La ruta
solitaria, la estación vacía, el sol que dibuja un espejismo mientras deambulo
por ese camino desierto, el colectivo naranja que no se ha presentado en meses,
el vecino cuya bicicleta emite un sonido argentino, los pibes en la otra cuadra
jugando hasta tarde, los mensajes que no dejan de llegar volviéndose un bodrio
repetido. El aula vacía, los rostros que vi un once de marzo en formato de
bienvenida y despedida, los fantasmas de febrero lejanos ya, ese registro que
no respeta los renglones aunque no es más que un conjunto de notas vacías sin
la gracia de esas presencias a las que alude. La mesa de costura improvisada,
la herida abierta por un pedazo de acero destinado a traernos un poco de pan,
los escritos que se volvieron archivos de audios y libros, las caras conocidas
que no estarán a la vuelta, ese adiós momentáneo que marcará la ausencia, el
teclado que quiere una pausa después de tantas líneas en diversos viajes. El
cangrejo malnacido al que un pisano viejo le planta batalla trepando esos muros
que un montón de burócratas han levantado, cuidando que pocos lleguen a ese
sitio para poder beber un sorbo de una fuente que no termina de curar del todo
sino meter paliativos. La cosecha buena ha sido reservada para otros hijos de
los dioses que también son mortales, aunque la manipulación del contexto les
sirva para estar un poco más cómodos pero el final es el mismo. La
improvisación dejando pospuesta en forma indefinida a eso que se le dio el
rótulo de educación, aunque todo el tejido esté roto desde hace demasiado
tiempo y no sea más que un cartel puesto sobre la fachada con decisiones que
llegan tarde. Los docentes, enfermeros, galenos y aquellos que no dejaron la
calle, ninguneados por un montón de bastardos que igual a parásitos se
atribuyen sus logros jugando a decidir los destinos de millones desde pantallas
lejanas a la realidad. Los despachos acondicionados a un clima ideal, sin los
gritos provenientes de afuera que no llegan y el martillo ablanda carnes que
baja, la casta de bienaventurados continúa manteniendo su encumbramiento con un
montaje mal armado pero en funcionamiento. Reduciendo a pedazos cualquier
reclamo que no sea ponerle la alfombra a algún espíritu desgraciado con las
ínfulas elevadísimas, la venia del oro y la plata flameando un par de milenios
para que nada cambie excepto la marioneta al frente. Las llamadas lejanas, los
rostros a los que veremos al final de este recorrido demasiado largo, el rastro
de ese guardián que desconoce la infidelidad celebrando la cercanía de las dos
presencias que se han mantenido detrás del cerco. El miedo a salir destrozado
como un espejo cuyo reflejo uno no quiere seguir viendo, el esférico con el
corazón roto, esa botella que se ha pinchado sin motivo alguno y el último día
del año que ha llegado con toda la carga lista para ser arrojada por millones
de manos. El magiar que se aleja junto a esa otra presencia a la que he
admirado aunque nunca se entere.
Blog del autor ítalo argentino, Piero Fiori. Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución 2.5 Argentina conforme se describe en la página intitulada "Creative Commons".
jueves
Viszontlátásra
Violaciones
A la letra “a” le creció el bigote extendiendo su único brazo hasta esa nube que comenzó a moverse por el cielo de papel, después vino un unicornio de esos de lata pegándole un empujón para que se fueran los cúmulos a volver grises otros cielos. Por aquí estaría despejado con la casita adornada con dos ojos cuadrados, uno más grande que el otro y la puerta por la que las visitas se presentaban aunque también podía ser el cartero, algún amigo que venía a jugar y la primavera que en su verde traje se metía por cualquier hendija. El monstruo que vivía en el árbol se fue a dormir cubierto de los brotes glaucos así como una corona formada con las corolas blancas que venían anunciando la llegada de los días cálidos, las cortinas naranjas se mecían al sentir la canción del viento que usaba un oboe abandonando el resto de los instrumentos que tornan su melodía una cacofonía barriendo la superficie y obligando a los vivos a bajar la cabeza. Nada de eso, sólo páginas coloridas con un jardín detrás de la casa y la carrera de esos coches rojos y negros llevando pedazos de alguna hoja que ha sido recién cortada, el agua surgiendo de esa serpiente de caucho borrando las sendas trazadas que serán reconstruidas por la cuadrilla de obreras debidamente preparadas para la tarea cuya homónima empieza a despedir el año liberando a esos miembros que se dirigen a la plaza como luciérnagas presentándose a un cónclave. Tras la luz la oscuridad, el silencio y el miedo metiéndose por cada miembro, los malvados han salido de cacería tornando cada instante de felicidad en un reflejo de las vejaciones de esos momentos. Los dibujos ya no reflejan unicornios sino bestias cuyas fauces engullen los sueños, las sonrisas en esos rostros sin marcas y destrozan el alma que apenas ha comenzado a resplandecer, haciendo que queden jirones. La memoria, siempre la memoria, sale a la luz para que lo de antes se torne un suplicio que te persigue a través de los juegos, de esas salas pintadas de diversos colores que se vuelven uniformes hasta alcanzar el tono de un crespón. Afuera el sonido ha invadido los columpios y tiovivos deslizando la complicidad por un tobogán que lleva a un intento de ocultar, despidiendo a la arena del final que es llegada para volver a reiniciar el círculo aunque en ocasiones alguno ha logrado largarse dejando el llanto detrás. En otros lugares encontrará un pedazo de cordura, de esos dedos que sostienen la mano todavía pequeña alejándose en sus brazos de las brasas y del averno agobiante al que le ha llegado la tormenta extinguidora. Las páginas repletas de recreaciones de la vorágine han sido reemplazadas por imágenes parecidas a las del comienzo, aunque siempre existirá una arruga en medio de la página que se seguirá marcando con los años los cuales obrarán de bálsamo aunque parezca poco.
sábado
Afuera
Este
mundo al que hemos vuelto es extraño, es la misma sensación de estar caminando
por primera vez. De poner un pie sobre la tierra y afirmarse, afirmar el otro y
dejar de gatear. Es básicamente eso.
