domingo

Texto en viaje 4

Valenciano no es sólo in apellido, es un universo repleto de historias y de risas.

Qué son las memorias si no nostalgias, del ayer y del hace poco. Una semana apenas, recorriendo el pueblo cuyo buzón de hierro marca la presencia del pasado.

Monumentos, nombres de calles, miradores del presente, campo y ciudad. Una eterna unión pese a que la vendan separada.

Valenciano no es sólo un nombre sino una historia interminable nacida en MDQ. 

Texto en viaje 3

Camino, la lluvia a veces está ausente, aunque el gris del cielo no se cansa de anunciar una proximidad.

La Negra deambula entre los recuerdos del mundo viejo y las sombras del nuevo, dado que la vista ha comenzado a marcharse marcando el comienzo de un tiempo en él que el olfato permanece intacto.

Huele así la nueva presencia de la que huye despavorido, ya que el pequeño humano la persigue riendo hasta que ella decide esconderse.

Texto en viaje 2

Las calles de arena, otrora tosca, los pozos que cumplen cada día un aniversario más de la incapacidad para dejar los días planchados con poco esfuerzo.  

Los árboles llamándose en una forma de arte antiguo, frente a todo el abandono de estos tiempos en los que un teléfono habla consigo mismo.

Los canes ocupando las veredas verdes que alguna vez fue morada de Carlitos, durmiendo ahora eternamente bajo el montículo que excavaba persiguiendo a los cuises que le cantan en la soledad. 

Textos en viaje 1

La ruta nos lleva a través de las sierras y paisajes en verde y a amarillo.

Algunos vehículos cruzan nuestro camino cuyo destino está más allá de las Sierras del Pigüé.

Ayacucho y Juárez son los oasis para estirar las piernas mientras nos bebemos un café, eterno compañero.

El sol de la tarde entorna nuestros ojos, mirando los nombres de los pueblos que nos dan la bienvenida hasta dar con Puan.


