viernes

Hormigas

Llueve, una constante en esta época pese a que ya deberían haber llegado los días cálidos seguimos con la ropa del otoño a mano que no es más que la del invierno con ciertas quitas. Para colmo a la perra se le ha dado por empezar a revolcarse en medio del patio que se ha secado con los escasos rayos del sol que lograron cruzar el bloqueo de las nubes, algo semejante a una especie de huelga de las jornadas agradables por falta de cuidado de parte de los moradores de abajo. Excepto las hormigas que siguen con su incansable labor para poder nutrir a la siguiente generación que duerme bajo terrones que se van secando de a poco, por fuera ya es una coraza protectora que se asemeja a una cicatriz sobre el verde patio que empieza a ver la marea verde floreciendo. Algunas mariposas cruzan el cielo que se va despejando, aunque el frío de fondo perdura y estas agitan las alas para quitarse el abrazo gélido de una buena vez mientras surcan en un vuelo raso la inmensidad de la jungla que se levanta debajo. Viendo elevarse los pedazos de esos brazos verdes que apuntan como antenas a lo alto, siendo diezmados por un par de hilos en tonos anaranjados que marcan el peligro al que se enfrentan aquellos seres que anden cerca de esas hélices con las que el otro habitante de dicho lugar pretende detener la crecida esperanzada luego de tanto mal tiempo. Alejados del peligro que esconde la maquinaria del humano las moradoras del hormiguero siguen dibujando galerías, pasajes subterráneos que han de emplear para llegar al corazón del nido vigilando que el tesoro blanco se encuentre a salvo. Por eso las rotaciones en las guardias, la vigía que duerme poco y puede ver la primera gota de la tormenta cayendo cerca de su posición, retrocediendo a buscar refugio entre los muros desde los que añoran los rayos del sol permitiéndoles volver a sus laboriosas tareas. 

Abajo hay silencio, la bóveda se ha ido aprovisionando de diferentes tributos extraídos de las plantas cuyas raíces forman el lecho en el que las guerreras descansan aguardando el momento a ser llamadas para la defensa del nido que por ahora sigue a salvo. La familia que vive en lo alto ha iniciado las tareas de salida del fin de semana, unos cuarenta minutos hasta que las cuatro paredes yacen vacías. Apenas el calefactor que ha quedado en piloto, por si acaso regresa el frío, emite un mensaje en código para las atentas incursoras que ahora sí se lanzan en pos de esos granos marrones. El mapa está trazado por las exploradoras que antes de la época diluvial se ocuparon de conocer todos los movimientos de aquellos seres que andan en dos patas persiguiendo objetivos que siempre se les escapan, como al despertar de un sueño en el que la victoria era algo cierto. Encima de la mesa de madera, que en el estío ponen afuera, yace el dorado tesoro pero es necesario cruzar los enormes postigos resecados por el globo anaranjado aunque hay un pasaje secreto por entre las defensas bien levantadas. O eso creen los humanos que le han echado llave a todo excepto a los miedos que aún mantienen consigo luego de haber domado al fuego, si acaso supieran de todo lo que se podría lograr con ese poder en mano de las integrantes del equipo colorado negro. Nada peor que una herramienta útil en manos inexpertas, ignorando las posibilidades de alumbrar todas esas galerías en las que en ocasiones los hilos de la otra cazadora atrapan a cientos de ellas mientras ocupadas intentaban llevan la cosecha reciente a casa. Culminan presas, enloquecidas sabiendo por el aliento de la muerte que la de ocho patas está cerca y se relame con una sonrisa siniestra al iniciar el arrullo dejando a varias cubiertas por un saco tejido a medida que no es sino la tibieza de fenecer que apaga esas antorchas tan atareadas. Pero las que se sacrifican permiten que las otras puedan contemplar el objetivo que se halla brillando en medio de la frescura del hogar, abandonado momentáneamente por los bípedos que ahora contemplan el mar lejano por el que ellas no muestran interés alguno. Todo el universo se concentra en ese punto marcado en el mapa, legiones enteras serán sacrificadas por tomar un grano de aquel obsequio que les ha sido puesto al alcance de sus patas y las antenas envían una señal a la base principal en la que la reina sabe de lo inminente del triunfo. De a poco vaciarán el recipiente, tras haber burlado la seguridad de una tapa mal enroscada que yace a un costado para que las personas se echen la culpa las unas a las otras por el descuido aunque fueron las habilidades milenarias pasadas de hormiga a hormiga las que pudieron dar cuenta de ese dispositivo. Luego toca volver a casa como siempre, por caminos bien asfaltados en los que la selva de la primavera cede y el resto de las criaturas se apartan no sea cosa de ser ellas también llevadas en andas creyendo que es el festejo de la final del mundo. Hasta que han sido introducidas en la colmena sin oportunidad de pegar el grito, igual que la montaña de granos de ese dulce llamado azúcar que ahora contemplan extasiadas brillando en la noche que se vuelve día para beneplácito de cada una de las sobrevivientes que han de retornar a marchar al día siguiente. 