Las
situaciones conocidas, los vehículos en calle, las personas que reinician la
mañana, todo esto se hace extraño en este momento. Es más, hasta un mero
trámite se ha vuelto algo extraordinario.
Un auto que se aleja, los controles, la
demarcación de los sitios, las distancias, las medidas en sí, todo esto es un
agregado. La mañana fría, es una mañana de invierno fría con una leve brisa pero
única.
El
lunes que generalmente es un hastío se ha vuelto algo irrepetible en este
punto.
27/07/2020, 8:17.
domingo
Los 11 de Valenciano
PRÓLOGO
En el año 2036,
un meteoro impactó sobre la República Argentina y produjo la separación de la
franja costera de la Provincia de Buenos Aires. Debido a la tormenta de arena
que se levantó, los habitantes se habituaron a que este fenómeno se repitiera
junto con algún que otro eclipse.
El cataclismo
generó la aparición de la Liga Atlántica, integrada por equipos de las
poblaciones refundadas tras la enorme explosión. Así surgieron las escuadras
como Villa Morena, Dragón Verde, Piñamar, Darra, Sportivo Bahía, Deportivo Los
Pinos y tantos otros.
La pelea por
el campeonato se polarizó entre las ciudades de Bahía y la nueva Fala de Plata
(antes Mar del Pata), rompiendo cada tanto esa hegemonía la gente de Piñamar.
Sin embargo, siempre hay una excepción y esto nos lleva a la mañana previa al
partido final del torneo, en un lugar llamado Silos del Sur.
I
A eso de las nueve de la mañana, la vieja Sworfish
comienza a descender sobre la que había sido la ruta de acceso al pueblo, en lo que antes
se conocía como Tres Arroyos. El viejo Javier Omar Valenciano desciende de la
nave, ahora pintada de naranja, adquirida en una subasta a unos cazadores de
recompensas.
Deja el mameluco también anaranjado, el casco en
igual tono y carga su vianda, consistente en ravioles con salsa casera, además
de unas galletas adquiridas en la Esquina del Tuyú y un pedazo de queso
parmesano. El vino en esa ocasión no está permitido, dado que tiene que estar
atento para el partido de ese día.
El más importante en la historia del Club BN
(Blanco y Negro), fundado hace cincuenta años y uno de los pocos sobrevivientes
a la gran explosión junto con el Mapache Aullador. Es que llegan al final del
campeonato de veinte equipos, tras un año de constantes batallas, punteros con
dos de ventaja sobre el Dragón Verde.
Sin embargo, aún deben sortear un último obstáculo
en su camino, el siempre difícil Darra FC, equipo duro como pocos.
Valenciano llega al Estadio de la Vía, aunque el
tren ya no arriba más, sabe que si le quitan la pelota al oponente deberán
aprovechar las ocasiones que se les presenten y cuidarse del balón parado. Su
ayudante, el belga Scifo, ya tiene todo listo para cuando vengan los
integrantes del plantel.
Al mediodía las gradas comienzan a ocuparse,
incluso alguno ya empezó temprano a preparar el asado y los chorizos, no faltará
ese líquido violeta venido del Viñedo Orlando de Gesell, circulando como agua
entre los Beodos de la Bosta como se conoce a la hinchada blanquinegra.
Valenciano espera que la estrella del equipo, el
legendario J. B. Cañones, no llegue tarde al encuentro y para eso designó a su mejor
hombre a los fines de vigilarlo de cerca. El Barba Romero, al que apodan el Ruso,
emitió un sonido gutural y se alejó detrás del discípulo de Isidoro Cañones.
El DT sacó su vieja libreta de almacenero, en donde
anotaba todo lo que ocurría en el campo de juego, recordando la derrota 1 a 0
en el Estadio Solá, seis meses atrás. No podían repetir los errores o les iría
mal pensó, mientras comenzaba a tomar unos mates en ese viejo recipiente de
madera que recibió en un viaje a la República de Creta.
Así comenzó la larga y tediosa espera.
II
Valenciano soñaba, se encontraba solo en medio del
campo de juego y tenía que marcar a la horda anaranjada que se le venía encima.
Corría desesperado de un lado para otro, aunque
nunca llegaba al balón. En eso los rivales desaparecieron, pudo ver el arco de
enfrente aunque la distancia era insalvable.
Se descubrió portando otra vez los guantes, de un
puntapié mandó el balón hacía adelante pero este se esfumó.
Contempló el cielo despejado esperando el regreso
del esférico, el tiempo pasaba, todo era calma.
De pronto algo comenzó a bajar, pero el balón ya no
estaba. En su lugar, una enorme roca proyectaba una sombra cada vez más grande.
El meteoro caía sin que Valenciano pudiera
apartarse, en un gesto desesperado extendió sus brazos hacía arriba y sintió el
impacto.
