Patricios. Aquella gesta, dada la falta de conexiones como las conocemos y todos sus problemas, aparece retratada en blanco y negro aunque fue a todo color dado que de los dieciocho encuentros Boca ganó 15, empató 1 y perdió 2. No obstante ello, el reconocimiento más importante que existe no es en sí haber representado a Argentina fuera de su naciente seleccionado sino avisarle setenta y cinco años antes al Real Madrid que del otro lado del océano hay un monstruo que por lo general se sale con la suya. Cruzaron España, Alemania y Francia, muy lejos en esos tiempos posteriores a la Primera Guerra que se repetiría en una versión peor (el humano se supera en lo nefasto también). Entre los jugadores del club hay un hincha, se llama Victoriano Agustín Caffarena Díaz y de él nace la leyenda del Jugador N° 12. Aquí es a dónde quería llegar dado que las banderas cuelgan en el viento pero muchos ignoran el porqué, asociando simplemente la cuestión a la propia barrabrava que a los simpatizantes en sí. Lo primero es mentira, ya que es fácil quedarse con el nombre para sacar provecho escudados en la gloria que no consiguieron, lo segundo es incierto dado el desconocimiento que la mayoría tiene incluso pudiendo leerlo en un segundo (de hecho no lo hacen). Llevaron un juego amateur a una versión distinta significando una suerte de descubrimiento del Viejo Continente, a la inversa del hecho histórico de 1492, seis años antes de que un 31/05/1931 comenzara el fútbol profesional por acá. Los mundiales no existían todavía pero aquel equipo en azul y amarillo estaba anunciando la confrontación definitiva, sacando a los postulantes de su comodidad a la vez que le demostraban que existían rivales en todas partes del globo. La historia de Victoriano con Boca no quedó sólo en aquel hecho dado que en 1926 le encomendó a Ítalo Goyeche la composición del himno de Boca Juniors, cuyo estribillo viene a colación: “Con tu enseña victoriosa que es de oro y cielo azul, en la Cancha se entusiasma nuestra fuerte juventud. Electrizan tus colores Viejo Boca vencedor y en los campos de combate es glorioso tu pendón”. El Totto, el otro, fue también presidente de La República Independiente de La Boca en la década de 1960 hasta su partida en 1972 aunque sólo se muere realmente cuando comenzamos a hablar en pasado. Si no ya habríamos olvidado a Alejandro y a César, cuyos tiempos son tan lejanos a los nuestros pero se parecen.

miércoles

En la tempestad

 Texto remitido al Concurso Literario 2025 del Colegio Santa María de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, recibiendo la Mención Especial en la Categoría D: Adultos, en la semana posterior al 12710/2025.

 

La niebla apareció una vez que la Llanura Pampeana comenzó con su declive interminable, tornándose cada vez más espesa en la medida que avanzaban sobre el terreno.  En algún lugar de dicha cortina de agua la hermana menor comenzó a dormirse hasta desvanecerse por completo sobre la grupa del viejo huargo, que les fue regalado un mes de diciembre ya lejano. En lo alto los truenos se presentaban como los heraldos de la borrasca que se venía demorando desde hacía un lustro, la tierra había sido apenas manchada por la bruma que se extendía más allá de donde la vista alcanzaba. El horizonte se fugó en un instante desapareciendo con él la luz del alba y del crepúsculo, hasta tornarse jirones de una fuerza que se negaba a ser desterrada así simplemente. Durmieron aquella primera noche apretujados los tres, la más pequeña daba únicamente la señal de estar sumida en un sueño laberíntico del que no saldría a menos que se topara con el ovillo de hilo abandonado por el único que escapó de aquella trampa. La mañana vino como un resplandor tenue a sacar a la mayor de los pocos momentos de descanso, jalando de la rienda del animal peludo que se quitó de encima la modorra sacudiéndose. Retomaron el viaje, siempre cuesta abajo, hasta toparse con las charcas que la niebla creaba cargando así la vieja cantimplora que su abuelo usaba cuando tenía la edad de ella. La durmiente se había cambiado de lado para continuar en el trance resultando las pisadas de la bestia en él único sonido que llegaba hasta la guía que absorta en sus pensamientos no vio el pozo que aparecía en el camino y se dobló el pie emitiendo éste un sonido seco. Una vez que las estrellas se alejaron tomó la tela que usaba para sujetarse los cabellos y vendó en sentido inverso su dolorido pie, rengueando hasta la grupa en la que encontró el cayado de su abuela reanudando así el viaje. Nada nuevo parecía acontecer a excepción de que el declive desapareció encontrando los verdes pastos que se veían de un tono oscuro, además de servir de albergue de miles de gotas que no terminaban de escurrirse dado que siempre había un reemplazo. Y entonces el verde desapareció dando paso a los granos de la arena así como el coloso deformado por aquella cortina hídrica que no cedía jamás. No se oía al mar tampoco, se preguntó si éste seguiría allí o se habría marchado como todo el mundo al parecer. Sacó de su equipaje un viejo farol que les dio algo de calor apretujándose la capa humedecida y recostándose sobre el lomo de su compañera para recuperar algo de fuerzas. Entonces algo se movió cerca de ellos, haciendo que la vieja loba se irguiera alerta escudriñando en aquellas penumbras cuya única luz era el pequeño fanal y arremetió encontrando la dentellada de la descendiente de Luperca. Un aullido de dolor se extendió por la región a la vez que la alimaña volvía a la oscuridad que la había resguardado antes de asomar sus intenciones al círculo iluminado y encontrar los colmillos. Luego el silencio volvió, en medio del unísono a Feli le pareció escuchar el llamado del océano, pensando en ello mientras se dormía.