El camino está bien marcado pero no se trata de un invento de ellas, han tenido tiempo de analizar las técnicas de otra habitante de la superficie cuyos pasos estremecen a las pequeñas aprendices que se encuentran en la escuela adquiriendo los conocimientos que les permitan extraer los pétalos de las rosas como prueba de iniciación. Aunque muchas de las adultas han fallado en esto al toparse con un enemigo silencioso que tiene el mal hábito de ponerlas a dormir eternamente, pese a los esfuerzos de las jóvenes de intentar despertarlas incluso acelerando la producción del día para generar un incesante bullicio que no quita el sueño infinito. Es entonces que esa corola destrozada volverá a resurgir manteniendo las cazadoras la prudencial distancia a la espera de que el veneno se moje o lo arrastre la lluvia que en ocasiones desciende desde el cielo plateado que conforman las chapas, con un repiqueteo como heraldo que se asemeja a los tambores de la batalla. Un golpe tras otro hasta que el sol haga cesar el aguacero, entonces saldrán en fila a seguir adoquinando esas rutas que a veces el huracán cubre para que los restos de la poda sean quitados por las poderosas pinzas y empleados en reforzar los muros del bastión arenoso. Le han copiado a la diosa negra la idea dado que esta al perseguir teros, caballos y alguna que otra motocicleta ha ido marcando la senda en torno al alambrado del que no se aparta. Incluso ven la actitud dócil de la divinidad cuando el humano le pide que aguarde en ese límite invisible que aparece cuando la enorme puerta de metal se desliza por encima de sus cabezas, ahí verán que en su andar los cascos poderosos han dejado toneladas de barro (al menos en la unidad de medida del enjambre) que podrán ser aprovechadas para darle más consistencia a las paredes del hábitat. Claro está que ninguna de estas medidas sirve contra los gigantes que sin justificativo alguno emplean ciertas formas oscuras como es el grano blanco que ellas agradecen pero que equivale ahí abajo a una detonación nuclear que borra todo rastro de su existencia o la patada a la pasada siendo como una especie de meteoro la cúpula que se desprende ante esa fuerza poderosa. Volando para estamparse contra la columna de la casa en la que los granos de arena aún húmedos se adhieren, aunque la tripulación de esa improvisada nave no tendrá la misma suerte y será velada luego de que la horda iracunda cargue nuevamente con los materiales necesarios. Ya entonces las estudiantes habrán dejado ese rol para convertirse en todas unas expertas acarreando cuanto elemento encuentren a los fines de reconstruir la bóveda gris que cuida sus sueños así como él de las vidas que aún no han salido de las cápsulas de hibernación. La última arma de aniquilación masiva es el agua en estado de ebullición que calcina a las indefensas obreras a media mañana e hierve la tierra dejando un cráter en el lugar del impacto, aunque los búnkeres de en los laterales sobrevivirán para marchar un día más.   