Se despertó bruscamente, su vianda estaba esparcida
por el suelo. El termo estrellado, el mate desparramado y Alphonse Marie, el
nueve del equipo, sonriéndole con su blanca dentadura que resplandecía en el
rostro oscuro.
Era hora de jugar, el camerunés se alejó llevando
el balón que estrelló contra el banco de suplentes.
III
A poco de comenzado el encuentro, los visitantes
hallaron la ventaja y las cosas empezaron a complicarse. La vieja radio Spika
les informaba el resultado del cotejo entre Los Pinos y el Dragón Verde, no tan
lejos de ahí en la ventosa Neco. El uno a cero se repetía en ambos cotejos, los
visitantes llevaban la delantera.
Valenciano iba y venía, estaba haciendo un surco
para la próxima cosecha. Su línea defensiva integrada por el Gallego González,
el Chaco Díaz, Akira Sanada y el Turco Alí, resistía los embates de los
artilleros del Darra.
El viejo Leoncio Álvarez, arquero experimentado
como pocos, hacía todo lo posible para que la ventaja de su rival no se
estirara.
El portero había trabajado de joven en el
ferrocarril, tras el cataclismo se dedicó a vivir de changas y atajar los fines
de semana para el club de sus amores. A él, más que nadie, le dolía ver como se
les escapaba lentamente el campeonato.
Los dos centrales, Díaz y Sanada, eran tipos de
pocas palabras (y de muchas patadas). Celebres fueron las disputas entre
Sanada, venido de la tierra del sol naciente, y el nueve del equipo en cuanto
al hecho de exigir que los rivales se practicaran la rendición del honor o
coleccionar sus cráneos. Valenciano les había prohibido esas prácticas, con el
argumento de que no eran los vencedores.
El Turco Alí había crecido frente a los silos,
conducía un viejo camión cerealero hasta el puerto estelar que se encontraba en
el límite con Creta.
González jugó en varios equipos, era conocido por
sus quites a tiempo y por sus
arremetidas por la banda.
En el medio, Romero y Lara trataban de contener el
ataque de sus rivales desde el nacimiento de estos. Sin embargo, hasta el
momento los jugadores del Darra pasaban como querían.
Un poco más arriba, J. B. Cañones, no lograba
entrar en partido dado que le gustaba demasiado la noche.
Adelante, Fernández e Iván Ban Ban intentaban desbordar
para alimentar al número nueve: Alphonse Marie. Éste media casi dos metros, su
oscura piel contrastaba con la blanca sonrisa de unos dientes bien alineados.
Hasta el momento no lograba recibir un balón limpio.
Para colmo de males, la radio anunciaba el segundo gol
del Dragón Verde en su visita a Neco.
Así terminaría el primer tiempo, Valenciano debería
charlar con sus jugadores para dar vuelta las cosas.
IV
Alphonse le rezaba a una oscura divinidad de su
tierra, parecía por momentos que había entrado en trance. Sanada contemplaba la
katana desenvainada y el pequeño tantō que la complementaba, finalmente se colocó un
hachimaki en la frente y esperó que llegara el momento de volver al campo de
juego.
Apenas se percibía la respiración de los jugadores,
Valenciano revisaba las notas de su agenda, Scifo presenciaba ese acto
sacramental aguardando que surgiera un milagro de esos garabatos.
En eso Romero le aplicó una bofetada en el cuello a
Cañones, volando el celular por los aires, yendo a parar cerca del Chaqueño
Díaz. Éste contemplo el adminículo por un instante, luego hizo la gran Schiavi.
Un pisotón bien puesto sobre el aparato dejando tan sólo pedazos de lo que
alguna vez fue un celular.
Scifo tomó una escoba y una pala, recogiendo los
restos del teléfono para luego arrojarlos en la basura. Cañones miraba atónito,
petrificado como casi todo el primer tiempo.
En eso un golpe seco se oyó en la puerta, borrando
por completo la atmosfera onírica que reinaba en aquel lugar y entonces
Valenciano pronunció algo que sonó como una sentencia:
— ¡No se la sigan dando a los del Darra porque
perdemos!
Acto seguido salió al túnel que se presentaba como
un enorme camino de penitencias que deberían ser cumplidas hasta alcanzar la
luz que se alzaba, Victoria aguardaba en
el otro extremo o el olvido que rodea a aquellos que no pueden tocar la gloria
estando tan cerca.
A los cinco del segundo tiempo decidió que tenía
que sacar a J. B. rápido antes de que siguieran jugando con diez tipos
únicamente, pero viendo el banco de suplentes tenía más dudas que certezas
atento que la mayoría eran juveniles.
En eso estaba cuando vio la trepada de Alí por la
banda, los del Darra se habían quedado pidiendo una falta en el borde del área
luego de que su número nueve fuera embestido por el expreso del sur conocido
simplemente como Locomotora González. Un botín yacía desparramado en un
extremo, en el otro el jugador se revolcaba de dolor tocándose el pecho aunque
el golpe había sido en el pie. Puro teatro.
El Turco Alí arrancó la loca carrera en su posición
de lateral, terminando con un centro que Alphonse vio pasar por lo vehemente
del envío y acto seguido sobrevino la puteada de Romero debido a que Cañones
seguía con los brazos en jarra parado en el verde campo sin moverse.
Ahí Valenciano se decidió, llamando a un
desconocido suplente que en un par de minutos estuvo listo. El Barba le dio una
calurosa despedida con una serie de sonidos guturales a su compañero y lo mandó
detrás de la línea de cal con una patada bien puesta.
