El pibe cruza el patio calcinado por el sol de la una y media de la
tarde, sabiendo que una vez más debe emprender la misma senda de aquellos que
salen a mover el mundo yugándola. Cambiaron las denominaciones así que los antes
esclavos son ahora trabajadores, debidamente pagados según el sindicalista
gordo y barbudo que escucha el tintineo de sus arcas. Al chico esto no parece
importarle, no piensa siquiera en los casi cuarenta grados que caen sobre la
ciudad mientras recibe en el cambio de turno la consola de su nave de batalla:
el kiosco. Hay gente buena en este planeta y gente que se olvidó los modales al
otro lado del puente que separa al educado del bárbaro, aunque ellos crean que los
de afuera sean así y deban por ende servirles. Un tonto, de los que no falta,
se cuela siendo convertido en carne de los insultos de unos muchachos con los ánimos
exaltados. En los ratos libres escapa de la trampa galvanizada refugiándose por
un instante en la cercanía de los baños, la sombra y el viento que desde el mar
alivia el fragor de la batalla estival. Escucha la melodía del guardián de
dicho reducto que está bastante loco, siendo esta la única manera de tratar con
la falta de higiene de varios de los que concurren a los sanitarios. Regresa al
puesto, esta vez es una señora paquete que exige el combo completo en cuanto a
la compra. Únicamente le falta pedirle que le de la bebida en la boca mientras
también la abanica, llega un momento de la vida de ciertos individuos en él que
resultan inimputables incluso en las formas. Toca volver a casa llegada la
tarde y al fresco, saluda a los guardianes que se hacinan en sus uniformes y
reciben la indiferencia de los desviados. El pasillo lo recibe saboreando el
momento y consiente de que la rubia lo aguarda con su frescura interminable y
su espuma. Igual que el mar al atardecer.
Blog del autor ítalo argentino, Piero Fiori. Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución 2.5 Argentina conforme se describe en la página intitulada "Creative Commons".
lunes
Laburante (para Lau)
viernes
Siesta
La tarde se prestaba para la siesta luego de la llovizna, así que con el
pequeño ventilador en los pies se hundieron en un sueño profundo del que
despertaron al retomar el aguacero su concierto. Allí se fue la modorra una vez
que el pequeño requirió que lo alimenten, para después solicitar un paseo de
aquí para allá hasta llegar al espejo y contemplarse ambos. Tras ello, tocó
perseguir a su madre que tomaría imágenes de las flores nuevas y una abeja los
espantaría de regreso al interior de la casa.
El hombre de Océano
El hombre de Océano cruza las viejas calles en una atmosfera húmeda, los primeros calores del verano han llegado con retraso y la lluvia se presenta sin previo aviso. Conoce éste lugar por haber estado en otra vida antes, como si se tratara de los pasillos de un laberinto del que ha salido sin hallar a su Asterión. Las canas asoman de la barba que alguna vez fue siempre como la noche, anunciando que tiempos diferentes son los que vive y pese a ello sigue sintiendo la misma alegría cada vez que pisa estas costas. La llave de la salida de aquel laberinto yace escrita en su alma habiéndole apresado una parte esta ciudad rodeada por el mar, que también le ha dado un hijo que se eleva hacia el sol en forma imparable.
domingo
Necochea
Yo iba hacia el Camping Americano en una vieja bicicleta que pertenecía
a Pocholo, el tío de un amigo de la vida. El verano venía ahí por el 2004 con
las hormigas volcándose sobre la costa atlántica y buscando un lugar que ocupar
con sus rutinas que saben a bodrio. Tras las actividades en el predio en
cuestión veía irse el sol apoyado en un viejo árbol, mientras leía un libro detrás
de otro únicamente con el fin de pasar el mes de enero y que llegué el siempre
confiable febrero (por lo corto). En las noches tenía una rutina parecida hasta
que el sueño venía, comprando un par de frutas antes de salir al día siguiente
rumbo al hábito aprendido.
Última noche
El asador espera a que el fuego lo invada para quitarle los restos de
las reuniones anteriores, faltando únicamente el encuentro futbolero que por
una cuestión de estación ya no rueda en cualquiera campo de los varios que hay
aquí. Sí, en cambio, estará la ausencia del hincha más grande del mundo cuyo
recuerdo anda entre las chispas que la hoguera le suelta a la noche y las
estrellas titilando en el océano de un azul oscuro como los faros que advierten
a los navegantes.
sábado
Seis meses
Los primeros seis meses trascurrieron descubriendo una condición de la que
carecíamos al comienzo del año, las expectativas se transformaron en un milagro
concreto y así hemos dejado el tiempo dedicado a otras cuestiones para invertirlo
en la empresa más importante de nuestras vidas. Entre los gritos de las
primeras noches y los sustos que los acompañaron yacen las interminables sonrisas
de aquel que descubre también el mundo cambiándole el tono de apagado a rojo
intenso. El eterno fuego ardiendo en las almas.
Verano 25
Los días del verano se volvieron una extensión del otoño, en forma
anticipada y así nos hemos acostumbrado a la eternidad del viento soltándonos
su canción entre los pinos. La misma que escuchamos en Océano al regresar tras
dos años, buscando entre las olas los restos de una embarcación que sirve de
monolito a los que han partido ya. Un rostro nuevo observa por primera vez esas
olas y estas playas, continuando en él nuestra historia.
jueves
El viejo Antonio
Detrás de los postigos de madera, que ya no se abren, el viejo Antonio
escucha el noticiero pese a que a esa altura es poca la información que recibe y
la repetición de eventos seleccionados por aquellos que no informan resulta más
un continuum que un cambio realmente. Terminada la cena se llevará un
viejo teléfono que le sirve como linterna ya que nadie lo llama demasiado
seguido e irá escaleras arriba seguido por la pequeña Pantuflas que es realmente
longeva. Antes de dormirse, intentando vislumbrar los maderos del tejado,
comenzará a emitir un sonido gutural desde la parte baja de la garganta y esto
espantará al pobre can que se dedicará a ladrar hasta entrada la madrugada. En
las penumbras sonreirá el otro morador de la casa hasta que la eternidad lo
reclame y sólo quede el can aguardando un regreso que no se producirá. Hasta
que los sauces de la entrada anuncien la visita del alma que realiza el llamado
habitual para que el ahora joven mastín lo siga, ladrando a la largo del cielo.
Sauces
Los dos hermanos crecieron alejados pese a la cercanía, cuidando la
entrada a aquella casa que se llenó de voces nuevas una vez que los hijos
vinieron al mundo y los padres se volvieron abuelos. Sirvió de arcada dando la
bienvenida a todas aquellas almas que pasaron por allí, algunas dejando huellas
en las paredes de ladrillo que atenuaron los sueños de los descendientes de
Morfeo rindiéndole el tributo en las horas oníricas. Se elevaron al cielo hasta
cruzarse finalmente, anidando entre sus ramas a las generaciones de aves que
cada primavera asoman por allí.
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