Sobre la huella seca del huargo que ahora descansa bajo la sombra del alero las hormigas marchan, han encontrado el secreto bien guardado de la humanidad que se encierra tras alambres que en realidad ellas pueden atravesar y tienen una muy falsa sensación de seguridad. Si ellas que son tan pequeñas logran trasponer estas defensas qué ocurriría con un ser bastante más grande, por una parte el temor ancestral de las trabajadoras por el pisotón es igual en proporción al que experimentan las personas por las noches en las que el mundo se encoge en sus lechos. Por la otra viven despreocupados bajo la luz solar hasta que las garras de la oscuridad se extienden sobre la superficie arañándola y haciendo que los egos retrocedan a su mínima expresión, tendrán la siguiente mañana para salir habiendo olvidado la lección que volverán a rendir al comenzar el próximo atardecer con iguales cuestionamientos. Las hormigüelas avistan al otro lado del cerco, que deja afuera pero aísla a la vez, los restos de una hogaza arrojada a algún vagabundo anónimo de esos que corren a los camiones que transportan pescado la cual se endurece bajo la mañana templada. Abandonada a su suerte ya ha recibido los picotazos de los horneros que viven en el árbol agitado en la parte trasera de la casa, pero en este momento no se ve a ninguna ave dando vueltas por ahí. Ni siquiera los teros que por lo general ocupan esos terrenos llenándolos con sus graznidos incesantes, marca bien reconocida por estos lares aunque a las ahora ocupadas laburantes esto les importa bastante poco. Excepto desmenuzar los restos del proyectil caído de alguna parte aunque seguro fue uno de los adultos que lo arrojó a un costado de la zanja cuya agua se estanca permitiendo que aparezcan los sapos, ocupados estos en darle caza a los mosquitos que pese al frío que aún se puede sentir en la mañana de comienzos de la primavera ya han soltado los cables que los mantenían adheridos al suelo iniciando la búsqueda del festín rojo. Mientras el enorme tanque verde avanza a los saltos las legiones negras se despliegan dando cuenta de esa sustancia blanca primero para luego cargar con la dura cáscara que se desmorona ante la falta de sostén, trepando por el pequeño muro y atravesando por la luz que existe hasta dar con las puntas del alambre que detiene por el momento el paso de las demás humanidades. A todo esto el batracio espera la oportunidad de que le abran la enorme reja para poder entrar al edén que supone el patio con los pastos un poco alto, ahí se encuentra la población principal de chupasangres alados que no se distancian demasiado de aquellos de dos patas que ahora circulan viendo de en qué momento obtener ventaja de alguno que la yuga.

De regreso al trabajo las sendas se extienden varios kilómetros en términos de recorrido acarreando los elementos necesarios, las nuevas obras están casi concluidas y resuelta la falta de techo producto de una muestra del desprecio humano por las demás vidas. En castigo se han llevado los primeros brotes del fresno que magnífico se alza en el frente de la casa mientras su hermano registra los movimientos del sol al decidir aparecer por el este. El siguiente blanco está más allá de los pastos altos, en donde el agua se acumula luego de un rato de estar en concierto dejando al manzanero sólo frente a la inundación que en algún momento ha de evaporarse y filtrarse de regreso a la napa para que venga la otra marea a llevarse esas hojas tiernas. Mezcla de blanco, rosado y negro sobre las ramas que sirven para los propósitos de cercenar las tiernas hojas escuchando más tarde el alarido que el jardinero ha pegado al toparse con el macabro hallazgo. Pero será la competencia la que se lleve la peor parte, una ración de extermina vidas que luego se recubre con los restos del hormiguero desplazado por la cuchara al ingresar en lo profundo del nido. Las insensatas se han dedicado todo el día a cubrir la herida sin saber que ya la pudrición huele a condena, tornando ese hogar una tumba que será barrida por la siguiente tormenta. Tiempo del silencio, de la arena volando de regreso a la base del árbol que sigue elevando sus brazos desnudos haciendo fuerza para que los brotes nuevos salgan antes de que el sol de enero calcine la tierra como una lluvia de fuego. Brisa suave del atardecer veraniego en el cual el morador espera debajo del techo, sintiendo el mecimiento del siempreverde al que las laboriosas ven como un extraño fenómeno de la naturaleza, dado que sus hermanas tienden a quedarse calvas al igual que el humano que ahora observa el ir y venir de la línea de producción. Mientras se mantengan apartadas de la azucarera nada tendrá que reclamar, por si las dudas también evitan la enorme presencia del can que mastica un pedazo de caña con el que su dueño lo contenta dado que los huesos se han ido a poblar la tierra y el único rastro son las briznas sobre el negro hocico.     

