viernes

1925 (fragmento del libro "Omnes Me")

 Aquel año la Selección Argentina ganó su segunda Copa América, el torneo de selecciones más viejo del mundo (contando un poco más de cien años) y sin dejar de lado que en 1908 ya se había disputado este deporte a nivel olímpico. El 05 de marzo de 1925, antes de que varios de nosotros siquiera fuéramos una concepción en la mente de nuestros ancestros, Boca Juniors jugó contra el Celta de Vigo iniciando la Gira por Europa de 1925. Se trataba de un combinado de la entidad boquense con refuerzos provenientes de Rosario Central, Tiro Federal, El Porvenir, Argentinos Juniors y Huracán de Parque de los Patricios. Aquella gesta, dada la falta de conexiones como las conocemos y todos sus problemas, aparece retratada en blanco y negro aunque fue a todo color dado que de los dieciocho encuentros Boca ganó 15, empató 1 y perdió 2. No obstante ello, el reconocimiento más importante que existe no es en sí haber representado a Argentina fuera de su naciente seleccionado sino avisarle setenta y cinco años antes al Real Madrid que del otro lado del océano hay un monstruo que por lo general se sale con la suya. Cruzaron España, Alemania y Francia, muy lejos en esos tiempos posteriores a la Primera Guerra que se repetiría en una versión peor (el humano se supera en lo nefasto también). Entre los jugadores del club hay un hincha, se llama Victoriano Agustín Caffarena Díaz y de él nace la leyenda del Jugador N° 12. Aquí es a dónde quería llegar dado que las banderas cuelgan en el viento pero muchos ignoran el porqué, asociando simplemente la cuestión a la propia barrabrava que a los simpatizantes en sí. Lo primero es mentira, ya que es fácil quedarse con el nombre para sacar provecho escudados en la gloria que no consiguieron, lo segundo es incierto dado el desconocimiento que la mayoría tiene incluso pudiendo leerlo en un segundo (de hecho no lo hacen). Llevaron un juego amateur a una versión distinta significando una suerte de descubrimiento del Viejo Continente, a la inversa del hecho histórico de 1492, seis años antes de que un 31/05/1931 comenzara el fútbol profesional por acá. Los mundiales no existían todavía pero aquel equipo en azul y amarillo estaba anunciando la confrontación definitiva, sacando a los postulantes de su comodidad a la vez que le demostraban que existían rivales en todas partes del globo. La historia de Victoriano con Boca no quedó sólo en aquel hecho dado que en 1926 le encomendó a Ítalo Goyeche la composición del himno de Boca Juniors, cuyo estribillo viene a colación: “Con tu enseña victoriosa que es de oro y cielo azul, en la Cancha se entusiasma nuestra fuerte juventud. Electrizan tus colores Viejo Boca vencedor y en los campos de combate es glorioso tu pendón”. El Totto, el otro, fue también presidente de La República Independiente de La Boca en la década de 1960 hasta su partida en 1972 aunque sólo se muere realmente cuando comenzamos a hablar en pasado. Si no ya habríamos olvidado a Alejandro y a César, cuyos tiempos son tan lejanos a los nuestros pero se parecen.

miércoles

En la tempestad

 Texto remitido al Concurso Literario 2025 del Colegio Santa María de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, recibiendo la Mención Especial en la Categoría D: Adultos, en la semana posterior al 12710/2025.

 