Entrevistando a Asterión

A Jaime Ponce lo apodaban el Obelisco debido a que no era el más alto de la escuela sino del pueblo, hecho este fácilmente comprobable dado que al tomar las fotografías de la primaria el fotógrafo le solicitaba que se sentará a un costado con el fin de no eclipsar a sus compañeros. Era eso o bien tener una colección de imágenes con una cabeza cercenada que ya en una oportunidad lo había convertido en la burla de sus colegas, a los que obviamente ignoraba sin más. Jaime se convirtió rápidamente en el objeto de las cargadas, las que fueron inmediatamente solucionadas después de acomodarle las ideas a más de un compañerito que desde entonces no se dedicó a molestarlo. Se sentaba en la última fila de forma tal que ninguno quedaba oculto del sol por semejante presencia, ayudaba a los más pequeños a alcanzar los libros en las repisas altas y de paso bajaba las calaveras que se encontraban en la parte superior de las estanterías asustando a los demás. No obstante ello Ponce no reía jamás, era una especie de mueca lo que se podía considerar su risa así que esto atraía la atención tanto como su estatura. Un día cualquiera de cuarto grado llegó un nuevo estudiante, Víctor Peña y Funes, dado que su madre se trasladó a la localidad con el fin de impartir clases. La relación entre ambos fue de chispazos al comienzo y de silencio luego, al recién llegado se le ocurrió usarlo como el centro de sus burlas además de practicar tiro al blanco con pedazos de tizas que tomaba de la cartera de su madre. Un buen día Ponce lo tomó por el cuello del guardapolvo en el momento que se aprestaba a salir al recreo, girándolo en el aire y dejándolo con la cabeza metida entre la silla y el soporte del banco de madera en donde se sentaba. Cuando fue hallado en esta posición tan extraña dijo que se encontraba ejercitándose para irrigar mejor su cerebro, una técnica ancestral que no debía ser usada por cualquiera ya que únicamente los impregnados en el difícil arte sabían la manera. El asunto quedó allí, al igual que Peña y Funes hasta que la portera lo sacó no sin antes usar la escoba como fórceps. La relación entre ambos protagonistas quedó congelada dado que se dedicaron a ignorarse los siguientes años hasta aquel día que los encontraría en un lugar impensado. A sus diez años Jaime se había convertido en el portero de las inferiores del Club Bellavista y Mosquitos, apodados los Chupasangres por los equipos de la región. Los campeones defensores salieron en el marco de la décima fecha del torneo clausura a buscar el punto necesario para dejar en el camino a su perseguidor, Vencer y Conquistar, hasta ese momento un cuadro que no le hacía honor a dicha premisa. Ponce era el 1, el seguro final de la defensa que comenzaba en el número 9 y se extendía hasta el aguatero, no le habían marcado un solo gol en aquel torneo a falta de dos fechas (contando la que estaba por disputarse). De pronto algo lo sacó del precalentamiento, una anomalía que hubiera sido mejor no tener que presenciar, un peligro potencial para aquella mañana de sábado que se sentía fresca en el borde de la primavera, Víctor Peña y Funes jugaba en el otro equipo, llevaba la número 10 y el brazalete de capitán coincidiendo en esto con el portero. Continúo sin embargo haciendo la entrada en calor, aunque cierta preocupación lo había invadido, no mostrándole nada de esto a sus compañeros que tampoco salían del asombro ante aquella presencia. El partido fue parejo, aburrido diría algún asiduo a tales grescas que se levantaba temprano para esperar los encuentros de la tarde arrancando con el mate al que le calentaba el agua con un mechero montado sobre la garrafa de un sol de noche. Minuto diecinueve, segundo tiempo, el 5 de ellos recupera un balón abriendo el grifo de la catástrofe al filtrar un pase entre los mediocampistas locales para el 10 que arranca a una velocidad inusitada. El 2 le sale aunque de refilón ve al 9 del visitante que se manda para el área, ahí es donde pierde el mano a mano con Peña y Funes que lo hace pasar de largo entre el amague y la preocupación. Jaime ve el peligro sobre su meta dado que tiene que atender a dos situaciones bien diferentes, el centrodelantero que aguarda el pase y el armador que lo sabe peligroso antes de que se lo digan. El 10 no tiene intención de darle el balón a nadie más, excepto a la red contraria que le ha quedado lejos hasta aquel momento entrando al minuto veinte del complementario. Ponce sabe que descuidar su palo es un suicidio, peor aún es quedarse clavado sin intervenir ante el centro atrás que viene funcionando desde que el fútbol se bajó de un tren británico. En su mente la jugada se repite miles de veces en esos segundos antes del impacto del balón, ya le ha sacado un remate de lejos a Víctor negándole que le haga honor a su nombre. Pero nada más, a último momento da el paso en falso dejando desprotegido el poste que tiene una calcomanía despintada en su fachada y lo han repintado siempre con aquel objeto manteniendo la posición. Víctor saca el zurdazo viendo el resquicio entre el golero que ya se ha movido, al 9 levantando los brazos esperando un pase que no llega y al silencio de la mañana soleada en la que hay un único espectador. Golazo, la pelota recorre la red sondeándola en toda su extensión para darle el buen día a una araña somnolienta que huye caño arriba a esperar pase aquel momento de zozobras. El 0 a 1 es lapidario, los campeones se desmoronan como un castillo de arena dado que han tirado a la basura el campeonato en aquella penúltima jornada. Es cierto que falta un partido más pero será un empate y el oponente de esta tarde ganará en su casa, dando la vuelta olímpica por primera vez en un regional cortándole así la chance del tricampeonato a Bellavista. En la escuela el asunto es un tema tabú, los compañeros de Jaime lo miran mal a Víctor pero este los ignora a todos siendo que además un mes más tarde su madre dejará de trabajar en el lugar. El rastro de estos dos personajes se pierde en el tiempo, como él de muchos que hemos conocido en una época semejante. Peña y Funes jugó en el ascenso ya entrado en la juventud, con incontables batallas en una división áspera como lija en el desayuno y un buen día recaló en Ferro como refuerzo cumpliendo así su sueño de estar en la primera. Un 25 de noviembre visitaron el Templo del fútbol, dado que el lugar es más relevante que el deporte en sí, saliendo en el once titular para colosal partido. Contempló las gradas que se habían llenado como si un hormiguero se abriera, a los jugadores de Boca allá al otro lado de la línea media y el atronar que comenzó a hacerse más y más estrepitoso. Le tocó dar el puntapié inicial, el muevo yo que podía ver en la televisión hasta entonces, cediendo el pase al número 8 que enseguida se la dio a los centrales. Primeros minutos, el corazón late a mil, los pensamientos se mezclan en una suerte de alegría y temor, la adrenalina bombea el tambor haciendo que deba aprovechar aquella sensación. Minuto cinco, pase del 8 para él que aprovecha el quedo de los mediocampistas encarando con pelota dominada para el arco defendido por Sánchez. Es una suerte de paramnesia dado que ya sabe ha vivido esto, ve a Carlos Alberto Vidal que enfila hacia el área y sabe bien lo qué debe hacer. El amague al central que sale, después el centro atrás o el fierrazo siendo que el golero Xeneize ha dado muestras de meter la pata. Pero nada de esto ocurre, de pronto todo se nubla, la hinchada local parece muy lejana, su cabeza da vueltas y el resto del cuerpo también. Es que se ha olvidado de un detalle, aquel zaguero le barre la pelota con el pie derecho, en tanto que le acomoda la extremidad izquierda de un soberbio puntapié y en la caída le pone el sello de calidad: un codazo en las costillas que lo dejará sin aire hasta entrada la noche. Lo tienen que cambiar, enseguida vendrá el gol de Enzo Ferrero y La Bombonera estallará en miles de almas coreando un nombre, para él queda la resignación del túnel debidamente a mano descendiendo hacia los infiernos y sentándose en lo que creerá es un escalón. Los ruidos cesarán, logrará divisar a otra presencia que se le acerca para detenerse a su lado contemplando las columnas derruidas y el polvo que cae con el terremoto que tiene lugar en la superficie. Se sentirá fatigado, su lengua se trabará un instante y al finalmente quitarse la sangre del rostro verá que Teseo ha arrojado lejos su espada para charlar un rato. Aunque el agua le quitará tales ideas enseguida, la persona a su lado en el vestuario de los visitantes es un rostro del pasado. Un pibe que ya es adulto y al que le comienza a aparecer una incipiente calvicie así que usa una boina para disimularla, además tiene el pase de los que trabajan en la prensa. El silencio será roto, ya no por el cuarto gol de Boca, sino por una pregunta que él no se podría imaginar:

—¿Te puedo hacer una entrevista para El Pionero de Bellavista?

viernes

28 de noviembre del 2000: Boca Juniors vs. Real Madrid

Aquel equipo formado en el invierno de 1998 salía de memoria, otra que él de 1943, habiéndose unido las piezas por obra y gracia de un sujeto venido de los fortines que ya sabía de andar derrocando gigantes (o eso dicen los que están al otro lado del océano).

La formación que viene a la mente era la siguiente: Córdoba; Ibarra; Bermúdez; Samuel; Arruabarrena; Serna; Cagna; Basualdo; Riquelme; Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo.

El 9 y el 7 venían de enemigos irreconciliables pero en el universo xeneize encontraron una amistad, el apodo de Titán dado a Martín no sólo lo vincula al viejo Karadagian sino a la mitología griega en la que los titanes eran 12.

Doce, el centro del universo al que fueron a parar estos héroes que una tarde de agosto arrancaron en Caballito el tren que no se detendría hasta la cima del mundo, final contra otra escuadra verde también para la conquista de América y más allá (disculpen los demás).

Si Martín es el Titán a Guillermo Marcelo Araujo lo apodó Chapita, dado que el Chapa era Suñé (le clavó un tiro libre a Filliol en la final del Torneo Nacional de 1976 en cancha de Racing).