 

Máscara de muerte

Cáncer: ya te he desmitificado con sólo nombrarte lo cual es algo que la mayoría no hace pretendiendo con el eufemismo evadir el tema, como si la lluvia pudiera ser detenida por llamarla garúa. Desde las profundidades nos acechas presente en cada uno de esos momentos que son como muescas a la que luego se las tacha indicando que tu turno llegó, ahí sale la pudrición a la superficie espantando hasta a aquellos que no creen en nada en esta época de falsos ídolos que son tan de barro como la mayoría, al final queda uno y su alma si realmente consagra su vida a esa creencia más allá de que los carentes de la misma vengan como una turba a fastidiar el momento de revelación. Las legiones crustáceas se han soltado por el organismo machacando cualquier señal de pureza tornándola en un pantano putrefacto, el cangrejal de las enfermedades encuentra su lugar fuera de los relatos folclóricos riéndose de la poca sabiduría de quienes han de combatirlo. Trabas de por medio como si realmente quisieran liberar al espíritu pero únicamente son los burócratas de siempre pidiendo que todos los sellos de calidad estén en su lugar, la sala de espera se colma de seres que corrieron en su plenitud por las playas lejanas y ahora han de venir a atascarse en estos pisos de mármol que equivalen a un trato diferencial, previo pago de una suma mayor que la exigida por el barquero. Viene el formulario, la conversión de mi humanidad en un sujeto de pruebas para ver luego de un tiempo si ha dado resultado o toca probar con alguna variante más ofensiva, pero el cuerpo lo pone uno. Por más avances sigue estando el sujeto solitario encima de una plancha de acero que sirve de preludio a las posibilidades altas de continuar el recorrido en otra parte, sin tanto boludo cerca que sería el consuelo que lo puedo encontrar a la ausencia anticipada. Yace un extremo de la mesa vacío por primera vez en mi vida, los recuerdos se agolpan empujando como en ese salón repleto intentando que alguien les permita la entrada cosa de marcar que hemos existido. Es la zona que el desgraciado ese no puede manchar, se ha dado de bruces contra el muro invisible de la memoria y tenido que correr atormentado por los susurros de aquellos a los que ha matado, de vuelta al oscuro agujero del que espero no regrese porque pese a su supuesta mala fama sigue sin poder quitarnos el fragmento del alma que nos dejaste con tu paso por nuestras tardes vivas. 

Silencio

Gritó, una especie de desgarro en el alma y su interlocutor retrocedió espantado, apenas entendía los motivos de aquella agresión, intentó durante los momentos posteriores atar los pedazos de palabras que lograron traspasar el silencio. Había nacido así, ajena al ruido de este mundo que muchas veces confunde a los que tienen todos los sentidos, una verdadera guerrera desde la cuna. El resto debía estar atado a procesar una serie de datos para saber que era útil y que un peso, pero ella simplemente andaba dando vueltas por la vida sin prisa alguna. Podía ver en las expresiones de los demás todos los sentimientos, también las trampas que encerraban ciertos comportamientos y eso equivalía a tener las llaves del alma. Una especie de don escondido detrás del hecho de no escuchar, no había otra manera de llegar a ella que no fuera despacio, siempre de frente cosa de poder deducir ese último mensaje tan importante. Un par de gestos de las manos resumían cientos de palabras e imágenes, tan solo tres movimientos contenían todo el mensaje encriptado y muchas veces encontraba caras sorprendidas. Así que ahí podían empezar los gritos que en el silencio no se escuchan, excepto por la expresión exacerbada de quien lanzó el insulto al aire, entonces ella se sentó en el sofá descolorido comenzando a unir la información. Todo el motivo de la discusión tenía que ver con ese enorme problema repleto de pulgas que ahora estaba debajo del auto, cuando la vio en la tarde pudo darse cuenta del dolor que esos dos ojos marrones encerraban en el alma. Era la tierra misma que extendía la mano una vez más, su ladrido sonaba como música para ella pero los demás sólo veían otro despojo que alimentar, ahí radicaba toda la cuestión. También era el problema que en ese momento enfrentaba su pareja, hacerse a la idea de que serían tres en lugar de dos meros náufragos inadaptados viviendo cómodamente. Cuestión de que la noche le enfriara las ideas pensó, a la larga del fuego sólo quedan rescoldos así que sería una espera de unas cuantas horas y luego todo volvería a la normalidad. A los demás les costaba poco perder la paciencia, pero a la Flaca le sobraba de ese extraño líquido que había bebido desde los comienzos del tiempo mismo, una vez que la tormenta pasó los demás deberían intentar reparar el puente que derribaron cosa de que se restablecieran las comunicaciones. Por eso era necesario andarse con cierto tino, elegir bien las palabras pero sobre todo los gestos dado que una mueca va sin sonido alguno, por lo que puede ser interpretada de diversas formas. Mejor pensarlo dos veces antes de mover un músculo, no sea cosa que luego haya un silencio trágico que deba ser cesado a fuerza de rechazos e intentos nuevamente de negociar la paz.