 

La mañana llegó con un poco más de claridad, aunque era difícil saber en qué momento del día se hallaban, comenzando con el ascenso de aquel coloso que los pastores de granos formaron como barrera contra la sudestada. Notó en la ladera de la cadena de médanos a los creadores achaparrados extendiendo sus manos al cielo, como si fuera una plegaria llamando a la lluvia cuyos mensajeros fallaron en el aviso. La cima los recibió sin que el aire del mar estuviera presente, atrapado él también en aquella trampa que la humedad desató sobre la Pampa cuya denominación de llanura era redundante según uno de sus tíos. El descenso le trajo el recuerdo de un viaje al sur de la Argentina sonando la arena seca como la nieve, cada vez que hundía sus pies en la costra oscura que se había formado a lo largo y ancho del suelo. Arreó a la enorme bestia que transportaba a su hermana en dirección a la orilla, sabiendo que por más capa de niebla que encontrara a la larga se toparía con la presencia que de niña le había resultado ominosa. Sentía ese pavor que tienen los seres pequeños al encontrarse frente a una fuerza poderosa y abrumadora, aunque luego de ver un atlas del cosmos concluyó que el océano también era diminuto en la comparación con el éter. El sonido de un trueno lejano la sacó de sus pensamientos, siempre es lo mismo pensó dado que la lluvia se encontraba ausente, aunque enseguida sufrió una nueva contradicción de parte de los elementos. Un grueso proyectil impactó sobre la arena quitando la cobertura oscura para que la arena grisácea se liberara y rezara por un poco de viento que le permita viajar conociendo otros lares. Feli contempló extasiada aquel espectáculo que abría pequeños huecos en la barrera etérea y por primera vez en mucho tiempo vio el manto oscuro allá arriba que se cubría de a poco con venas incandescentes que rugían sin parar. Ya no eran meras gotas sino una garúa que lanzaba su concierto obligándola a acurrucarse los tres buscando un poco de calor. Sintió cerca de ellos un impacto contemplando entre los resplandores los restos de un mástil cuya vela yacía rota, rauda se dirigió hacia ella en medio de la tempestad que arreciaba habiendo quitado de un plumazo a la sarrasón (así oyó llamarla a uno de sus tíos, que era un personaje extraño). Jaló de los restos de la lona hasta que cedió llevándose el trofeo con ella y cubriendo a los suyos en la oscuridad absoluta, con el miembro inferior que le dolía aunque en el calor de la necesidad no sintió molestia alguna. Y el corolario de dicha noche fue el último de los truenos que explotó iluminando la noche a la que le ponía fin, para que la única desvelada viera el enorme faro cuya luz yacía apagada ahí en medio de un puñado de rocas.

 

Tras la tormenta reinó el silencio en la Tierra en el crepúsculo que precede al alba, la llegada del sol fue acompañada de la brisa que el viento cansado lanzó como un último suspiro de cansancio y el cielo reapareció azulando habiendo desterrado a las nubes finalmente. La lona quedó a un lado así como el sueño de Coti cuyo estandarte del sol fue clavado en la arena que se mostraba en todo su esplendor bajo la luz de la primera mañana, lejos quedaba la noche eterna con la niebla y sus trampas. Las dos hermanas miraron a la loba correr entre las olas espantando a las gaviotas, quedándose sentadas hasta que la menor le indicó el mar y ambas fueron a comprobar si estaba frío no, hábito adquirido en las playas de la Costa Atlántica. Volvieron con los pies entumecidos ya que la primavera apenas empezaba y el recuerdo del invierno prevalecía, no tomándose en serio que debía irse al inframundo dejando a Perséfone vagando en paz por el mundo. En pago por la osadía el viento renovado que soplaba desde el este les cubrió pies y manos con la arena, que tras secarse cayó en un sitio distinto comenzando así con su periplo que la puede llevar a alojarse incluso en los ojos. Vieron emerger a Apolo por el este, quitándose la modorra del sueño en él que estaba sumido y luego partió por el oeste dando lugar a que la Luna emergiera bañada en un tono carmesí encendiéndose la luz del faro que reanudó con su tarea de guiar a los extraviados de regreso a casa. El reflector de aquella estructura les dio de lleno en el rostro, obligándolas a cerrar los ojos. Entonces Feli se despertó ante el llamado de su madre:

—Chicas, es hora de levantarse.