Atrás la defensa se mantuvo impasable hasta el final del segundo campeonato ganado en forma consecutiva (Clausura ’99) probando sus armas en la siguiente Copa Libertadores del año 2000 a la que Palmeiras llegaba como el campeón.

Boca pasó la fase de grupos con una recordada goleada al Blooming y la noche del Chango Moreno cuya estrella se ha unido al resto de la bóveda azul que yace sobre la cabeza de los herejes.

Nacional de Ecuador, River Plate con derrota en Belgrano (perdón, Núñez) y victoria 3 a 0 en la Bombonera mediante los goles de Delgado, Riquelme de penal (en el festejo aparece Sergio Gendler detrás del arco de Bonano) y Martín Palermo que volvió esa noche después de un año de mierda: tres penales errados frente a Colombia jugando en la Albiceleste y la lesión frente a Colón de Santa Fe, aunque esto no lo libró de marcar su centésimo gol en primera división.

Entró ese 24/05/2000 para sellar la historia y dejarle al hijo preferido de la casa una herida que no han conseguido cerrar (pese a ser una moda los últimos años y sin contar la paliza del 09/11/2025).

Gol de Martín, fin del partido, Boca a semifinales contra el América de México y un 4 a 1 acá en el Templo para ir al Estadio Azteca que presenciaría una batalla colosal una vez más.

Los de amarillo se pusieron 3 a 0 complicando el asunto con nueve minutos de tiempo regular, pero un instante más tarde llegaría el córner y el cabezazo bombeado de Walter Samuel decretando el 3 a 1 final y el pase de Boca a la final.

Allí aguardaba el Palmeiras, una historia que se repetiría en eso de toparse con el Verdão. Empate acá, Arruabarrena mediante e igual resultado allá en un partido no apto para cardíacos. En Brasil decían que estaba todo definido, todo excepto por el viejo técnico que sabía de estas batallas y así la cosa se fue a penales.

Convirtieron Guillermo, Riquelme y Palermo (no fue la única revancha que

tuvo), Córdoba le atajó los disparos a Asprilla y a Roque Junior. Bermúdez definió la contienda para levantar el trofeo veintidós años después del otro Boca: el del Toto Lorenzo.

 

Aunque no vine hasta acá a hablar de estadísticas, de hecho todo esto es irrelevante excepto para servir de preludio para ver a dónde llegamos luego de estas peripecias. Estaba en Mar del Plata para este momento irrepetible en la historia de Boca Juniors y el fútbol argentino, recuerdo aún el gesto de Carlos Bianchi al culminar el encuentro de ida en casa pidiendo calma.

La arenga en el vestuario con casi todo el Morumbí gritando en contra y el silencio tras el remate final del Patrón.

En la pensión en la que me encontraba había mucha gallina dando vueltas, que venían de ganar dos campeonatos seguidos y se había embriagado antes del tres a cero y la cruda realidad.

Sin embargo, esto también es inverosímil siendo que no estoy aquí escribiendo esto dos semanas antes del evento que me ha dado la idea. La razón es más grande que Plumas Unidas del Río de La Plata y Palmeiras, que habían quedado atrás de hecho en el derrotero del Xeneize rumbo a recuperar el trono.

El motivo es el cotejo con el Real Madrid, un encuentro que estaba lejos en el calendario luego del 21/06 de dicho año y comenzado el Apertura 2000 el asunto quedó un poco a un lado. Pero estaba, la chances que nos daban eran pocas o ningunas, aunque luego de la hazaña en tierras brasileras había una luz de esperanza.

Ya lo dijo Valdano: el problema para el Real Madrid es que Boca muchas veces consigue lo que quiere o algo así. Y así fue, saltados los once al campo de juego el temor se deshizo por obra de un equipo solidario que no le dio margen al contrario sabiendo quién estaba enfrente.