Martillos

En las montañas lejanas moran los excavadores, buscadores incansables de tesoros que yacen en las profundidades pese al riesgo de calcinarse por ir en la dirección incorrecta continúan gastando la punta de sus bisturís con los que abren las entrañas de la negra tierra. Iluminan las profundidades con la luz de las piedras extraídas para eclipsar al sol, provenientes de la noche oscura que yace en el vacío ancestral del que cada ser proviene pero lo ignoran por lo antiguo de ese suceso en el que la roca ígnea beso el suelo nuevo levantando océanos de fuego hacia lo alto. Luego el corazón pétreo comenzó a latir llamando por generaciones a un descubridor que habría de traer el conocimiento de nuevo a la luz, iluminado éste por la mera presencia de las cientos de gemas que coronaban aquel meteoro enclavado en la tierra que encima reverdecía ignorando al reloj de la creación durmiendo abajo. Pero aún respirando, aguardando el momento en el que los picos los saquen de ese estado de ensoñación en el que la mano toma una de las tantas joyas saludando a las estrellas en lo alto a las que un puño gigante ha puesto ahí como señal para las naves que deambulan por el firmamento. La negra noche debajo de la montaña se vuelve luz con el paso de sus moradores regresando a la sala en la que reposan todas esas maravillas, un golpe, luego otro, las manecillas del reloj siguen su curso mientras los enanos trabajan sin descanso dado que aquí no existe la prisión del día que tienen los que arriba se doblan el espinazo ante el sol. Antorcha en mano, señal de auxilio sobre las rocas labradas, ya estos pasadizos no son tuyos bestia que te alimentas de otras alimañas y es hora de que pruebes nuestros martillos precipitándote a la enorme forja que arde miles de kilómetros más abajo. Las de aquí arriba son tributos menores en los que los metales son desprovistos de la basura que los rodea, tornados mazos que han de proteger los sueños de las generaciones futuras. Y en el centro la enorme estatua da cuenta de ello evocando al protector del reino, que armado con un triturador despejaba el campo de batallas para luego sentarse a lanzarle bocanadas a la luna que resplandecía sin parangón.


Malambo (Chalo)

Una bolea para aquel lado y esa estrella ha tenido que correrse aunque a veces un roce en la frente te ha vuelto a poner los pies sobre la tierra, allá arriba en esa inmensidad desde la que se contempla lo diminuto del mundo se ha ido despejando la pista a la que las botas le sacarán brillo definitivo. Lo único que esta vez el telón no será de color rojo salvo cuando venga una jornada ventosa, sino blanco dado que las nubes han sido arrastradas por la fuerza de la cuerda con la que les das caza. Un golpe seco sobre la tarima celestial haciendo que ese cortinado se abra, resplandece el manto de día incluso y en la noche parecen fuegos que se precipitan calentando a los que andamos por acá abajo. En este escenario la estrella de los vientos es aclamada yendo de acá para allá sin dejar lugar en él que hacer sonar los tambores cuyas puntas afiladas hacen saltar chispas, al sol le ha tenido que dar un poco de envidia este espectáculo aunque enseguida ha recordado lo solo que ha estado dándole luz a los que muchas veces prefieren las tinieblas. Ahora es una caricia de la brisa con la que esa mano invisible quita los surcos en el rostro regresando la cabellera para extenderse como una catarata sobre la espalda, una flor de cardo bordada sobre el corazón y la camisa blanca llena de motivos que recuerdan a la pampa. Es este punto el arma resplandece moviéndose como una hélice alimentada por el alma, molino solitario chirriando en el océano verde que refleja al firmamento dejando algunos charcos en medio del desierto de pastizales. El tiempo pinta historias nuevas, descascarando las nuestras de a poco para con sus pedazos crear una argamasa que volverá a emplear para que los fragmentos que fueron nuestras vidas formen parte de otro momento. Momentos que regresan a una escuela perdida allá en el sur de Buenos Aires, en ese lugar indómito en él que un grupo de médanos frenan la ofensiva que viene desde el polo y pagan la osadía cara al ser desarraigados quedando la marea llorando cuando no encuentra a sus jóvenes hijos. Ahora vueltos recuerdos bajo los tamariscos que proveyeron el material con él que ese salón se levantó y en él que danzaste igual que ahora, sólo que en este capítulo bailás entre los astros.