Generalmente su hermana tardaba un poco más, pero en este día la sorprendió con la mochila a cuestas lista para ir contando baldosas hasta la escuela. El beso de despedida a mamá dio por iniciada la jornada, pasando al lado del animal peludo que las siguió hasta la puerta y echándose a la sombra de la vereda se quedó mirando hacia la esquina por donde se perdieron las dos niñas. La plaza de enfrente guarda los pasos de aquellos que estuvieron antes, como un testimonio de la niñez extraviado y bajo la vereda en la que el can descansa el viejo Lobito duerme en la eternidad.







viernes

Honorato (04/10/2025)

El sábado 04/10/2025 asistí al evento llamado Hacía el Flippas, en su tercera edición, en el bar restaurante Honorato de Nueva Atlantis, Partido de La Costa, provincia de Buenos Aires. Hubo textos de todo tipo y edad, así como la presentación de Ensamble 4 amenizando la velada. El texto elegido por mí fue la primera página de "Radio Océano", publicado en el año 2022 en Amazon.

RADIO OCÉANO

El océano eterno va y viene, repasa los hechos que ocurrieron para luego dejarlos grabados en la memoria que le falta a los que viven rodeados por él creyendo que jamás serán alcanzados por sus brazos que son bastantes visibles. Una nueva historia es traída a la orilla, en la tarde será vieja para aquellos que viven apurados sin mirar a su alrededor perdiendo el brillo de todo ese mundo que se desarrolla bajo la mirada atenta del sol que regala sus caricias a cualquiera, aunque en ocasiones son más bien besos ardientes que dejan las manchas rojas del deseo sobre la piel de los incautos que se descubren ante su presencia. Una huella ha quedado sobre la arena levantando un reclamo de parte del omnipresente azul hasta que finalmente también ella es alisada, yendo a parar a la enorme lista que en el archivo del fondo se guarda la que equivale a granos de arena en lo que hace al racconto. Luego la espuma se levanta extendiéndose por el viento sobre el desierto seco, la franja húmeda ha quedado a miles de kilómetros en la cuenta de granos que se amontonan como anécdotas en las que se vuelven las vidas que discurren ahí afuera en la tierra, importantes en los aspectos de dejarle una marca al otro que comparte el viaje y que se traduce en memoria. Pero esta a la larga se disuelve cual fortaleza construida de la misma materia con la que los dedos hídricos fabrican un ábaco a los fines de tener los documentos actualizados, empezando por la cantidad de pasos que se dieron sobre la orilla y la última vez que la frecuentamos. La extensión del vacío entre un momento y otro habla de la poca importancia dada a simplemente andar sin tanta carga encima que al final de una estación nos habrá doblado por el peso innecesario que se lleva, para que entonces vengan las dos líneas cruzadas marcando el final de ese cuento que implica haber estado pero no vivido. Se vive a partir de experiencias, de golpes que uno recibe para curarse y seguir, de caricias que vienen en diversos formatos, cuanto más uno envejece mucho más mira a esos momentos cálidos en los que la preocupación por ese asunto intrascendente no existía. Entonces como obsequio el mar te larga un recuerdo, una pista apenas que te lleve a regresar a ese lugar ahora lejano en el que tres hermanos buscan almejas que como hojas son arrojadas por la marea de su escondite.  El único testigo es un viejo barco enterrado hasta la chimenea, vuelto una mancha deforme que hace difícil pensar en un navío con todas las letras salvo por una crónica perdida entre diarios amarillentos que alguien intenta no sean expuestos, porque se desharán enseguida tornándose nada más que una reminiscencia. La que ahora aflora volviendo a una mañana soleada con los pies pequeños dejando el camino de hormigas y la presencia mayor que trata evitar el desbande de esa hueste de tres personas.




martes

Leyendo en público (22/09/2025)

Sí, por primera vez he leído en público y ya no simplemente un audio para un pódcast y/o un video, fue hace ocho días en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N° 89 de Mar de Ajó, Provincia de Buenos Aires. Escuché leer a personas de diversas edades, demostrando así que la escritura y la lectura nos unen como seres humanos más allá de cualquier diferencia. El próximo encuentro será en Nueva Atlantis, localidad vecina a Mar de Ajó el sábado 08/10/2025 en el bar Honorato. ¡Allá vamos!  


El texto leído en la ocasión citada se llama Cerdos y forma parte del libro Historias de rojo carmesí.