La niebla apareció una vez que la Llanura Pampeana comenzó con su declive interminable, tornándose cada vez más espesa en la medida que avanzaban sobre el terreno.  En algún lugar de dicha cortina de agua la hermana menor comenzó a dormirse hasta desvanecerse por completo sobre la grupa del viejo huargo, que les fue regalado un mes de diciembre ya lejano. En lo alto los truenos se presentaban como los heraldos de la borrasca que se venía demorando desde hacía un lustro, la tierra había sido apenas manchada por la bruma que se extendía más allá de donde la vista alcanzaba. El horizonte se fugó en un instante desapareciendo con él la luz del alba y del crepúsculo, hasta tornarse jirones de una fuerza que se negaba a ser desterrada así simplemente. Durmieron aquella primera noche apretujados los tres, la más pequeña daba únicamente la señal de estar sumida en un sueño laberíntico del que no saldría a menos que se topara con el ovillo de hilo abandonado por el único que escapó de aquella trampa. La mañana vino como un resplandor tenue a sacar a la mayor de los pocos momentos de descanso, jalando de la rienda del animal peludo que se quitó de encima la modorra sacudiéndose. Retomaron el viaje, siempre cuesta abajo, hasta toparse con las charcas que la niebla creaba cargando así la vieja cantimplora que su abuelo usaba cuando tenía la edad de ella. La durmiente se había cambiado de lado para continuar en el trance resultando las pisadas de la bestia en él único sonido que llegaba hasta la guía que absorta en sus pensamientos no vio el pozo que aparecía en el camino y se dobló el pie emitiendo éste un sonido seco. Una vez que las estrellas se alejaron tomó la tela que usaba para sujetarse los cabellos y vendó en sentido inverso su dolorido pie, rengueando hasta la grupa en la que encontró el cayado de su abuela reanudando así el viaje. Nada nuevo parecía acontecer a excepción de que el declive desapareció encontrando los verdes pastos que se veían de un tono oscuro, además de servir de albergue de miles de gotas que no terminaban de escurrirse dado que siempre había un reemplazo. Y entonces el verde desapareció dando paso a los granos de la arena así como el coloso deformado por aquella cortina hídrica que no cedía jamás. No se oía al mar tampoco, se preguntó si éste seguiría allí o se habría marchado como todo el mundo al parecer. Sacó de su equipaje un viejo farol que les dio algo de calor apretujándose la capa humedecida y recostándose sobre el lomo de su compañera para recuperar algo de fuerzas. Entonces algo se movió cerca de ellos, haciendo que la vieja loba se irguiera alerta escudriñando en aquellas penumbras cuya única luz era el pequeño fanal y arremetió encontrando la dentellada de la descendiente de Luperca. Un aullido de dolor se extendió por la región a la vez que la alimaña volvía a la oscuridad que la había resguardado antes de asomar sus intenciones al círculo iluminado y encontrar los colmillos. Luego el silencio volvió, en medio del unísono a Feli le pareció escuchar el llamado del océano, pensando en ello mientras se dormía.

 

La mañana llegó con un poco más de claridad, aunque era difícil saber en qué momento del día se hallaban, comenzando con el ascenso de aquel coloso que los pastores de granos formaron como barrera contra la sudestada. Notó en la ladera de la cadena de médanos a los creadores achaparrados extendiendo sus manos al cielo, como si fuera una plegaria llamando a la lluvia cuyos mensajeros fallaron en el aviso. La cima los recibió sin que el aire del mar estuviera presente, atrapado él también en aquella trampa que la humedad desató sobre la Pampa cuya denominación de llanura era redundante según uno de sus tíos. El descenso le trajo el recuerdo de un viaje al sur de la Argentina sonando la arena seca como la nieve, cada vez que hundía sus pies en la costra oscura que se había formado a lo largo y ancho del suelo. Arreó a la enorme bestia que transportaba a su hermana en dirección a la orilla, sabiendo que por más capa de niebla que encontrara a la larga se toparía con la presencia que de niña le había resultado ominosa. Sentía ese pavor que tienen los seres pequeños al encontrarse frente a una fuerza poderosa y abrumadora, aunque luego de ver un atlas del cosmos concluyó que el océano también era diminuto en la comparación con el éter. El sonido de un trueno lejano la sacó de sus pensamientos, siempre es lo mismo pensó dado que la lluvia se encontraba ausente, aunque enseguida sufrió una nueva contradicción de parte de los elementos. Un grueso proyectil impactó sobre la arena quitando la cobertura oscura para que la arena grisácea se liberara y rezara por un poco de viento que le permita viajar conociendo otros lares. Feli contempló extasiada aquel espectáculo que abría pequeños huecos en la barrera etérea y por primera vez en mucho tiempo vio el manto oscuro allá arriba que se cubría de a poco con venas incandescentes que rugían sin parar. Ya no eran meras gotas sino una garúa que lanzaba su concierto obligándola a acurrucarse los tres buscando un poco de calor. Sintió cerca de ellos un impacto contemplando entre los resplandores los restos de un mástil cuya vela yacía rota, rauda se dirigió hacia ella en medio de la tempestad que arreciaba habiendo quitado de un plumazo a la sarrasón (así oyó llamarla a uno de sus tíos, que era un personaje extraño). Jaló de los restos de la lona hasta que cedió llevándose el trofeo con ella y cubriendo a los suyos en la oscuridad absoluta, con el miembro inferior que le dolía aunque en el calor de la necesidad no sintió molestia alguna. Y el corolario de dicha noche fue el último de los truenos que explotó iluminando la noche a la que le ponía fin, para que la única desvelada viera el enorme faro cuya luz yacía apagada ahí en medio de un puñado de rocas.