 

Resiliencia

En la portada de uno de los tantos libros que decoran la vidriera mientras le pasamos al lado ignorando el estado en cuestión, una galería que se pierde en la oscuridad, aquel rostro conocido venido de alguna parte del pasado cuyo nombre no recuerdo y la mente que regresa al momento que nos aqueja, la enfermedad que se ha extendido silenciosa. Detrás de esa máscara la muerte se oculta, pero tal vez podremos alejarla de regreso al medio de aquella laguna que separa esta dimensión de la otra, en la que los espíritus se alejan de la prisión del cuerpo y dejan un vacío en los que aún respiran. La roca está ahí, se nos aparece en cada paso que damos y gira en la esquina con nosotros, aguarda arriba del médano para descubrirse bajo la arena una vez que hemos llegado a la cima. Se burla porque sabe que puede alcanzarnos en cualquier parte, corriendo con el viento que la lleva sin problema alguno permitiendo que mute gratis. Ahora es ese árbol que ha crecido reventando las veredas, obligando a que debamos dar un rodeo poniendo un pie sobre la ruta que trae otros riesgos. En medio de la tarde noche cruzamos la avenida, en las sombras al otro lado de la calle lo encontráremos con otra forma y la historia se seguirá repitiendo. El tema es saber enfrentarlo pese a las probabilidades, es un monstruo cuyas garras nos dañan en las entrañas y se mete en los sueños recordándonos que espera en el siguiente amanecer como el rocío al sol que ha de liquidarlo. La única opción es seguir intentando avanzar con las probabilidades en contra, pero avanzando para retrasar el momento en el que la parca nos muestre su rostro detrás de esa máscara y el índigo sea el color que llevemos.

Mortal

Es una de esas noches frescas de febrero hace unos cuantos años, a diferencia del resto de los congéneres de mi edad no busco compañía en esa jornada como tampoco un trago de esos que empiezan a acumularse en los estómagos marcando ciertas cuestiones futuras. Me he llegado hasta la sala de recreativas que también opera como bar y lugar de socialización aunque en ese punto no pretendo lo último excepto por la máquina que estoy buscando. Observé el sitio un rato antes, otro guerrero se encontraba atareado intentando evitar que lo ultimaran y en el deambular por entre los fichines encendidos pues le perdí el rastro. Tal vez terminó como su alter ego derrotado en una mazmorra plagada de las señales incuestionables sobre el precio más alto pagado por sus antecesores o bien pudo haber salido victorioso. En una de esas se trasladó a otro escenario buscando un paisaje un poco más paradisiaco que recorrer alegremente pese a las rocas en el camino y algún que otro ocasionar miembro de un enjambre que parece no tener fin. No hay nadie en conclusión, el resto del mundo se va una vez que una de las tres fichas que poseo en esa ocasión se pierde en las entrañas de la bestia que abre el acceso a uno de los héroes que han de afrontar el siguiente torneo. El primer escenario pasa sin demasiados problemas, incluso puedo emplear la macabra técnica de mostrarle al otro quién está detrás de la máscara para que luego venga un alarido que queda retumbando en la sala. Paso la segunda batalla con idéntico resultado dando con el salón de las estatuas en una especie de anticipo del futuro que nos aguarda, un reto tal vez un tanto más alto pero no mucho así que a la cuarta pantalla. Luego de demostrar las habilidades vendrá el vértigo, el oponente en sí puede ser un tanto problemático pero no es la única cuestión a tener en cuenta además de la necesidad de que quedemos en pie. El cielo se cubre y se despeja de las nubes en forma de algodón que dejan visible a la luna, los segundos pasan, la respiración es contenida en tanto logramos el objetivo buscado y es una victoria sin mancha alguna. En un breve instante he logrado ver que algo más que cúmulos surcando el cielo oscuro, una figura se proyecta sobre la cara pálida de la luna para que la alineación de los astros se complete. Por arte de magia hemos sido trasladados al fondo del pozo, el otro sujeto se mueve más rápido aparte de que emplea técnicas combinadas resultando un tanto molesto por partida doble al imitar mis movimientos así como los del archienemigo shinobi. Un par de pasos hacia atrás para dar el salto pegándole de lleno, repetición de método hasta que se lo pueda derrotar, tétrica forma disponer de un oponente grogui no conformándonos sólo con lanzarlo lejos. Una recompensa suntuosa a los fines de que esa visión en el salón de estatuas nos venga a la mente, tocará al final del crédito volver al mundo de los mortales dejando el combate para otro momento.  