CERDOS

La vuelta a casa fue un desastre, la mayoría de los que partimos de Ilión no logramos ver nuevamente nuestra tierra que nos había despedido entre vítores y el escepticismo debido a la empresa que intentaríamos. Fue así, que en dicho periplo arribamos a la isla de Eea en la que moraba Circe culminando convertidos en cerdos que debieron escapar hacia el lado este de aquel lugar. Entonces nos topamos con otra expedición de griegos que no dudó en aprovisionarse de carne, con nosotros por supuesto, viendo con horror cómo uno de nuestros camaradas era cocinado vuelta y vuelta. Esa noche hubo una bacanal que duró hasta la madrugada, allí llegó la dueña de la isla dándole la bienvenida a los ebrios que se revolcaban en su propio vómito (y a nosotros nos dicen cerdos) y conduciéndolos en dicho estado a su morada (seguro terminaron cocinados en algún vivaque). Estando entonces las barcas desamparadas fue que nos apropiamos de ellas, desapareciendo el polimorfismo una vez que nos alejamos de aquel sitio tenebroso y maldito. No obstante haber salido la mayoría ilesos seguimos recordando a la cantidad de hermanos que descendieron a sentarse en la mesa de Hades, sin más pretexto que un lanzazo en el corazón que se rindió enseguida él muy cagón. Cerca de Ítaca la nave zozobró, dado que tenía más parches que un programa moderno, llegando a las costas de nuestro hogar en una balsa únicamente dos de los que partimos hacia Troya. El viejo perro del amo me dio un mordisco con el único colmillo que le quedaba, pero una vez que olfateó al viejo Odiseo le lamió la mano lanzando un aullido lastimero antes de irse de este mundo. El pobre estaba ciego y sordo más recordaba al rey de Ítaca que se presentó ante Penélope despachando de un flechazo a los pretendientes. De mi parte no hubo ayuda, me desmayé al primer ruido de escaramuza que sonó asqueado de la matanza innecesaria que los infelices de los dioses desataron sobre nosotros como piezas de un juego perverso. Reinó la paz durante un tiempo reanudando la vida en la isla que me parecía extraña y recordando a los fantasmas de Ilión, que desaparecían con el vino de cada noche. Habiendo iniciado un viaje de comercio hacia una de las tantas colonias helénicas los vientos nos alejaron de nuestro destino (un recurso harto repetitivo en este punto) hundiéndonos frente a una costa desconocida y siendo rescatados por unos extraños que me resultaron familiares. Fue allí en donde me curé para encontrarme con la muerte que vino bajo la forma del fantasma de Eneas y mi corazón no resistió más.

Escribo esta nota desde la popa de la barca de Caronte, se ve que todos los días mueren miles de nosotros como moscas ante los ojos de las divinidades y muchos no tienen la moneda para el barquero así que he tenido que presenciar el desplante que este “empleado administrativo” les hace negándoles el paso. Vi a reyes, héroes, cortesanos y otros individuos que en vida tuvieron alguna clase de poder, ser dejados en la orilla sin más. Ahora ocupo mi asiento junto con los demás muertos en la mesa de Hades, quien guarda aún una silla vacía para Odiseo que lo sigue evitando.

 

—Che griego, ¿cómo les fue en Ítaca?

—¿No era que el dios de los muertos lo ve todo?

—Justo estaba viendo un match de fulbito y me olvidé de mirarlo. ¡Dale, no seas malo, después de todo tenemos todo el tiempo del mundo! ¿No?




miércoles

Más allá del umbral

Por el mes de febrero del corriente recibí un mensaje de un amigo, Jesús Romero, sobre un concurso del sello Luna Roja de editorial Rubin en conmemoración del nacimiento de Howard Phillips Lovecraft (20/08/1890). Allí comenzó la creación tanto de un Vasto universo azul como de Viajando al sol, impulsando éste trabajo a la creación de los textos contenidos en el libro "Historias de rojo carmesí". Las imágenes usadas en esta breve reseña son propiedad de la editorial citada.  




Viajando al sol

 Dejó atrás el edificio vetusto cuya pintura reclamaba ser renovada, atravesando el yermo que presentaba aquí y allá algo del pasto calcinado por el calor del verano que se fundía ahora con el otoño más y más. La ciudad lo despidió impidiéndole avanzar más rápido, con sus eternos semáforos así como los ciclistas y peatones que cruzaban por cualquier parte. En algunas calles los pinos levantaban el asfalto con sus raíces burlándose de la urbanización de los humanos, la naturaleza se colará por una hendija incluso aunque el paisaje sea de puro concreto. Alcanzó la entrada al pueblo, dejando atrás el bulevar en cuyo centro los pinos se mecían suavemente. Aguardó a que el sujeto apurado pasará perdiéndose en la serpiente zigzagueante, cuyas líneas blancas y amarillas lucían desgastadas. El paisaje conocido lo recibió, las cámaras con una finalidad recaudatoria, los conductores que buscaban el lado opuesto de la carretera para hacer una fila más en sus vidas en aquel coloso que proveía casi de todo. Excepto el tiempo, eso no se puede pagar con moneda alguna pese a que los que deciden digan lo contrario para engañar al vulgo que los eligió por descarte. Curva, contracurva, badenes, semáforos, todos los obstáculos desaparecen en el espejo retrovisor a la vez que la tarde cae con el sol debilitado en su último asalto y así las sombras vienen a ganar la pulseada. Los restos de algún animal que no fue afortunado al cruzar sirven de cena para los caranchos que descienden desde su reino de los cielos a picotear la mortaja, como si fueran las aves negras que de un bufete provienen. La recta final yace frente a los ojos del cansado conductor que avizora el viernes justo a la vuelta de la siguiente curva, la necesidad de yugarla toda la semana para cubrir los gastos de los días anteriores la verdad no parece nada atractivo pero así son las obligaciones que uno se autoimpone. La luz mortecina dibuja una continuación del camino sobre los campos en donde la sequía abunda y por azar, aquel navegante sigue derecho al astro que comienza a desaparecer persiguiéndolo para ver por qué se esconde de la humanidad. Perdido en sus elucubraciones seguirá en aquella recta etérea que le resultará una salida de sus rutinas, sin notar que se aleja más y más del globo azul. Venus lo verá pasar sin mensaje de amor posible y Mercurio no le dará aviso alguno, llegando al centro de la cuestión para toparse con su destino. En la cara que el sol no le muestra al mundo yacen sus demonios buscando víctimas que sacien su sed, cayendo así aquel viajero del éter en las fauces de las bestias que destruyen el auto dejándolo a merced de los colmillos que despedazan la carne para así liberar al alma que consumen soltando los despojos en el vacío. En la Tierra ha llegado la noche, los fuegos fatuos sirven de mensaje de despedida de aquellos consumidos por la noche y sus hijos que se arrojan sobre la cara en penumbras del planeta.