 

Tras la tormenta reinó el silencio en la Tierra en el crepúsculo que precede al alba, la llegada del sol fue acompañada de la brisa que el viento cansado lanzó como un último suspiro de cansancio y el cielo reapareció azulando habiendo desterrado a las nubes finalmente. La lona quedó a un lado así como el sueño de Coti cuyo estandarte del sol fue clavado en la arena que se mostraba en todo su esplendor bajo la luz de la primera mañana, lejos quedaba la noche eterna con la niebla y sus trampas. Las dos hermanas miraron a la loba correr entre las olas espantando a las gaviotas, quedándose sentadas hasta que la menor le indicó el mar y ambas fueron a comprobar si estaba frío no, hábito adquirido en las playas de la Costa Atlántica. Volvieron con los pies entumecidos ya que la primavera apenas empezaba y el recuerdo del invierno prevalecía, no tomándose en serio que debía irse al inframundo dejando a Perséfone vagando en paz por el mundo. En pago por la osadía el viento renovado que soplaba desde el este les cubrió pies y manos con la arena, que tras secarse cayó en un sitio distinto comenzando así con su periplo que la puede llevar a alojarse incluso en los ojos. Vieron emerger a Apolo por el este, quitándose la modorra del sueño en él que estaba sumido y luego partió por el oeste dando lugar a que la Luna emergiera bañada en un tono carmesí encendiéndose la luz del faro que reanudó con su tarea de guiar a los extraviados de regreso a casa. El reflector de aquella estructura les dio de lleno en el rostro, obligándolas a cerrar los ojos. Entonces Feli se despertó ante el llamado de su madre:

—Chicas, es hora de levantarse.

Generalmente su hermana tardaba un poco más, pero en este día la sorprendió con la mochila a cuestas lista para ir contando baldosas hasta la escuela. El beso de despedida a mamá dio por iniciada la jornada, pasando al lado del animal peludo que las siguió hasta la puerta y echándose a la sombra de la vereda se quedó mirando hacia la esquina por donde se perdieron las dos niñas. La plaza de enfrente guarda los pasos de aquellos que estuvieron antes, como un testimonio de la niñez extraviado y bajo la vereda en la que el can descansa el viejo Lobito duerme en la eternidad.







viernes

Honorato (04/10/2025)

El sábado 04/10/2025 asistí al evento llamado Hacía el Flippas, en su tercera edición, en el bar restaurante Honorato de Nueva Atlantis, Partido de La Costa, provincia de Buenos Aires. Hubo textos de todo tipo y edad, así como la presentación de Ensamble 4 amenizando la velada. El texto elegido por mí fue la primera página de "Radio Océano", publicado en el año 2022 en Amazon.

RADIO OCÉANO

El océano eterno va y viene, repasa los hechos que ocurrieron para luego dejarlos grabados en la memoria que le falta a los que viven rodeados por él creyendo que jamás serán alcanzados por sus brazos que son bastantes visibles. Una nueva historia es traída a la orilla, en la tarde será vieja para aquellos que viven apurados sin mirar a su alrededor perdiendo el brillo de todo ese mundo que se desarrolla bajo la mirada atenta del sol que regala sus caricias a cualquiera, aunque en ocasiones son más bien besos ardientes que dejan las manchas rojas del deseo sobre la piel de los incautos que se descubren ante su presencia. Una huella ha quedado sobre la arena levantando un reclamo de parte del omnipresente azul hasta que finalmente también ella es alisada, yendo a parar a la enorme lista que en el archivo del fondo se guarda la que equivale a granos de arena en lo que hace al racconto. Luego la espuma se levanta extendiéndose por el viento sobre el desierto seco, la franja húmeda ha quedado a miles de kilómetros en la cuenta de granos que se amontonan como anécdotas en las que se vuelven las vidas que discurren ahí afuera en la tierra, importantes en los aspectos de dejarle una marca al otro que comparte el viaje y que se traduce en memoria. Pero esta a la larga se disuelve cual fortaleza construida de la misma materia con la que los dedos hídricos fabrican un ábaco a los fines de tener los documentos actualizados, empezando por la cantidad de pasos que se dieron sobre la orilla y la última vez que la frecuentamos. La extensión del vacío entre un momento y otro habla de la poca importancia dada a simplemente andar sin tanta carga encima que al final de una estación nos habrá doblado por el peso innecesario que se lleva, para que entonces vengan las dos líneas cruzadas marcando el final de ese cuento que implica haber estado pero no vivido. Se vive a partir de experiencias, de golpes que uno recibe para curarse y seguir, de caricias que vienen en diversos formatos, cuanto más uno envejece mucho más mira a esos momentos cálidos en los que la preocupación por ese asunto intrascendente no existía. Entonces como obsequio el mar te larga un recuerdo, una pista apenas que te lleve a regresar a ese lugar ahora lejano en el que tres hermanos buscan almejas que como hojas son arrojadas por la marea de su escondite.  El único testigo es un viejo barco enterrado hasta la chimenea, vuelto una mancha deforme que hace difícil pensar en un navío con todas las letras salvo por una crónica perdida entre diarios amarillentos que alguien intenta no sean expuestos, porque se desharán enseguida tornándose nada más que una reminiscencia. La que ahora aflora volviendo a una mañana soleada con los pies pequeños dejando el camino de hormigas y la presencia mayor que trata evitar el desbande de esa hueste de tres personas.