La dorsal del recientemente ingresado rezaba
Prometeo, un nombre fuerte pensó el viejo estratega.
V
Nos dio el fuego, conduciendo a los suyos a ocupar
un lugar siempre cerca de la luz alejando a esas tinieblas que desde la
creación cubrían al mundo. Ello y el primer paso en formato de estiletazo que
dejó mano a mano al de Camerún aunque el que sabía usar las extremidades
superiores era el portero contrario.
Segundo intento, mismo resultado, la hinchada local
empezaba a impacientarse no siendo raro que volaran algunas cosas desde las
gradas aunque ninguna llegaba a destino. El árbitro pedía calma desde unos
veinte metros más atrás, siempre lejos de la jugada igual que su estado físico.
Una nueva trepada de Alí, pase a Lara, este a
Prometeo abriendo para Martiniano y centro a la olla para que el delantero sea
convertido en sánguche por los centrales generando un balón suelto que manso
queda picando en el borde del rectángulo de ese sitio vedado para los
contrarios.
Ahí llegó Romero dándole al esférico como si fuera
una bomba que debía ser sacada rápidamente del estadio aunque salió haciendo
patitos, clavándose en ese lugar llamado científicamente ratonera generando el
desahogo de la parcialidad en blanco y negro.
Luego los minutos empezaron a irse despacio
primero, aprisa un rato después, la radio emitía una serie de sonidos que en el
lenguaje de la estática significan la pérdida de toda esperanza producto de no
saber el resultado en el otro cotejo.
En eso un individuo que se encontraba mostrándole a
los de enfrente su colección de restos de pollo bien digeridos, alzó el puño
apretado al cielo entonando el himno de todo estadio reducido a un puñado de letras.
- ¡Gooooooool, tomen amargos!
Los Pinos descontaba en la no tan lejana Necochea,
aunque seguía sin alcanzarles a los locales lo que fuera que pasara en otra
parte del planeta concentrándose toda la atención en ese teatro en el cual las
piezas continuaban siendo movidas como en un tablero.
Prometeo tomó el balón similar a sostener en lo
alto una tea arrancando desde el mediocampo viendo la manera en la que sus
oponentes desaparecían ante la lluvia de piedras, otro fenómeno meteorológico
que se hacía presente cada cierto tiempo. Los hinchas de ambos equipos se refugiaron
debajo de las gradas, los cuerpos técnicos en los búnkeres desde los que
contemplaban con binoculares el transcurrir de la batalla.
Los jugadores rivales no cobraban lo suficiente
para exponer el pellejo así que se unieron a la hinchada, regresando sin las
camisetas, los botines y cualquier otro elemento relacionado con la actividad
que no era la principal. Muchos trabajaban en el campo que rodeaba como un
océano glauco a esa región alejada del centro del mundo, la llama hizo amanecer
en medio de la niebla que se había asentado en el verde terreno surgiendo ante
el valiente diez el obstáculo final.
Reducido a la nada lo único que quedó fue la malla
desprotegida, los guijarros cubriendo el terreno y a los dueños de casa
festejando ante los insultos del director técnico contrario que le reclamaba a
sus jugadores regresar a la partida, pero él seguía bien lejos del asunto.
Cuando la bruma se fue volvieron a estar once
contra once, la cuestión 2 a 1 y el tiempo de recupero extendido debido a que
el árbitro consideraba un buen justificativo la demora hasta que los del Darra
recuperaron la indumentaria. Salvo el arquero que atajó usando un único guante.
VI
Se vinieron a vengar la ofensa pero con las ganas
se quedaron, en una corrida final después de recuperar el esférico nuevamente
el portador del fuego eterno empezó a apilar contrarios como si fuera en efecto
la luz atrayendo a los insectos, abriendo el juego para el lado opuesto que
visiblemente era tierra fértil.
La marea de carne y hueso se dio de lleno contra
estribor en tanto que a babor otra vez el tren del sur dominaba el balón, un
centro quirúrgico a la cabeza de Alphonse que empleando toda su humanidad se
elevó como una divinidad oscura metiéndole el frentazo al ángulo viendo en una
fracción al portero clavado en el piso.
Red, salvación, conquista, la corrida de la
victoria a un costado con los once apilándose y el apartado J. B., gritándoles
obscenidades desde la tribuna contraria aunque en seguida un botín del Ruso lo
sacó de su traición.
Tras la epopeya el juez decidió que era mejor
terminar el asunto, no hubo premiación debido a la invasión que culminó con el
trofeo hurtado y una nueva oleada de piedras obligó a abandonar el tablero
verde, con los jugadores del querido club festejando solos dado que las
condiciones climáticas empeoraron bastante.
En su informe el juez diría que el comportamiento
del golero visitante se debió a que encontró en su movimiento al otro palo una
cueva de cuises que igual a zapadores construyeron toda una red, por la que
transportaban las lechugas conseguidas de los insumos que el vendedor de choripanes
traía en cada partido.
Algunos de estos especímenes se dedicaban a
observar el match desde un lateral informando el resultado a los otros que aún
siguen cavando, vaya uno a saber con qué finalidad sombría esa locura de sacar
arena por un extremo para enceguecerse con la luz del día.
Finalmente la estrella que buscaban brilla sobre la
pared descascarada del templo que pese a su silencio esconde los ecos de las
batallas necesarias hasta llegar al pináculo, para después tener que bajar a
empezar de cero. Curioso fenómeno este.