 

Un vasto universo azul - Parte II

El aroma del mar le trajo recuerdos que esperaban ser activados por una emoción parecida, enroscando el vaso térmico antes de iniciar su caminata por la playa desierta con el can acompañándolo a sus anchas dado que no había correa que lo detuviera. Lo había encontrado metido en el cuarto destinado para los residuos una noche en la que desvelado recordó que olvidó una de sus tareas diarias, podría simplemente haber abierto la puerta de entrada y dejarlo que volviera a sus miserias pero no fue así. Ahora estaban muy lejos de la ciudad, caminando frente a un imponente océano que era llamado mar por una cuestión de propiedad inexistente. Los guardavidas ya se encontraban en el puesto sin bañistas a la vista y él no rompería con dicha estadística ya que no pretendía meterse entre aquellas olas calmadas. Hacía frío, un poco de viento le agitaba los cabellos que se mantenían flameando sobre su cabeza bastante despoblada ya aunque la verdad únicamente era el paso inevitable del tiempo. Le arrojó al perro el juguete que había recogido subiendo la cuesta, antes de toparse con la alfombra extendida previa a la orilla mojándose los pies, el cuello, las muñecas y la cabeza. Lamió de sus dedos la sal que allí se depositó culminando con el acto litúrgico emprendiendo entonces el recorrido y dejando las huellas en la arena mojada que lentamente eran borradas por las olas que en una carrera interminable llegaban a la costa. Observó los médanos, los puestos de vigilancia de los sujetos vestidos de rojo, la calva reluciente de uno de ellos y pensó seriamente en raparse de una buena vez para evitar la asimetría. Se detuvo frente a la mole oscurecida, unificada por las mareas que la golpearon como a un yunque hasta que quedó reducida algo semejante a una roca. Las cenizas de su padre yacían en aquel sitio, mezcladas con las de sus vecinos con los que compartió varias estaciones aunque por lo general sería el verano y las artesanías las que traerían a la mayoría a estas tierras en donde el campo se detiene frente a su par inmensamente celeste. Reanudó la marcha silbando canciones que formaban la cortina musical de su vida, atrapado por las maravillas del celuloide y por una catarata de recuerdos que no tenían un arcón en donde guardarse más que en sus emociones. Contemplo la compuerta del túnel cerrada, aunque no era extraño dada la tendencia de turistas y residentes a cortar camino por allí, como si penetraran en las fauces de una bestia hasta que fuera demasiado tarde. Siguió hasta que la cadena de médanos dio paso al arroyo y la albufera, recordando algún rescate en aquel hilo de agua siendo que siempre hubo desprevenidos que se toparon de pronto con este dándose cuenta tarde del riesgo. Ya la marea dibujaba una olla sobre la playa mojándose los pies por última vez, entonces fue cuando lo vio quedando paralizado del espectáculo que se desarrollaba. El agua se elevaba muy por encima de su cabeza sintiendo que la arena se deslizaba hacía aquel horrendo torbellino sin posibilidad de emitir sonido alguno.

El ladrido del perro lo sacó del trance, a la vez que la dentellada hacía que se moviera mientras el can se adelantaba a él interponiéndose entre el elemental abisal y Gabriel, viendo aquellos ojos oscuros que se cerraron ante aquel cuadro. Apenas un montón de lluvia los cubrió retornando el paisaje a su estado anterior, quedando el testigo desmoronado sobre la playa cuya fisonomía se mostraba inalterada. Luego, lentamente, con la herida ya cerrada se fue sin mirar atrás no prestando atención a lo caliente del suelo que pisaba y poniéndose el calzado al sentir la tosca bajo su humanidad.

 

Oteó desde el atalaya los alrededores de la población la noche previa a irse hacia la ciudad, a su lado el perro levantaba el hocico buscando un olor conocido en el viento para después dormir en aquel colchón que emitía un sonido parecido al tergopol. Gabriel miró por última vez al mar en completa tranquilidad emitiendo un leve susurro y a la luz del farol en el este recorriendo las olas antes de girar una vez más. El miedo había muerto en la playa bajo la mirada del monstruo que se desvaneció dejándolo en paz finalmente, así que desandó el camino notando una vez más lo crecido que estaba aquel coloso cuyos granos se deslizaban cada vez más lejos del mar.