martes

Leyendo en público (22/09/2025)

Sí, por primera vez he leído en público y ya no simplemente un audio para un pódcast y/o un video, fue hace ocho días en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N° 89 de Mar de Ajó, Provincia de Buenos Aires. Escuché leer a personas de diversas edades, demostrando así que la escritura y la lectura nos unen como seres humanos más allá de cualquier diferencia. El próximo encuentro será en Nueva Atlantis, localidad vecina a Mar de Ajó el sábado 08/10/2025 en el bar Honorato. ¡Allá vamos!  


El texto leído en la ocasión citada se llama Cerdos y forma parte del libro Historias de rojo carmesí.

CERDOS

La vuelta a casa fue un desastre, la mayoría de los que partimos de Ilión no logramos ver nuevamente nuestra tierra que nos había despedido entre vítores y el escepticismo debido a la empresa que intentaríamos. Fue así, que en dicho periplo arribamos a la isla de Eea en la que moraba Circe culminando convertidos en cerdos que debieron escapar hacia el lado este de aquel lugar. Entonces nos topamos con otra expedición de griegos que no dudó en aprovisionarse de carne, con nosotros por supuesto, viendo con horror cómo uno de nuestros camaradas era cocinado vuelta y vuelta. Esa noche hubo una bacanal que duró hasta la madrugada, allí llegó la dueña de la isla dándole la bienvenida a los ebrios que se revolcaban en su propio vómito (y a nosotros nos dicen cerdos) y conduciéndolos en dicho estado a su morada (seguro terminaron cocinados en algún vivaque). Estando entonces las barcas desamparadas fue que nos apropiamos de ellas, desapareciendo el polimorfismo una vez que nos alejamos de aquel sitio tenebroso y maldito. No obstante haber salido la mayoría ilesos seguimos recordando a la cantidad de hermanos que descendieron a sentarse en la mesa de Hades, sin más pretexto que un lanzazo en el corazón que se rindió enseguida él muy cagón. Cerca de Ítaca la nave zozobró, dado que tenía más parches que un programa moderno, llegando a las costas de nuestro hogar en una balsa únicamente dos de los que partimos hacia Troya. El viejo perro del amo me dio un mordisco con el único colmillo que le quedaba, pero una vez que olfateó al viejo Odiseo le lamió la mano lanzando un aullido lastimero antes de irse de este mundo. El pobre estaba ciego y sordo más recordaba al rey de Ítaca que se presentó ante Penélope despachando de un flechazo a los pretendientes. De mi parte no hubo ayuda, me desmayé al primer ruido de escaramuza que sonó asqueado de la matanza innecesaria que los infelices de los dioses desataron sobre nosotros como piezas de un juego perverso. Reinó la paz durante un tiempo reanudando la vida en la isla que me parecía extraña y recordando a los fantasmas de Ilión, que desaparecían con el vino de cada noche. Habiendo iniciado un viaje de comercio hacia una de las tantas colonias helénicas los vientos nos alejaron de nuestro destino (un recurso harto repetitivo en este punto) hundiéndonos frente a una costa desconocida y siendo rescatados por unos extraños que me resultaron familiares. Fue allí en donde me curé para encontrarme con la muerte que vino bajo la forma del fantasma de Eneas y mi corazón no resistió más.

Escribo esta nota desde la popa de la barca de Caronte, se ve que todos los días mueren miles de nosotros como moscas ante los ojos de las divinidades y muchos no tienen la moneda para el barquero así que he tenido que presenciar el desplante que este “empleado administrativo” les hace negándoles el paso. Vi a reyes, héroes, cortesanos y otros individuos que en vida tuvieron alguna clase de poder, ser dejados en la orilla sin más. Ahora ocupo mi asiento junto con los demás muertos en la mesa de Hades, quien guarda aún una silla vacía para Odiseo que lo sigue evitando.