EPÍLOGO
Treinta días
más tarde el sol emergió dejando a un lado la tormenta de polvo, los
sobrevivientes de aquel espectáculo abandonaron la cancha soltando las
ligaduras de Sanada y Alphonse con las que evitaron que sacrificaran a los
vencidos. El último en irse fue Valenciano con su paso cansino y el recipiente
para la viada que lo seguía a todas partes, el casco bajo el brazo y una
sonrisa de satisfacción.
No se alejó
más que unos cuantos metros cuando sintió que todo se estremecía, pensó que
quizás sería otra tormenta de piedras pero la respuesta le llegó enseguida al
contemplar el derrumbe de las tribunas formando un monumento abstracto a lo que
una vez fue su estadio.
En la cima
brillaba algo o eso le pareció mientras encendía la nave que se encontraba
intacta, sobrevoló la escena para ver asombrado la copa desaparecida y a un
ejército de cuises que enarbolaban la bandera propia en el territorio ocupado.
Supuso que la
conquista no se la podía quitar nadie en tanto enfilaba al sur, a la República
de Creta en la que su viejo amigo lo aguarda para ponerse al día de todos esos
partidos que han transcurrido mientras la vida sigue.
En la escena
que el director técnico campeón no vio un par de sombras ingresarían al
campamento de los roedores y dejándolos adormecidos con la magia vudú se
llevarían el trofeo, al amanecer notarían la sustracción de la copa saliendo en
pos de los ladrones para darles alcance por la red de túneles, arrojando sobre
el despintado camión celeste todos los proyectiles que su labor les generaba.
Sanada
cortaba cada misil con la afilada katana empleando las técnicas de un maestro
de espada y haciendo que al final la horda cuisera desistiera, perdiéndose el
vehículo conducido por Alphonse Marie en el horizonte.
Los biógrafos dicen que sus huestes se adentraron demasiado en el territorio de las yararás así que el premio era inferior al peligro, por lo que regresaron al sitio del derrumbe y crearon una réplica de la copa que se exhibe ante las demás especies. Otro curioso fenómeno.
miércoles
D10
A esa imagen en blanco y negro en un potrero
cualquiera dónde sea que alguno se tome la molestia de hacer rodar al balón,
con las camisetas de diversos tonos y blasones unidos por un puñado de letras
cuya pronunciación alcanza cual eco cualquier recoveco incluso en sitios tan
diferentes, pero en los que la lengua de ese ajedrez de movimientos continuos
se ha instalado. Las escenas que quedan tras el último concierto son una
alternancia de blanco y negro, con alguna pincelada celeste y blanca entre
tantas camisetas amarillas soltando al ave de presa que hace trastabillar al cancerbero
de verde, incrustando la perla en la red de un estadio italiano. De idas y
vueltas entre amores y odios que no terminan de ponerse de acuerdo yace la
persona, el ser cuya existencia se deshace en esta época de pérdidas profundas
en la que aquello que hemos querido se empieza a quebrar en millones de pedazos
cómo ese cristal cuyas líneas llevan a los infiernos. A los profundos pozos en
los que la persona cae al pasar de las privaciones en su máxima expresión a la
plenitud del éxito y del fracaso, el oxímoron que no puede dejar de presentarse
en tanto seamos sangre, huesos y carne. El niño con la inocencia reflejada en
la mirada habla a través del tiempo para luego volverse una sucesión de viñetas
a color con una función de sábado en la que dice adiós, aunque no se haya ido
del campo de juego jamás y ello lo lleva de regreso a esa llanura verde en la
que seguir librando la batalla. Hasta el último momento excediendo cualquier
ideología, algo bastante extraño en este tiempo de despedidas, volviéndose más
que una leyenda al abandonar esa prisión que se ajó lo suficiente. Maradona es
una metáfora de las luces y las sombras del ser humano, de esa gloria esquiva
para muchos y las miserias siempre presentes. No hay forma de tener una cosa
sin la otra en el caso de él, aunque todo ello queda de lado reduciéndose a una
corrida fantástica desde atrás del círculo central.
martes
México
DUERME
Ya todo es silencio,
el último borracho se ha ido a dormir,
las luces que indicaban una alegría
tras otra se han apagado y ahora sólo
queda la paz de la noche.
En el mundo de los sueños esas borracheras
se vuelven burbujas, en las cuales
se manifiestan diferentes fantasías
las que se van a desvanecer al amanecer
cuando el sol surja por detrás del caserío
con tejas españolas.
Una vez que esto pase la bruma marina se
habrá disipado y las sierras recuperarán
su silueta, igual a la de los humanos
que despiertan después del sopor de la
noche y de las copas.
CUAUHTÉMOC
Cuauhtémoc espera a que el Coyote
le traiga el último poema, a través
de Tacuba.
Y es que sus espíritus viven en cada
uno de los rincones del valle,
incluso debajo de los adoquines
que se alzan donde estaban las
antiguas calles.
En cada parte hay un poco
de ellos dos.
LOBO
Aún es de noche, una suerte de viaje en el tiempo dado que allá en el pago ya salió el sol. El coyote se aleja gritando un adiós, un lobo negro aguarda en los verdes campos ahí en la ría. Ya el sol se había puesto tras las colinas del valle cuando los pájaros emprendían vuelo.
Y las bestias mal educadas e ignorantes festejarán haberle puesto fin a la sociedad, apedreando al distinto hasta volverlo una masa sanguinolenta para así darse cuenta que estamos hechos de lo mismo.