En la playa una docena de personas reían en torno a la hoguera alimentada con tamariscos secos que eran relevados para siempre de su función de pastores de granos, amontonadas a un lado las latas estrujadas una vez que la espuma únicamente quedó en el fondo del recipiente. La luna llena se posaba sobre sus cabezas, alguna gaviota lanzaba su graznido en medio de la oscuridad yendo en dirección hacia los surcos recién abiertos apartada de la bandada que partió más temprano. La arena quedó recubierta de los restos de la cena siendo estos movidos por el viento que las olas produjeron al desplazarse masivamente sobre sus víctimas, que apenas alcanzaron a mirar en dirección a su perdición. La luna se apagó un instante al caer el gigantesco elemental sobre los profanadores, extinguiendo el fuego de sus vidas para que la mugre únicamente quedara como prueba de que existieron. Depositada al otro lado de la pendiente de los médanos como señal de que ellos no son suficiente defensa cuando el mar finalmente s

Un vasto universo azul - Parte I

 La primera de las olas llegó convertida en una onda semejante a las que surgían en los charcos cuando recubiertos de hielo eran explotados por diversos meteoros, todos ellos salidos de aquellas mentes pequeñas que iban rumbo a la escuela cerca de las ocho de la mañana con el frío que se metía entre los pliegues de la ropa que portaban y que sería desparramada sobre el respaldo del pupitre y en los hombros una vez que los liberaban, para retornar a casa pasando por el espejo roto en donde las hojas de los eucaliptos se acumulaban dándole un tono anaranjado. Al caer el verano en todo su fragor, cruzaban los médanos que como viejos guardianes custodiaban al pueblo en las horas de la noche en las que el mar rugía y se topaban con el espectáculo. El desierto de arena como la última prueba antes de las frías aguas que le quitarían el ardor al menos de la piel y cuyos brazos hídricos los recibirían de la misma forma que una madre al regresar al hogar. Las ojotas en las manos y a correr por sobre los granos de silicio que ardían bajo aquel astro inclemente como pocos y se zambullían en la espuma que era levantada por el viento del este, marcado por el sol al amanecer y por el solitario faro en el crepúsculo. 

Después los proyectiles impulsados por la brisa les mutilaban los tobillos hasta que simplemente se secaban y ya los impactos no se sentían, se iba un día más con el globo anaranjado hundiéndose en el horizonte y la luna emergiendo roja con la correspondiente aparición de los mosquitos que los forzaban a irse de la playa. Gabriel daba una última mirada a la masa de agua que formaba el unísono con la noche y el cielo, antes de trepar la cima que daba a la Avenida del Viejo Marino y a la tosca bajo los pies en tanto las luciérnagas mostraban el camino de vuelta a Los Álamos. Así se sucedían las tardes del estío que era esperado con ansiedad, siendo que el resto del año el pueblo caía en un letargo para como batracios emerger a la vida cuando los peregrinos de la ciudad venían a curar su locura entre el oleaje. En las noches del invierno sentía el llamado de la masa de agua que lo esperaba con la paciencia de los que saben que aquel que yace ausente volverá un buen día, con las sienes pobladas de canas en el mejor de los casos o bien un desierto sobre él que la luz de la mañana brille. Un verano más, los guardavidas que marcaban el área de salvataje con la cartelería indicado el final de la zona de baño que en la afluencia de personas poco les importaba a los miembros del grupo de pibes que no se frenaban un instante a observar los restos de un viejo naufragio. Excepto uno, que se alejaba de aquella zona manteniéndose a la izquierda de la chimenea de la embarcación a la que el trabajo laborioso de la marea había convertido en una masa oscura. Se quedó cerca de la orilla aunque pronto dejaría de lado las precauciones del caso ante el oleaje tranquilo, sintiendo el tirón de la correntada lo que le implicaba hacer fuerza en el sentido contrario. En un instante sus pies no tocaron el lecho marino siendo arrastrado por una mano colosal que jalaba de sus hombros dirigiéndolo hacia la vorágine, entonces una fuerza equivalente traducida en el brazo de la mujer que se hallaba nadando allí cerca contrarrestó la tragedia inminente y lo obligó a salir a la orilla. Cuando el susto pasó contempló a la masa de agua cuya vastedad le resultó ominosa y se alejó de allí con el temor ya instalado en su ser ocultándolo a la vista del mundo, dado que debía rendir el examen de valentía cada día de su vida.