En la semana previa Bianchi probó con una táctica simple: Matellán lo marcaría a Luis Figo (el Pesetero) y cuando el luso lo superase Traverso debía despejar el balón. Simple.

Samuel, Arruabarrena y Cagna se habían ido, Diego sería el único que regresaría para ser campeón del mundo en el 2003.

Aquel 28/11/2000 Boca Juniors saltó al campo del Estadio Nacional de Tokio con Córdoba; Ibarra; Bermúdez; Traverso; Matellán; Serna; Battaglia (él solo tiene más títulos que las Gallinas del Belgrano); Basualdo; Riquelme; Delgado y Palermo.

La vieja radio de un gran amigo como Javier Omar nos sirvió para seguir el encuentro, aunque en el segundo tiempo Víctor Hugo mandó el partido al aire en unas pantallas que tenía en el programa Desayuno.  

Los golpes en la puerta me sacaron del mundo de Morfeo en él que me hallaba olvidándome por completo del match que arrancó a las 6:10 de aquel martes de noviembre, apenas tuve tiempo de salir al pasillo de la pensión del 13 de Julio cuando Javier gritó el primer gol de Palermo. Minuto dos, Matellán se la pasa a Delgado que arranca habilitado y centra para Martín que entre los defensores bate a Casillas. El grito de los dos es respondido con una puerta que se abre y una voz que nos manda a callar, llevándonos aquel aparato infernal escaleras abajo.

Allí está el salón que los estudiantes usan en la época de los parciales, aunque sirve también para esconder sillas destruidas por la furia de Valenciano cuando le empatan el encuentro a Boquita los brasileros.

Nos sentamos, casi ahí nomás viene la recuperación de la defensa de bostera dándosela a Román que le manda un pase a Martín que a la carrera se saca de encima a su marcador y la cruza. 2 a 0, seis minutos del primer tiempo y la alegría que nos desborda. Ahí no hay proscripción, los que no entienden de las pasiones futboleras no comprenderán tampoco el momento que vivimos.

Es cierto que después descontó Roberto Carlos, pero ese día no tuvo amigos, excepto por la cantidad de carajearas que bajaron desde las tribunas embanderadas de azul y oro. La defensa aguantó de la misma forma que un medio campo combativo, aunque en los pies del Torero estuvo la mejor versión de una escuadra forjada dos años y tres meses antes de aquel cotejo. El pitido del árbitro colombiano dio por finalizado el encuentro cubriéndose las calles de Mar del Plata de azul y oro, como no podía ser de otra forma (y el resto de Argentina).

Sólo Boca Juniors es capaz de tales epopeyas, sólo Boca nomás, sin ideologías y sin religiones. Nuestra piel tiene el color de la noche y en su centro un sol.

¡Viva Boca Carajo!




jueves

Visitando a un amigo

 La ruta 74 que cambia de nombre, dejando atrás las sierras de Tandil

y dando lugar a que surjan en el horizonte las de Pigüé, 

detrás de las cuales se esconde el rancho de Ricardo.

Los campos revestidos de amarillo y verde,

cortada la monotonía de la siembra y la cosecha

por el azul de todos los espejos

que son apenas una copia del eterno océano.

El mirador en donde el viejo Pasquale

recibe a los feligreses que proviene

de distintos lugares del cosmos,

la laguna con el nombre del lugar

en letras blancas y cierto enano

que aprendió a caminar hace poco

deambulando perseguido por

la sombra protectora de mamá.

La casa, el viejo buzón y el asado

del sábado mientras los granates 

vencen sus penas desde los doce pasos.

El calor, la tormenta, la noche en silencio,

los juegos, las risas, las memorias

y el interminable reencuentro con nosotros mismos,

viendo que el tiempo no ha pasado así como así.


lunes

Puan

La ruta finalmente nos deja en Puan luego de varias horas desde General Lavalle y el sábado hay asado, dado que nos hemo reencontrado devolviendo la visita. El calor viene con el viento que lo hace más tolerable, entre la tos del pequeño y las maravillas descubiertas hemos pasado la tarde del domingo.