RESMA
Una resma de hojas por un puñado de pesos, las líneas han de formarla los versos de este relato. Varias lapiceras con un poco de tinta, igual que el resto de la sangre que aún me queda. Esto y las migajas para las palomas sobre el viejo tejado español, así empieza esta historia sobre alguien que lo tuvo todo para luego dejarlo atrás.
domingo
Inculturación
Sabía que de no lograr su cometido la ciudad estaría
perdida, así que las heridas recientes apenas se sentían más cuando el polvo
del camino lo había convertido en una especie de fantasma apagando hasta el
brillo de la lanza cuya asta se redujo en uno de los encuentros de la batalla
que resultaba ser un hecho lejano. Eso es pasado dirían ahora los jóvenes, para
el pobre emisario la contienda estuvo fresca hasta que giró por ese camino
dejando a sus compañeros en la lejanía y sólo el sol lo acompañó aunque era
para seguir torturándolo mientras los vencedores descansaban al resguardo de
las sombras. La capa raída le había servido de vendaje, tomó el arma quebrada y
dejando a un lado el yelmo saltó a la senda por la que llegaron esa misma
jornada, las piedras eran despedidas por las sandalias que se unieron al resto
del ropaje gastado. La última fuente de agua pasó pronto en ese recorrido, una
vuelta más y apenas se acordaba de ese guijarro que cometió el atropello de
meterse entre los dedos de su pierna izquierda dejando una marca roja antes de
ser expulsado por el fondo. Tampoco eso significó algo un par de kilómetros más
adelante, el porrazo que se dio en otro momento y la sensación de vacío en la
boca del estómago fueron desterrados a un lugar lejano, al dolor le sería mejor
encontrar otro cuerpo que castigar. Todo el entrenamiento recibido por años se
resumía en ese instante, un mensajero de los dioses corriendo de vuelta al
corazón de esa divinidad en la que las estatuas se alzaban gloriosas señalando
al cielo y el mero hecho de recordar esto le bastaba para pedir un poco más de
esfuerzo a sus exhaustos miembros. Ya empezaba a tener la sensación de estar
cerca, una oveja solitaria lo miró desde la vera masticando una hierba amarilla
como consuelo por haber dejado a la manada sin líder aunque descubriría al otro
día que ya tenían uno nuevo que ocupaba el mejor sitio a la hora de beber
del manantial. Sacrificado por las huestes que festejarían la retirada de los
invasores dos jornadas después, la sobreviviente preferiría no reclamar el
trono vacante y se contentaría con perder un poco de su lana en lugar de
terminar dándole más fuerza al fuego cabeza abajo. Sin la cabeza por supuesto.
Regresando al momento en que cruzó al velocista pronto este se perdió a lo
lejos, divisando las murallas de la ciudad a la que pretendía anunciar la dicha
de esa victoria, con los contrarios huyendo despavoridos después de tanta
resistencia de aquellos que les mostraron los dientes. Acto seguido partieron
cráneos, destrozaron escudos y quemaron esos barcos que desguarnecidos se
asoleaban en la playa desierta con la creencia tonta de estar seguros en un
territorio que no era el propio, pensando en las ventajas de tener enemigos tan
burocráticos a la hora de tomar decisiones cuando un gesto del soberano era
suficiente para decapitar a un tonto irritante. Sin embargo ya se habían
llevado más de una sorpresa en su intento de conquista, así que pronto quitaron
de sus gruesos tomos de historia la idea de que aquellos bárbaros eran unos
torpes sin ninguna clase de facultad que implicara un trato diferente al de sus
animales de carga. El retorno de las legiones diezmadas daba cuenta de ello, al
rey de todo no lo quedó más que dedicarse a ser el soberano de su civilización
dejando de lado a las bestias que seguían con sus costumbres paganas venerando
a tormentas, océanos y estaciones con formas de deidades humanizadas. Despejado
el escenario únicamente quedaba la encarnación de Mercurio llegando sin aliento
a la enorme puerta, los guardias por lo visto estaban en otra dado que se
acercó a toda prisa para que absolutamente nadie reparara en él hasta poder
darle el golpe a la placa de madera que resonó duplicada por el eco de ese
paraje haciendo que de a poco los ciudadanos se asomaran mirando al desgarbado
intruso.
—¡Nike, Nike!
—Está mal pronunciado le respondieron desde lo alto y le dieron la espalda, cayendo muerto justo a las puertas de su hogar.