 

—Che griego, ¿cómo les fue en Ítaca?

—¿No era que el dios de los muertos lo ve todo?

—Justo estaba viendo un match de fulbito y me olvidé de mirarlo. ¡Dale, no seas malo, después de todo tenemos todo el tiempo del mundo! ¿No?




miércoles

Más allá del umbral

Por el mes de febrero del corriente recibí un mensaje de un amigo, Jesús Romero, sobre un concurso del sello Luna Roja de editorial Rubin en conmemoración del nacimiento de Howard Phillips Lovecraft (20/08/1890). Allí comenzó la creación tanto de un Vasto universo azul como de Viajando al sol, impulsando éste trabajo a la creación de los textos contenidos en el libro "Historias de rojo carmesí". Las imágenes usadas en esta breve reseña son propiedad de la editorial citada.  




Viajando al sol

 Dejó atrás el edificio vetusto cuya pintura reclamaba ser renovada, atravesando el yermo que presentaba aquí y allá algo del pasto calcinado por el calor del verano que se fundía ahora con el otoño más y más. La ciudad lo despidió impidiéndole avanzar más rápido, con sus eternos semáforos así como los ciclistas y peatones que cruzaban por cualquier parte. En algunas calles los pinos levantaban el asfalto con sus raíces burlándose de la urbanización de los humanos, la naturaleza se colará por una hendija incluso aunque el paisaje sea de puro concreto. Alcanzó la entrada al pueblo, dejando atrás el bulevar en cuyo centro los pinos se mecían suavemente. Aguardó a que el sujeto apurado pasará perdiéndose en la serpiente zigzagueante, cuyas líneas blancas y amarillas lucían desgastadas. El paisaje conocido lo recibió, las cámaras con una finalidad recaudatoria, los conductores que buscaban el lado opuesto de la carretera para hacer una fila más en sus vidas en aquel coloso que proveía casi de todo. Excepto el tiempo, eso no se puede pagar con moneda alguna pese a que los que deciden digan lo contrario para engañar al vulgo que los eligió por descarte. Curva, contracurva, badenes, semáforos, todos los obstáculos desaparecen en el espejo retrovisor a la vez que la tarde cae con el sol debilitado en su último asalto y así las sombras vienen a ganar la pulseada. Los restos de algún animal que no fue afortunado al cruzar sirven de cena para los caranchos que descienden desde su reino de los cielos a picotear la mortaja, como si fueran las aves negras que de un bufete provienen. La recta final yace frente a los ojos del cansado conductor que avizora el viernes justo a la vuelta de la siguiente curva, la necesidad de yugarla toda la semana para cubrir los gastos de los días anteriores la verdad no parece nada atractivo pero así son las obligaciones que uno se autoimpone. La luz mortecina dibuja una continuación del camino sobre los campos en donde la sequía abunda y por azar, aquel navegante sigue derecho al astro que comienza a desaparecer persiguiéndolo para ver por qué se esconde de la humanidad. Perdido en sus elucubraciones seguirá en aquella recta etérea que le resultará una salida de sus rutinas, sin notar que se aleja más y más del globo azul. Venus lo verá pasar sin mensaje de amor posible y Mercurio no le dará aviso alguno, llegando al centro de la cuestión para toparse con su destino. En la cara que el sol no le muestra al mundo yacen sus demonios buscando víctimas que sacien su sed, cayendo así aquel viajero del éter en las fauces de las bestias que destruyen el auto dejándolo a merced de los colmillos que despedazan la carne para así liberar al alma que consumen soltando los despojos en el vacío. En la Tierra ha llegado la noche, los fuegos fatuos sirven de mensaje de despedida de aquellos consumidos por la noche y sus hijos que se arrojan sobre la cara en penumbras del planeta.

 