El padre Pasquale Di Saverio deambula por las proximidades del Mirador Millenium, cruzando palabras antes de emprender los veinte metros del ascenso y sentir el golpe del viento ahí arriba.

La laguna lejana será la parada del final de la tarde, corriendo los perros a sacarse la calor en aquellas aguas en torno a la cual las personas se sientan como si fuera una hoguera.

Salud viajero.




viernes

1925 (fragmento del libro "Omnes Me")

 Aquel año la Selección Argentina ganó su segunda Copa América, el torneo de selecciones más viejo del mundo (contando un poco más de cien años) y sin dejar de lado que en 1908 ya se había disputado este deporte a nivel olímpico. El 05 de marzo de 1925, antes de que varios de nosotros siquiera fuéramos una concepción en la mente de nuestros ancestros, Boca Juniors jugó contra el Celta de Vigo iniciando la Gira por Europa de 1925. Se trataba de un combinado de la entidad boquense con refuerzos provenientes de Rosario Central, Tiro Federal, El Porvenir, Argentinos Juniors y Huracán de Parque de los Patricios. Aquella gesta, dada la falta de conexiones como las conocemos y todos sus problemas, aparece retratada en blanco y negro aunque fue a todo color dado que de los dieciocho encuentros Boca ganó 15, empató 1 y perdió 2. No obstante ello, el reconocimiento más importante que existe no es en sí haber representado a Argentina fuera de su naciente seleccionado sino avisarle setenta y cinco años antes al Real Madrid que del otro lado del océano hay un monstruo que por lo general se sale con la suya. Cruzaron España, Alemania y Francia, muy lejos en esos tiempos posteriores a la Primera Guerra que se repetiría en una versión peor (el humano se supera en lo nefasto también). Entre los jugadores del club hay un hincha, se llama Victoriano Agustín Caffarena Díaz y de él nace la leyenda del Jugador N° 12. Aquí es a dónde quería llegar dado que las banderas cuelgan en el viento pero muchos ignoran el porqué, asociando simplemente la cuestión a la propia barrabrava que a los simpatizantes en sí. Lo primero es mentira, ya que es fácil quedarse con el nombre para sacar provecho escudados en la gloria que no consiguieron, lo segundo es incierto dado el desconocimiento que la mayoría tiene incluso pudiendo leerlo en un segundo (de hecho no lo hacen). Llevaron un juego amateur a una versión distinta significando una suerte de descubrimiento del Viejo Continente, a la inversa del hecho histórico de 1492, seis años antes de que un 31/05/1931 comenzara el fútbol profesional por acá. Los mundiales no existían todavía pero aquel equipo en azul y amarillo estaba anunciando la confrontación definitiva, sacando a los postulantes de su comodidad a la vez que le demostraban que existían rivales en todas partes del globo. La historia de Victoriano con Boca no quedó sólo en aquel hecho dado que en 1926 le encomendó a Ítalo Goyeche la composición del himno de Boca Juniors, cuyo estribillo viene a colación: “Con tu enseña victoriosa que es de oro y cielo azul, en la Cancha se entusiasma nuestra fuerte juventud. Electrizan tus colores Viejo Boca vencedor y en los campos de combate es glorioso tu pendón”. El Totto, el otro, fue también presidente de La República Independiente de La Boca en la década de 1960 hasta su partida en 1972 aunque sólo se muere realmente cuando comenzamos a hablar en pasado. Si no ya habríamos olvidado a Alejandro y a César, cuyos tiempos son tan lejanos a los nuestros pero se parecen.

miércoles

En la tempestad

 Texto remitido al Concurso Literario 2025 del Colegio Santa María de Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, recibiendo la Mención Especial en la Categoría D: Adultos, en la semana posterior al 12710/2025.