sábado
Ella
La mano izquierda le dio con alma y vida al enorme botón verde, después se deslizó por el tobogán derechito a un par de brazos tibios que se volvieron un moisés acariciando la barbilla de ese ser que entre lloriqueos la llevó a recorrer un mar blanco, dormitando entre esas extremidades ante el arrullo que se volvió su mundo conocido desde entonces. A partir de ahí se salió del molde, de la limitación impuesta con miedo e impedimentos, dando cuenta de la selección de libros que se precipitaron como esquifes a través de una catarata llevando uno consigo para investigarlo del revés ya que para correcciones está el resto de la humanidad. Un rato después descubrió el significado de una parte de esas obras, transitando a fuerza de deletreos de la niebla espesa en la que únicamente hay sonidos guturales a la palabra aunque no recordaba si en otros momentos la situación había sido diferente. Se sentaba cerca de la ventana incluso en los días grises de las dos estaciones en las que la vida se repliega afectada por una fiebre helada que la deja sin manta alguna, la crisálida desde la que emerge con un montón de brotes en el tercer capítulo allanando el camino a la erupción de los meses torrados en los que se encuentra consuelo en las sombras, frescura glauca que se mezcla con el azul de ese espejo salado con imitaciones baratas en diferentes rincones del concreto. Los rayos le sirvieron de renglones, marcaron la capa blanca que la recubría dejando círculos rojos que resaltaron aún más ese tono exterior bajo el cual el fuego empezó a extenderse, derramando líneas carmesí que terminaron con ese andar sin tribulaciones por las calles de una infancia que se quedó guardada en un depósito de llaves extraviadas. Quitó el velo de sus ojos entrando a otra etapa, las centellas desaparecieron en la distancia aunque la exaltación fue detectada por esa primera presencia y escondida entre confidencias que al otro no se le hacen dado lo binario del asunto. Halló consuelo garabateando notas que se borraban una vez que la siguiente página aparecía en el horizonte, recibiendo etiquetas de descarriada por parte de los que veían sólo los pasos ajenos despreocupados de cuidar los propios y condenaban como jueces de un averno terrenal. Los ignoró, se marchitaron al igual que las etapas que pasó templada en el corazón de tanta batalla ahogando el pianto con las risas, obligando a sus labios a llevar esa expresión burlona de permanente desafío contra las normas sabiendo que se salía de ellas desatando un sistema de contención que siempre fue impiadoso. Transitó por las calles desiertas en las que encontrar un alma parecida se vuelve una tarea imposible, con muchos adioses acompañados de portazos y de hojas marrones que en ocasiones vestían de amarillo hasta dar con el sitio indicado, descubriendo que no estaba sola. Otros refugiados buscando la luz del día en la noche cerrada, ventanas que desdibujan a la ciudad dormida ahí afuera en la que los monstruos surgidos de las ramas agitadas viven en la cabeza de esos que no pueden reposar bien, aterrados y sin ánimo de dejar la pesada vestimenta que se les impuso de pequeños. Para ella simplemente era quitar la bolsa cargada, dejarla a un lado mutando a mariposa que se eleva con miles de colores entre los brotes anunciando la vuelta de la primavera que deja el encierro al igual que ciertos aventureros, extendiéndose ese momento por las grietas del concreto que se parte liberado del gris al que reemplaza con la paleta de colores. Flamea el vestido multicolor por las calles que empiezan a impregnarse, con los locos vueltos sabios y los déspotas vistiendo harapos, la memoria pone en orden ese pueblo de piantados purgando los malos hábitos que ya no son tolerados, ni siquiera la excusa de segregar a la mayoría que no se adecúa a las reglas del séquito al que se le termina el curro. Extiende sus extremidades abarcando al mundo, nadando en cada uno de los espejos disponibles para después recostada en la playa de arenas blancas y morenas culminar fundiéndose con ellas, hasta que la luz naufragó alumbrando para reiniciar ese círculo de visiones lejanas que se parecen a la primera escena. La canción suave, el lugar confortable, un millón de años con la costumbre repitiéndose, la caleta en la que la nave apenas se mueve, luego se levan las anclas oteando el horizonte para ver si esa embarcación con una única vela regresa no sin antes saltar entre las nueve baldosas en las que acechan peligros inmensos. Grietas, rajaduras, pasto que se abre paso, colores en cada casilla, una piedra como arma para la mayor de las batallas cuyo último acto es hallar el cielo en este mundo descreído que únicamente atina a tratar de volverte a meter entre esas cuatro líneas bajo pena de una armadura blanca. La paleta te arroja el repertorio, tras haber alcanzado el arcoíris cubriendo esas barreras invisibles con una lluvia de colores que se esparce por todo el recinto en el que recreas la parte del espíritu que no se dejó someter, haciendo que los muros reflejen ese edén.
viernes
Fracasos
Desde las sombras de mamá a la luz del mundo que te recibe con bombos y platillos, luego se olvida un poco del pequeño en la medida que crece metiéndolo en alguna casilla de manera forzada aunque a él no le guste para nada todo el asunto. Ya entonces pierden la noción de su presencia, incluso la mano pequeña vuelta enorme se ha desprendido del seno materno en un adiós anticipado y el miembro menos hábil responde a la situación muchas veces pintando más sombras que certezas al dar los pasos previos a la adolescencia. Vendrán entonces los golpes, el olvido al que varias actas quieren someterlo, los salvoconductos que implican la expulsión de ese edén para los victoriosos y la puerta cerrándose en señal de campana del averno. Echada la suerte no queda más que resignarse, pero para ese punto puede atravesar la avenida ventosa con el polvo pegándole en la cara curtida así como el viento que remolinea el humo del carro improvisado de comidas. El único calor que ha recibido al irse por la calle de los zíngaros vuelto un vagabundo más, dejando la huella sobre ese pavimento de tanto andarlo para encontrar la plaza vacía así como el aula que guarda su huella. Todo reducido a golpes, por eso el tatuaje sobre la madera hundida y las reprimendas, nadie