En el otoño trotaba sobre las dunas con los borceguíes obligándolo a hacer más fuerza, pasando por sobre el túnel submedanal que era nuevo aunque enseguida el viento se ocupó de que el paisaje recuperara su fisonomía echándole a aquella garganta el peso de las décadas. Trotaba hasta el arroyo que servía de límite natural y entonces regresaba sobre la arena mojada con el mar calmado en la mañana, siempre con la sensación de que algo lo observaba desde las profundidades de manera que aceleraba el paso hasta trepar a la seguridad de los guardianes que fingían dormir. En algún resquicio de su mente quedaba flotando la idea de haber sentido algo más que la fuerza de un canal tirándolo hacía la zona del hundimiento de aquel barco vuelto un refugio de mejillones. La misma que en ocasiones hacía que los bancos de arena se partieran en dos llevándose a más de un pescador en una inversión irónica de los roles, a juzgar por las placas en el monolito que descansaba al reparo de las torres de arena. Mudaría la piel hasta perder la vergüenza y le contaría finalmente a su psicoanalista sobre la pesadilla que se repetía, con el mar viniendo a cubrir el pueblo y así todos eran engullidos por la sombra cuyos colmillos brillaban, teñidas de rojo las aguas que se retiraban dejando una catástrofe en la costa y un profundo silencio.

—Talasofobia.

—¿Fobia al mar?

—No, miedo extremo a los cuerpos de agua profunda, no así miedo al agua.

—Casi me engulle.

—Es una neurosis.

—La mujer que me salvó se llamaba Hela.

—Conveniente el nombre.

—Sí, lo sé.

—Pero la sesión se ha terminado

Tomó el ascensor que lo depositó en la entrada, una vez descendidos los siete pisos, respirando en una bocanada el aire frío de la noche aunque de limpio tenía poco y se fue calles abajo hasta el café cuya atmosfera le embriagó los sentidos. Era viernes, un buen momento para escaparse del servicio de call center y del bodrio que implicaba estar escuchando los problemas de los demás sabiendo que el servicio era deficiente. Se bebió un café doble, nada de alcohol ya que en el departamento sombrío lo aguardaba el lienzo presto para ser invadido por los colores. Los paisajes atlánticos se repetían con playas crespadas y en paz, lunas embriagadas que reemplazaban a soles cansados, brazos perdidos entre el vasto universo azul y muchas sombras en las profundidades. Luego dormía para tener una pesadilla que se acentuó con los años que le cayeron encima como aquellos granos cubriendo el techo del viejo túnel que emulaba a una garganta abierta en la arena. Estaba sentado sobre el médano más alto que conocía, oteando las casitas que se levantaban en los alrededores mostrando la expansión inevitable de las poblaciones una vez que los prófugos de las urbes las descubren y tiene la misma idea. Los restos de una fogata yacían unos pasos más abajo en la depresión surcada de huellas de motocicletas que a veces encontraban a algún turista tomando el sol y culminaba con estos últimos lesionados. Miró hacía el este aunque faltaba para que el faro comenzará con su labor, dirigiendo entonces la atención al espejo azul y al horror que se alzaba elevando más y más las aguas. La playa despareció, el desierto ardiente se volvió oscuro y las dunas fueron tragadas por aquella masa de agua en cuyo centro se erguía la figura colosal extendiendo los brazos azules. Antes de ser tragado por la vorágine tuvo conciencia de que los tamariscos danzaban con sus raíces sin poder asirse, quebrándose en la oscuridad que lo rodeaba en cuyo centro el titiritero y él se encontraban luego de cuatro décadas y media. El último registró de su mente antes de morir fue él de la casa de sus padres siendo desdibujada por el sunami, extendiendo sus manos para pasar a centímetros del tejado que se perdió en las penumbras.

martes

Cárdenas se ha ido

El viejo Oscar era muy metódico, antes de que el gallo cantara para los demás ya estaba enfilando hacia el supermercado y sorprendiendo al sujeto encargado de abrir los portales al público que llegaba siempre un rato más tarde. Todos menos él, que teniendo por manto un cielo celeste y blanco se metía pacientemente entre las góndolas a buscar los productos oteando los precios aquí y allá. Para todo era así, organizado como pocos incluso para preparar el lechón contando con varias bocas de entrada en aquel horno de barro que venía con trampa incluida. Llegaba a la casa cerrando la puerta sobre la que colgaban los últimos campeonatos de Racing, coronados por un cartel que invitaba a no joder aunque enseguida hallaba oposición en la forma de su hijo que era el peor fanático posible: de Boquita. Explicaba todo con una paciencia pasmosa y si el interlocutor se ponía incomprensivo ahí levantaba la voz. 

El viejo Oscar nos ha dejado recientemente, justo el mismo día que jugaron la Academia y el Xeneize, yéndose a buscar a sus hijos allá arriba pero mirando de tanto en tanto al Cilindro amado.  



Dolor y paz

El sábado fue de dolor, de luces que molestaban y de una médica haciendo preguntas mientras yacía sobre la camilla.

El domingo me reencontré con el viejo Fritza y su andar cansino charlando al lado de la parrilla sobre la que el fuego emergía.

Le conté que vimos con Alex a Cristo en Mar del Plata un día de invierno muy helado y nuevamente solo lo distinguí entre la multitud que iba Avenida Colón arriba, para detenerse con el semáforo rojo.

—¿Dividió el tránsito? soltó entre carcajadas aquel flaco eterno. 