Un vasto universo azul - Parte II

El aroma del mar le trajo recuerdos que esperaban ser activados por una emoción parecida, enroscando el vaso térmico antes de iniciar su caminata por la playa desierta con el can acompañándolo a sus anchas dado que no había correa que lo detuviera. Lo había encontrado metido en el cuarto destinado para los residuos una noche en la que desvelado recordó que olvidó una de sus tareas diarias, podría simplemente haber abierto la puerta de entrada y dejarlo que volviera a sus miserias pero no fue así. Ahora estaban muy lejos de la ciudad, caminando frente a un imponente océano que era llamado mar por una cuestión de propiedad inexistente. Los guardavidas ya se encontraban en el puesto sin bañistas a la vista y él no rompería con dicha estadística ya que no pretendía meterse entre aquellas olas calmadas. Hacía frío, un poco de viento le agitaba los cabellos que se mantenían flameando sobre su cabeza bastante despoblada ya aunque la verdad únicamente era el paso inevitable del tiempo. Le arrojó al perro el juguete que había recogido subiendo la cuesta, antes de toparse con la alfombra extendida previa a la orilla mojándose los pies, el cuello, las muñecas y la cabeza. Lamió de sus dedos la sal que allí se depositó culminando con el acto litúrgico emprendiendo entonces el recorrido y dejando las huellas en la arena mojada que lentamente eran borradas por las olas que en una carrera interminable llegaban a la costa. Observó los médanos, los puestos de vigilancia de los sujetos vestidos de rojo, la calva reluciente de uno de ellos y pensó seriamente en raparse de una buena vez para evitar la asimetría. Se detuvo frente a la mole oscurecida, unificada por las mareas que la golpearon como a un yunque hasta que quedó reducida algo semejante a una roca. Las cenizas de su padre yacían en aquel sitio, mezcladas con las de sus vecinos con los que compartió varias estaciones aunque por lo general sería el verano y las artesanías las que traerían a la mayoría a estas tierras en donde el campo se detiene frente a su par inmensamente celeste. Reanudó la marcha silbando canciones que formaban la cortina musical de su vida, atrapado por las maravillas del celuloide y por una catarata de recuerdos que no tenían un arcón en donde guardarse más que en sus emociones. Contemplo la compuerta del túnel cerrada, aunque no era extraño dada la tendencia de turistas y residentes a cortar camino por allí, como si penetraran en las fauces de una bestia hasta que fuera demasiado tarde. Siguió hasta que la cadena de médanos dio paso al arroyo y la albufera, recordando algún rescate en aquel hilo de agua siendo que siempre hubo desprevenidos que se toparon de pronto con este dándose cuenta tarde del riesgo. Ya la marea dibujaba una olla sobre la playa mojándose los pies por última vez, entonces fue cuando lo vio quedando paralizado del espectáculo que se desarrollaba. El agua se elevaba muy por encima de su cabeza sintiendo que la arena se deslizaba hacía aquel horrendo torbellino sin posibilidad de emitir sonido alguno.

El ladrido del perro lo sacó del trance, a la vez que la dentellada hacía que se moviera mientras el can se adelantaba a él interponiéndose entre el elemental abisal y Gabriel, viendo aquellos ojos oscuros que se cerraron ante aquel cuadro. Apenas un montón de lluvia los cubrió retornando el paisaje a su estado anterior, quedando el testigo desmoronado sobre la playa cuya fisonomía se mostraba inalterada. Luego, lentamente, con la herida ya cerrada se fue sin mirar atrás no prestando atención a lo caliente del suelo que pisaba y poniéndose el calzado al sentir la tosca bajo su humanidad.

 

Oteó desde el atalaya los alrededores de la población la noche previa a irse hacia la ciudad, a su lado el perro levantaba el hocico buscando un olor conocido en el viento para después dormir en aquel colchón que emitía un sonido parecido al tergopol. Gabriel miró por última vez al mar en completa tranquilidad emitiendo un leve susurro y a la luz del farol en el este recorriendo las olas antes de girar una vez más. El miedo había muerto en la playa bajo la mirada del monstruo que se desvaneció dejándolo en paz finalmente, así que desandó el camino notando una vez más lo crecido que estaba aquel coloso cuyos granos se deslizaban cada vez más lejos del mar.

En la playa una docena de personas reían en torno a la hoguera alimentada con tamariscos secos que eran relevados para siempre de su función de pastores de granos, amontonadas a un lado las latas estrujadas una vez que la espuma únicamente quedó en el fondo del recipiente. La luna llena se posaba sobre sus cabezas, alguna gaviota lanzaba su graznido en medio de la oscuridad yendo en dirección hacia los surcos recién abiertos apartada de la bandada que partió más temprano. La arena quedó recubierta de los restos de la cena siendo estos movidos por el viento que las olas produjeron al desplazarse masivamente sobre sus víctimas, que apenas alcanzaron a mirar en dirección a su perdición. La luna se apagó un instante al caer el gigantesco elemental sobre los profanadores, extinguiendo el fuego de sus vidas para que la mugre únicamente quedara como prueba de que existieron. Depositada al otro lado de la pendiente de los médanos como señal de que ellos no son suficiente defensa cuando el mar finalmente s