que salga a ver la razón de la conducta dado que eso no es lo que sería normal por estos tiempos. Corrección política a granel, metida por entre las hendijas de un sistema que se cae a pedazos pero intenta mantener de alguna manera la forma mientras los cortes sobre la piel evidencian lo inevitable. Luego el recinto ha perdido una presencia, pero la mácula sigue ahí incluso cuando han contratado un ejército de limpiadores que traten de borrar el rastro del acto serial que ha llevado a esto. El silencio acompaña los pasos que algún alma en pena da por esos pasillos negros en los que se ha matado a la luz a partir de ponerle paños fríos al asunto y no admitir que algo anda definitivamente mal. De la oscuridad a la sala blanca, restricciones puras para tener fuera a los impuros en tanto tratan de determinar en qué casillero le corresponde ir fuera del mundo de los normales. El espacio sin manchas que existe más allá de las fronteras en las que nos movemos, ahí se ahogan los hábitos de aquellos que son diferentes y se los manda de vuelta con un pase temporario a deambular entre esa calles en las que son esquivados cual perro sarnoso por los que observan desde las ruedas del confort construido a fuerza de sudor, para que igual que una canilla siempre abierta el tanque se vacíe y el vástago nunca sepa de dónde le llegó toda esa opulencia. El río rojo se esparce a través de las grietas de la civilización mal educada, compradora compulsiva de un montón de adminículos que no suplen las ausencias de los adultos cuando la luz inunda la mañana y oculta la misma falta durante la noche detrás de pantallas que atrapan las rutinas diarias. El somnífero de estos tiempos, reducido a un montón de instantes que muestran apenas los pedazos de la luz en medio de tanta oscuridad y al cambiar de imagen la anterior se viene en banda mostrando un cuarto vacío en él que su alma está atrapada. Pero no es la única allí, de tanto andar viendo para otro lado se han ido a formar parte de ese paisaje como un tapizado que el tiempo levanta y deja en evidencia los errores de cada uno de nosotros. De los que pudimos hacer algo diferente para cambiar el curso de las cosas pero fracasamos, de los otros que se dedicaron a cajonear la historia y finalmente de los que vieron el incendio pero era mejor un papel firmado por cualquiera antes de asumir que algo no iba bien. El fracaso de esta obra tiene como sinónimo los nombres de aquellos que no hemos hecho nada más que ver al cielo azul e ignorar las llamas abajo, alguien más vendrá a apagarlo supongo.
Baldosa
La peor de todas es la que presenta líneas en su cuerpo, por lo general son dos aunque a veces hay alguna extra aguardando a que confiados pisemos encima de ella buscando refugio de las superficies resbaladizas cuando la lluvia ha caído por un buen rato. Entonces viene el catapultazo, ni bien el gigante apoya todo su peso de ese pie deseando que no haya ninguna mina hídrica en medio de la jungla de asfalto que tendrá por iluso un caído más en sus filas. Luego el insulto al aire, el frío empieza a sentirse en las extremidades inferiores que por andar al ras del suelo no conocen de los problemas que azotan a las altas esferas en eso de tener la cabeza en cualquier lado. Todo impregnado de un olor fétido, del rencor guardado por un cuadrado cuya argamasa se ha vuelto polvo dejando entonces de pertenecer al conjunto y así volverse un paria entre los propios por eso de no estar al tanto de las vibraciones que le llegan al conjunto. La noche ha caído sin que realmente le importe, ella que supo ser la pieza nueva por reemplazo de otra que ocupó el lugar ahora empieza a agrietarse tornándose vetusta con la pérdida de sus memorias más preciadas. La belleza es la primera que se va, alejándose loma arriba buscando algún mármol en el que sentirse reflejada para sentarse viendo el brillo nuevo producto del sacrificio de un par de manos repletas de batallas y de trastos con los que logra estar cerca de la luminosidad del sol. Después vendrá el abandono de las hijas hechas a su imagen, quienes partirán en direcciones diversas llenando el mundo de silencio pese a que el lazo sigue ahí en cada uno de los átomos que componen la masa que ahora se desgrana culminando con la remoción. Entonces el rejunte de fragmentos de historias a un costado, apiladas en contenedores con pedazos de basura, cables que alguna vez condujeron la luz al extremo sobre una mesa abandonada en un rincón plagado de telarañas y vacíos que esperan ser removidos con la presencia cruzando el umbral. De corolario la tierra encima de todos esos restos, el mundo que sigue haciendo que avanza pero en realidad repite los mismos errores del pasado con versiones que cree son nuevas por el hecho de que las generaciones envejecen siendo reemplazadas por otras que carecen de esas memorias. A un lado del camino ha servido de relleno de una de las tantas depresiones que han de ser niveladas, desmembrada por la maza que machaca sin piedad para luego enviarla a las sombras sintiendo el cobijo de las raíces por un rato hasta que se percata que arriba sólo queda el tocón que será igualmente removido. Adiós a la esperanza una vez que los dientes de la maquinaria se llevan ese último foco de resistencia, encima echarán la carpeta para cubrirla con alfombras que recibirán los pasos de los dignatarios que ni se dignan a mirar al resto fuera de ese sueño. Sus imágenes pasan sin prisa por entre los corredores que resplandecen impolutos doblando la esquina para que un ejército de esclavos se dedique a repasar los espejos de piedra, un tanto semejantes a los que adornan los sepulcros en la colina que se eleva por sobre la ciudad. En otro tramo de la escena será desenterrada la piedra por la acción del tiempo, puesta al alcance de un par de críos que la patearán directo a la laguna que se ha formado después de un derrumbe que terminó con el castillo y el ascenso de su propietario dejando el llano desierto por la huida de los cercanos que bien lejos se han ido al terminarse la jarana. Regreso de cada uno a ocupar el lugar que les corresponde, polvo entre los guijarros que el río guarda marcando cada ciertos momentos las barbaridades que tiene que presenciar como un informe que en forma póstuma le enviará al océano.
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