Historias de rojo carmesí

La idea de la presente obra parte de un relato de un amigo, llamado Jesús, sobre una situación en una cadena de carnicerías de la ciudad de Mar del Plata y el cartel que rezaba: "PROHIBIDO EL INGRESO CON ANIMALES". A cierta señora, con el perro de vivienda en edificio correspondiente, no parece importarle demasiado dicha prohibición mientras espera en la fila. Sólo le falta colarse para no dejar ninguna norma de buena conducta pisoteada y listo, aunque en el cuento del libro no hace tal cosa. Eso sí, es sumamente molesta como justificando el final que la aguarda y de ahí el título de la misma: Carne picada. Tiempo atrás, mientras me encontraba en la ciudad fuimos con otro amigo a cierta sucursal de una cadena de supermercados local y al pasar por la góndola de la carnicería noté que en la pila de carne picada sobresalía la pezuña de un cerdo. Los elementos se sumaron en el tiempo para dar lugar a la composición final, que nos trae a esta entrada de blog.




sábado

Prefiero el invierno

No le quiero llevar la contra a los que prefieren una estación más templada, pero a mí me gusta el invierno ya que en este clima bonaerense el calor húmedo no se quita con nada.

No hay manera de aliviar los cuarenta grados de temperatura que en ocasiones aparecen por el mes de enero, ni siquiera con los ventiladores trabajando 25/8 (perdón por la exageración) y dada la falta de aire acondicionado, el frío soluciona todo. 

Es cierto que la desaparición de las hojas, que primero empiezan a ponerse amarillas como las páginas de los libros envejecidos, nos marca que al otoño lo seguirá indefectiblemente la época gélida y ello me pone contento.

No necesito demasiado para esto, basta con una campera y a veces un gorro (ya que la cabellera se despobló y no volvió a reverdecer), aspirando profundamente el aire helado para sentir la sensación de pureza corriendo por todo el cuerpo.

Eso sí, cuando hace mucho pero mucho frío, me meto cerca de la estufa luego de mis correrías. 

¡Bienvenido invierno! 

jueves

¡Atajó Gatti!

Aquel tercer match no alcanzó para resolver la disputa del final, el campeón defensor dio pocas ventajas al igual que su retador de ese momento que vestiría de blanco para el encuentro decisivo en Uruguay. Los minutos se escurrieron como las fuerzas entre el barro que fue cubriendo de a poco el terreno de juego, tornándolo en una batalla en la que la tiza dio paso a la pierna fuerte. El pitazo del juez del encuentro resonó por las viejas tribunas que guardarían entre sus ecos los nombres de aquellos que lograron la hazaña, comenzando a construir una historia que no tiene techo y sí, un inmenso cielo pleno de estrellas. Mudos quedarían los hinchas del equipo de la Ribera cuando el primer remate desde los doce pasos fue devuelto por el poste, con el portero rival jugado al otro lado, aunque enseguida el árbitro mandó a que se vuelva a ejecutar y ahí el corazón le volvió a latir a más de uno. Así llegaron al último remate con los gritos acallados ya que se podía sentir en el aire la inminencia de la definición, siendo el ejecutante Xeneize reemplazado por uno de Cruzeiro que cubierto también de barro se acercó al área custodiada por cierto Loco que portaba dicha condición hasta en el buzo de golero. Aquel sujeto de vincha había venido desde Carlos Tejedor, en el oeste de la Provincia de Buenos Aires, que para algunos habitantes de otras partes de la Argentina es idéntica a la Capital Federal. Pasó por el Bohemio, los Triperos, la contra, el Lobo de La Plata y finalmente recaló en su lugar en el mundo en donde empezaría a agigantar su imagen y sus locuras, por supuesto. Aquella noche del 14 de septiembre de 1977 él levantaría junto con sus compañeros de equipo el primero de los enormes pilares que forma la historia de Boca Juniors, aunque en ese momento no lo sabía, pese a que algún hincha entre las gradas del Centenario le pedía a la virgencita que el remate del oponente se fuera al Río de La Plata en lo posible. El último ejecutante del campeón reinante era un defensor zurdo, que llegó hasta el maelstrom demarcado por un rectángulo mayor y otro interno en donde las esperanzas zozobran. Fue hacía el balón que en el aire se desprendió de toda la mugre que lo rodeaba como un diamante traído a la luz, luego de la eterna oscuridad del cosmos y de la tierra negra que lo arrulla. El esférico, a diferencia de las ocasiones anteriores, no encontró la red de contención sino las manos enguantadas de un adelantado a su tiempo que más que arquero era jugador de campo. La radio recubierta de la estática soltó un rayo de sol en la voz de José María Muñoz quien una década y media antes, en otro contexto, entonaría un grito parecido aunque cambiando al protagonista:

—¡Atajó Gatti, campeón de América Boca!



14 de septiembre de 1977, Hugo Orlando Gatti 
le ataja el penal a Vanderley y le da a Boca Juniors 
     su primera Copa Libertadores.




Día 7: Inglaterra

Jugar contra los ingleses no es simplemente un partido más, aunque únicamente se trate de un encuentro por una fase decisiva de un mundial q...