Lágrimas en la lluvia

En ese momento el villano se quita la máscara convirtiéndose en un antihéroe, el personaje principal se deshace tornándose un mero espectador en el instante en que las palabras brotan de su garganta y el resto de la escena simplemente se desvanece. Todo concentrado en un par de líneas nomás, perpetuado y repetido en el tiempo cosa de que no se cumpla con la profecía del androide que en ese momento es más humano que su perseguidor. Resuena la llamada como una armadura dorada clamando por sus hermanas, repartiéndose entre las estrellas que brillan encima de la atmosfera contaminada  y las luces artificiales que son un mal tributo al sol. Allá en lo alto el alma encuentra la tibieza que en la tierra parece que se le negó, saltando las vallas junto a un montón de ovejas reales y no de esas eléctricas que se compran por dos mangos. En la roca está el creador del universo en cuestión, un mundo dentro de otro que ahora encuentra a los dos personajes principales. Él que le dio forma a la idea y aquel que se ocupó de ejecutarla creando una de las escenas más maravillosas del celuloide, repetida hasta el hartazgo para convertirse en icónica a lo largo de las décadas. El ser humano ha partido cumpliendo con el epitafio en su frase pero ha dejado marcada la tierra en ese punto de 1982 que se vuelve el presente cada vez que alguno logra acceder a ese momento, ahí yace Deckard con el traste llenó de preguntas y el mundo al revés, salvado por aquel al que perseguía cuya alma ha finalmente volado igual que la paloma que aletea alejándose, pese a ser un ser artificial su alma se ha ido.

 

Tears in rain, Blade Runner, 1982

I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die.

 

Yo he visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos - C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

Rutger Hauer interpretando a Roy Batty.

 

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%A1grimas_en_la_lluvia. 



Gol

Recuerdo la secuencia de fotografías el día después, pero antes de esto la línea que se extiende sobre el piso de color rojo que ahora se encuentra desgastado igual que la memoria que regresa veintinueve años atrás. Es apenas un instante pero de repente ya no tengo los casi cuarenta sino diez años recientemente estrenados y el regalo de cumpleaños viene a la altura del asunto, victoria ante el rival de siempre aunque no tengo ni idea de dónde carajo salió dicha rivalidad. Pero ahí estaban los dos equipos, camisetas amarillas frente a las celestes y blancas, el estadio que rebullía, el relato que llegaba por arte de la magia de esa radio puesta encima de la televisión. En la cima sigue la señora esa, a la otra pese a la pantalla y los colores siempre le ha tocado el segundo lugar, la primera simplemente ha seguido transmitiendo sin más vueltas que la de una pequeña perilla que la acciona. De ahí salían las notas de ese concierto, aunque los brasileros eran los que tocaron la mayor parte del partido y los palos sonaron más de una vez. Nada bueno el augurio, rezando a cuanto santo futbolero exista cosa de que nos tiren algún centro que termine besando a la red que hasta ese punto sigue sin máculas. Los porteros han sido muy severos ese día, nada de dejar entrar a cualquiera incluso con las autorizaciones y pergaminos que varios tienen entre su repertorio, es un cero a cero clavado cerca del final. Vendrá entonces la agonía de los penales para sumarse a la del inicio de ese campeonato, defensa del título más difícil que marcar un tanto en un encuentro tan cerrado. En eso el relator ve algo desde su atalaya, sabe que la única carga puede dar resultado porque por alguna extraña razón todos los de amarillo se van sobre el diez que casi cayendo libera de su jaula al ave que hasta ese momento yacía contenida entre los barrotes que los centrales le pusieron al área. Vuela dejando atrás al portero que ha estado muy tranquilo a lo largo del encuentro, como un borracho el cancerbero intenta cerrar viendo lo inminente del desastre y allá arriba la transmisión en portugués empieza a negar el asunto. Luego viene el lamento, la injusticia es desgracia para unos pero los otros saltan victoriosos dado que la red besa apasionada a la pelota y no la quiere largar, tanto tiempo se han contenido que ahora desatan toda la pasión posible hasta que un sujeto anónimo la manda de una patada al medio del campo. Y a muchos kilómetros, en un pequeño poblado alguien más se une al griterío apretando los puños que ahora más relajados sueltan todas estas palabras lejos en el tiempo así como en la distancia.