 

La niebla apareció una vez que la Llanura Pampeana comenzó con su declive interminable, tornándose cada vez más espesa en la medida que avanzaban sobre el terreno.  En algún lugar de dicha cortina de agua la hermana menor comenzó a dormirse hasta desvanecerse por completo sobre la grupa del viejo huargo, que les fue regalado un mes de diciembre ya lejano. En lo alto los truenos se presentaban como los heraldos de la borrasca que se venía demorando desde hacía un lustro, la tierra había sido apenas manchada por la bruma que se extendía más allá de donde la vista alcanzaba. El horizonte se fugó en un instante desapareciendo con él la luz del alba y del crepúsculo, hasta tornarse jirones de una fuerza que se negaba a ser desterrada así simplemente. Durmieron aquella primera noche apretujados los tres, la más pequeña daba únicamente la señal de estar sumida en un sueño laberíntico del que no saldría a menos que se topara con el ovillo de hilo abandonado por el único que escapó de aquella trampa. La mañana vino como un resplandor tenue a sacar a la mayor de los pocos momentos de descanso, jalando de la rienda del animal peludo que se quitó de encima la modorra sacudiéndose. Retomaron el viaje, siempre cuesta abajo, hasta toparse con las charcas que la niebla creaba cargando así la vieja cantimplora que su abuelo usaba cuando tenía la edad de ella. La durmiente se había cambiado de lado para continuar en el trance resultando las pisadas de la bestia en él único sonido que llegaba hasta la guía que absorta en sus pensamientos no vio el pozo que aparecía en el camino y se dobló el pie emitiendo éste un sonido seco. Una vez que las estrellas se alejaron tomó la tela que usaba para sujetarse los cabellos y vendó en sentido inverso su dolorido pie, rengueando hasta la grupa en la que encontró el cayado de su abuela reanudando así el viaje. Nada nuevo parecía acontecer a excepción de que el declive desapareció encontrando los verdes pastos que se veían de un tono oscuro, además de servir de albergue de miles de gotas que no terminaban de escurrirse dado que siempre había un reemplazo. Y entonces el verde desapareció dando paso a los granos de la arena así como el coloso deformado por aquella cortina hídrica que no cedía jamás. No se oía al mar tampoco, se preguntó si éste seguiría allí o se habría marchado como todo el mundo al parecer. Sacó de su equipaje un viejo farol que les dio algo de calor apretujándose la capa humedecida y recostándose sobre el lomo de su compañera para recuperar algo de fuerzas. Entonces algo se movió cerca de ellos, haciendo que la vieja loba se irguiera alerta escudriñando en aquellas penumbras cuya única luz era el pequeño fanal y arremetió encontrando la dentellada de la descendiente de Luperca. Un aullido de dolor se extendió por la región a la vez que la alimaña volvía a la oscuridad que la había resguardado antes de asomar sus intenciones al círculo iluminado y encontrar los colmillos. Luego el silencio volvió, en medio del unísono a Feli le pareció escuchar el llamado del océano, pensando en ello mientras se dormía.

 