Un vasto universo azul - Parte I

 La primera de las olas llegó convertida en una onda semejante a las que surgían en los charcos cuando recubiertos de hielo eran explotados por diversos meteoros, todos ellos salidos de aquellas mentes pequeñas que iban rumbo a la escuela cerca de las ocho de la mañana con el frío que se metía entre los pliegues de la ropa que portaban y que sería desparramada sobre el respaldo del pupitre y en los hombros una vez que los liberaban, para retornar a casa pasando por el espejo roto en donde las hojas de los eucaliptos se acumulaban dándole un tono anaranjado. Al caer el verano en todo su fragor, cruzaban los médanos que como viejos guardianes custodiaban al pueblo en las horas de la noche en las que el mar rugía y se topaban con el espectáculo. El desierto de arena como la última prueba antes de las frías aguas que le quitarían el ardor al menos de la piel y cuyos brazos hídricos los recibirían de la misma forma que una madre al regresar al hogar. Las ojotas en las manos y a correr por sobre los granos de silicio que ardían bajo aquel astro inclemente como pocos y se zambullían en la espuma que era levantada por el viento del este, marcado por el sol al amanecer y por el solitario faro en el crepúsculo. 

Después los proyectiles impulsados por la brisa les mutilaban los tobillos hasta que simplemente se secaban y ya los impactos no se sentían, se iba un día más con el globo anaranjado hundiéndose en el horizonte y la luna emergiendo roja con la correspondiente aparición de los mosquitos que los forzaban a irse de la playa. Gabriel daba una última mirada a la masa de agua que formaba el unísono con la noche y el cielo, antes de trepar la cima que daba a la Avenida del Viejo Marino y a la tosca bajo los pies en tanto las luciérnagas mostraban el camino de vuelta a Los Álamos. Así se sucedían las tardes del estío que era esperado con ansiedad, siendo que el resto del año el pueblo caía en un letargo para como batracios emerger a la vida cuando los peregrinos de la ciudad venían a curar su locura entre el oleaje. En las noches del invierno sentía el llamado de la masa de agua que lo esperaba con la paciencia de los que saben que aquel que yace ausente volverá un buen día, con las sienes pobladas de canas en el mejor de los casos o bien un desierto sobre él que la luz de la mañana brille. Un verano más, los guardavidas que marcaban el área de salvataje con la cartelería indicado el final de la zona de baño que en la afluencia de personas poco les importaba a los miembros del grupo de pibes que no se frenaban un instante a observar los restos de un viejo naufragio. Excepto uno, que se alejaba de aquella zona manteniéndose a la izquierda de la chimenea de la embarcación a la que el trabajo laborioso de la marea había convertido en una masa oscura. Se quedó cerca de la orilla aunque pronto dejaría de lado las precauciones del caso ante el oleaje tranquilo, sintiendo el tirón de la correntada lo que le implicaba hacer fuerza en el sentido contrario. En un instante sus pies no tocaron el lecho marino siendo arrastrado por una mano colosal que jalaba de sus hombros dirigiéndolo hacia la vorágine, entonces una fuerza equivalente traducida en el brazo de la mujer que se hallaba nadando allí cerca contrarrestó la tragedia inminente y lo obligó a salir a la orilla. Cuando el susto pasó contempló a la masa de agua cuya vastedad le resultó ominosa y se alejó de allí con el temor ya instalado en su ser ocultándolo a la vista del mundo, dado que debía rendir el examen de valentía cada día de su vida.

En el otoño trotaba sobre las dunas con los borceguíes obligándolo a hacer más fuerza, pasando por sobre el túnel submedanal que era nuevo aunque enseguida el viento se ocupó de que el paisaje recuperara su fisonomía echándole a aquella garganta el peso de las décadas. Trotaba hasta el arroyo que servía de límite natural y entonces regresaba sobre la arena mojada con el mar calmado en la mañana, siempre con la sensación de que algo lo observaba desde las profundidades de manera que aceleraba el paso hasta trepar a la seguridad de los guardianes que fingían dormir. En algún resquicio de su mente quedaba flotando la idea de haber sentido algo más que la fuerza de un canal tirándolo hacía la zona del hundimiento de aquel barco vuelto un refugio de mejillones. La misma que en ocasiones hacía que los bancos de arena se partieran en dos llevándose a más de un pescador en una inversión irónica de los roles, a juzgar por las placas en el monolito que descansaba al reparo de las torres de arena. Mudaría la piel hasta perder la vergüenza y le contaría finalmente a su psicoanalista sobre la pesadilla que se repetía, con el mar viniendo a cubrir el pueblo y así todos eran engullidos por la sombra cuyos colmillos brillaban, teñidas de rojo las aguas que se retiraban dejando una catástrofe en la costa y un profundo silencio.