Tango

A media luz el asunto, por eso el anciano espera a que el sol se esconda un rato antes de salir de abajo de los árboles en los que ha buscado refugio e iniciar el concierto improvisado, el banco se queda un rato vacío mientras él se sostiene con esos hilos invisibles que uno alcanza al olvidar las penas. Despliega los dos brazos formando las alas a las que la luz de uno de los rayos perdidos en el atardecer corona con un halo, la fuente para no ser menos lanza un montón de chorros algunos de los cuales terminan golpeando a algún desprevenido. Culminado el tango regresa al asiento de piedra, apoyando las dos manos sobre la empuñadura del bastón e intentando recordar alguna que otra letra. Al médico se le dio por indicarle esto como ejercicio cuando no encontró nada fuera del hecho de estar envejeciendo cada vez un poco más, en ocasiones pifiaba alguna palabra pero dado el total conocimiento del final del siglo nadie se fijaba en ello. La cuadra que tanto conocía, la que protegía la peatonal del viento proveniente del mar, pronto se vendría abajo en el nombre de la renovación y en su lugar se alzarían los monumentos indicando que ese capítulo de su tiempo se quedaba atrás. En los siguientes actos algún turista le tomaba una fotografía, el rompevientos flameaba abultando el estómago pero cuando regresaba a su lugar se notaban las flaquezas de ese momento. Le quedaba un año más para tener que mudarse, el único inquilino que no aceptaba el desalojo programado y en esa resistencia había agotado sus ahorros. El cuervaje se ocupaba del asunto aunque ya el cartel estaba puesto, sería rápido, sería breve, se aconsejaba dejar las ventanas de los edificios cercanos abiertas para evitar que los vidrios volaran en pedazos. Luego siguió la fuente, el banco demolido dio vida a una casa allá en donde la luz no llega y las penumbras son reemplazadas por oscuridad, en espíritu se quedó el asunto. La persona que tomó la última fotografía recordaría cada tanto al recitador de versos, en una época lejana en la que las personas se reunían en torno a una fuente que ahora ha sido renovada y los únicos que oyen la música son los pájaros cuando la lluvia cae impiadosa. Fuera de ello los seres humanos eclipsan a sus pares, siguen a ídolos falsos y viven en un estado de conexión permanente con un avatar, presencia física poca como no sea para alimentarse o dormir, siguiendo luego con las narices metidas en cualquier parte en la que una cámara entre. Enredados sin poder salir, lejos queda esa voz cantando libre que los días vueltos años se han ocupado de esconder pintando de negro la luminosidad de la vida y alumbrando sólo rectángulos. Las marionetas se mueven, sus pulgares marcan el compás y en un momento el viento de la plaza les pegará en el rostro con una fotografía vieja, de esas que vienen impresas para horror de los seres digitales.   

El invierno no se va

Ocho grados hoy, otros tantos ayer, sumados al viento y la lluvia que se desataron sobre el pueblo de Juan Galo y dificultaron el tránsito h...