La mañana llegó con un poco más de claridad, aunque era difícil saber en qué momento del día se hallaban, comenzando con el ascenso de aquel coloso que los pastores de granos formaron como barrera contra la sudestada. Notó en la ladera de la cadena de médanos a los creadores achaparrados extendiendo sus manos al cielo, como si fuera una plegaria llamando a la lluvia cuyos mensajeros fallaron en el aviso. La cima los recibió sin que el aire del mar estuviera presente, atrapado él también en aquella trampa que la humedad desató sobre la Pampa cuya denominación de llanura era redundante según uno de sus tíos. El descenso le trajo el recuerdo de un viaje al sur de la Argentina sonando la arena seca como la nieve, cada vez que hundía sus pies en la costra oscura que se había formado a lo largo y ancho del suelo. Arreó a la enorme bestia que transportaba a su hermana en dirección a la orilla, sabiendo que por más capa de niebla que encontrara a la larga se toparía con la presencia que de niña le había resultado ominosa. Sentía ese pavor que tienen los seres pequeños al encontrarse frente a una fuerza poderosa y abrumadora, aunque luego de ver un atlas del cosmos concluyó que el océano también era diminuto en la comparación con el éter. El sonido de un trueno lejano la sacó de sus pensamientos, siempre es lo mismo pensó dado que la lluvia se encontraba ausente, aunque enseguida sufrió una nueva contradicción de parte de los elementos. Un grueso proyectil impactó sobre la arena quitando la cobertura oscura para que la arena grisácea se liberara y rezara por un poco de viento que le permita viajar conociendo otros lares. Feli contempló extasiada aquel espectáculo que abría pequeños huecos en la barrera etérea y por primera vez en mucho tiempo vio el manto oscuro allá arriba que se cubría de a poco con venas incandescentes que rugían sin parar. Ya no eran meras gotas sino una garúa que lanzaba su concierto obligándola a acurrucarse los tres buscando un poco de calor. Sintió cerca de ellos un impacto contemplando entre los resplandores los restos de un mástil cuya vela yacía rota, rauda se dirigió hacia ella en medio de la tempestad que arreciaba habiendo quitado de un plumazo a la sarrasón (así oyó llamarla a uno de sus tíos, que era un personaje extraño). Jaló de los restos de la lona hasta que cedió llevándose el trofeo con ella y cubriendo a los suyos en la oscuridad absoluta, con el miembro inferior que le dolía aunque en el calor de la necesidad no sintió molestia alguna. Y el corolario de dicha noche fue el último de los truenos que explotó iluminando la noche a la que le ponía fin, para que la única desvelada viera el enorme faro cuya luz yacía apagada ahí en medio de un puñado de rocas.

 

Tras la tormenta reinó el silencio en la Tierra en el crepúsculo que precede al alba, la llegada del sol fue acompañada de la brisa que el viento cansado lanzó como un último suspiro de cansancio y el cielo reapareció azulando habiendo desterrado a las nubes finalmente. La lona quedó a un lado así como el sueño de Coti cuyo estandarte del sol fue clavado en la arena que se mostraba en todo su esplendor bajo la luz de la primera mañana, lejos quedaba la noche eterna con la niebla y sus trampas. Las dos hermanas miraron a la loba correr entre las olas espantando a las gaviotas, quedándose sentadas hasta que la menor le indicó el mar y ambas fueron a comprobar si estaba frío no, hábito adquirido en las playas de la Costa Atlántica. Volvieron con los pies entumecidos ya que la primavera apenas empezaba y el recuerdo del invierno prevalecía, no tomándose en serio que debía irse al inframundo dejando a Perséfone vagando en paz por el mundo. En pago por la osadía el viento renovado que soplaba desde el este les cubrió pies y manos con la arena, que tras secarse cayó en un sitio distinto comenzando así con su periplo que la puede llevar a alojarse incluso en los ojos. Vieron emerger a Apolo por el este, quitándose la modorra del sueño en él que estaba sumido y luego partió por el oeste dando lugar a que la Luna emergiera bañada en un tono carmesí encendiéndose la luz del faro que reanudó con su tarea de guiar a los extraviados de regreso a casa. El reflector de aquella estructura les dio de lleno en el rostro, obligándolas a cerrar los ojos. Entonces Feli se despertó ante el llamado de su madre:

—Chicas, es hora de levantarse.

Generalmente su hermana tardaba un poco más, pero en este día la sorprendió con la mochila a cuestas lista para ir contando baldosas hasta la escuela. El beso de despedida a mamá dio por iniciada la jornada, pasando al lado del animal peludo que las siguió hasta la puerta y echándose a la sombra de la vereda se quedó mirando hacia la esquina por donde se perdieron las dos niñas. La plaza de enfrente guarda los pasos de aquellos que estuvieron antes, como un testimonio de la niñez extraviado y bajo la vereda en la que el can descansa el viejo Lobito duerme en la eternidad.







De regreso a la campaña veinte y tantos años después

Era el 2006 cuando culminé la historia detrás de Warcraft III, en la pensión del Hotel 13 de Julio (que por supuesto ya no existe con dicho ...