—Talasofobia.

—¿Fobia al mar?

—No, miedo extremo a los cuerpos de agua profunda, no así miedo al agua.

—Casi me engulle.

—Es una neurosis.

—La mujer que me salvó se llamaba Hela.

—Conveniente el nombre.

—Sí, lo sé.

—Pero la sesión se ha terminado

Tomó el ascensor que lo depositó en la entrada, una vez descendidos los siete pisos, respirando en una bocanada el aire frío de la noche aunque de limpio tenía poco y se fue calles abajo hasta el café cuya atmosfera le embriagó los sentidos. Era viernes, un buen momento para escaparse del servicio de call center y del bodrio que implicaba estar escuchando los problemas de los demás sabiendo que el servicio era deficiente. Se bebió un café doble, nada de alcohol ya que en el departamento sombrío lo aguardaba el lienzo presto para ser invadido por los colores. Los paisajes atlánticos se repetían con playas crespadas y en paz, lunas embriagadas que reemplazaban a soles cansados, brazos perdidos entre el vasto universo azul y muchas sombras en las profundidades. Luego dormía para tener una pesadilla que se acentuó con los años que le cayeron encima como aquellos granos cubriendo el techo del viejo túnel que emulaba a una garganta abierta en la arena. Estaba sentado sobre el médano más alto que conocía, oteando las casitas que se levantaban en los alrededores mostrando la expansión inevitable de las poblaciones una vez que los prófugos de las urbes las descubren y tiene la misma idea. Los restos de una fogata yacían unos pasos más abajo en la depresión surcada de huellas de motocicletas que a veces encontraban a algún turista tomando el sol y culminaba con estos últimos lesionados. Miró hacía el este aunque faltaba para que el faro comenzará con su labor, dirigiendo entonces la atención al espejo azul y al horror que se alzaba elevando más y más las aguas. La playa despareció, el desierto ardiente se volvió oscuro y las dunas fueron tragadas por aquella masa de agua en cuyo centro se erguía la figura colosal extendiendo los brazos azules. Antes de ser tragado por la vorágine tuvo conciencia de que los tamariscos danzaban con sus raíces sin poder asirse, quebrándose en la oscuridad que lo rodeaba en cuyo centro el titiritero y él se encontraban luego de cuatro décadas y media. El último registró de su mente antes de morir fue él de la casa de sus padres siendo desdibujada por el sunami, extendiendo sus manos para pasar a centímetros del tejado que se perdió en las penumbras.

martes

Cárdenas se ha ido

El viejo Oscar era muy metódico, antes de que el gallo cantara para los demás ya estaba enfilando hacia el supermercado y sorprendiendo al sujeto encargado de abrir los portales al público que llegaba siempre un rato más tarde. Todos menos él, que teniendo por manto un cielo celeste y blanco se metía pacientemente entre las góndolas a buscar los productos oteando los precios aquí y allá. Para todo era así, organizado como pocos incluso para preparar el lechón contando con varias bocas de entrada en aquel horno de barro que venía con trampa incluida. Llegaba a la casa cerrando la puerta sobre la que colgaban los últimos campeonatos de Racing, coronados por un cartel que invitaba a no joder aunque enseguida hallaba oposición en la forma de su hijo que era el peor fanático posible: de Boquita. Explicaba todo con una paciencia pasmosa y si el interlocutor se ponía incomprensivo ahí levantaba la voz. 

El viejo Oscar nos ha dejado recientemente, justo el mismo día que jugaron la Academia y el Xeneize, yéndose a buscar a sus hijos allá arriba pero mirando de tanto en tanto al Cilindro amado.  



Dolor y paz

El sábado fue de dolor, de luces que molestaban y de una médica haciendo preguntas mientras yacía sobre la camilla.

El domingo me reencontré con el viejo Fritza y su andar cansino charlando al lado de la parrilla sobre la que el fuego emergía.

Le conté que vimos con Alex a Cristo en Mar del Plata un día de invierno muy helado y nuevamente solo lo distinguí entre la multitud que iba Avenida Colón arriba, para detenerse con el semáforo rojo.

—¿Dividió el tránsito? soltó entre carcajadas aquel flaco eterno. 

De regreso a la campaña veinte y tantos años después

Era el 2006 cuando culminé la historia detrás de Warcraft III, en la pensión del Hotel 13 de Julio (que por supuesto ya no existe con dicho ...