Blog del autor ítalo argentino, Piero Fiori. Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución 2.5 Argentina conforme se describe en la página intitulada "Creative Commons".
jueves
Kcymaerxthaere, un universo paralelo que puedes descubrir viajando por toda la Tierra
El avión descendió entre las montañas de la Tierra del Fuego produciendo una sacudida que a más de uno le generó problemas gástricos, teniendo que dejar de lado el ataque programado a la centolla. La ciudad de Oshovia alternaba turistas como días soleados y nublados, los veinte grados del primer domingo fueron una exageración para la mayoría acostumbrada a temperaturas más bajas. El clima variaba rápido con vientos que sorprendían a los viajeros al cruzar las esquinas, nubes gruesas cubriendo el cerro de Susana y la bruma que hacía desaparecer de un pincelazo los picos más lejanos. Aún así decidieron aventurarse hacia la Laguna Esmeralda, teniendo que conseguir el calzado necesario ya que el ascenso planteaba sus exigencias. La camioneta blanca los pasó a buscar el martes temprano, integrándose al grupo de expedicionarios que provenían de distintas partes del mundo e intercambiaban mensajes en idiomas varios. Depositados en la entrada al Valle de los Lobos el contingente comenzó su periplo atravesando el bosque de lengas, provistos de un alfajor y una manzana envueltas en papel madera con el logo de la compañía: una hormiga equipada con los pertrechos de un legionario. La lluvia comenzó su canción siendo hamacada por las hojas de los árboles que jugaban con las gotas, hasta que estas se escurrían como lágrimas. Había leído que la presencia de hormigas era una rareza en el lugar, acostumbrado a tener que verlas invadir su casa pese a las precauciones que acostumbraba a tomar. Cruzaron una pasarela sobre la turba contemplando una enorme pila que le llamó la atención, parecía un antiguo basamento hecho con carbón fósil. El grupo en tanto ya dejaba la senda de madera para adentrarse en el segundo tramo de bosque, iniciando el ascenso de doscientos metros hasta toparse con su objetivo que parecía querer alejarse más y más. Se quitó los guantes acercando la mano desnuda a aquel monumento de la naturaleza, alcanzando a ver a una minúscula vigía con el fusil incluido justo antes de ser engullido por una colosal fuerza. Cuando despertó estaba rodeado de himenópteros enfurecidos, que sostenían diversas armas semejantes a la de los humanos justo frente a su rostro. Por algún motivo había quedado más pequeño que sus captores, siendo conducido por ante el tribunal del hormiguero que se ocupó de leer los cargos: destrucción de hogares, alevosía por el uso de agua hirviendo, empleo de veneno que las asesinadas confundieron con un dulce y puñetazos sobre las desprevenidas trabajadoras. Cincuenta mil años de trabajos forzados en el cementerio debajo del nido, siendo armado con un pico para luego ser llevado al sitio de su condena comenzando con la tarea de cavar los nichos. Cientos de ellas venían a diario para ser depositadas allí con honores, pétalos de rosas y malvones, condecoraciones con hojas rojas de lenga a las más valientes en la interminable labor de cruzar por el mundo de los humanos. Descansó un rato al lado de un manantial que le proporcionaba el medio para saciar la sed, él que a la larga le daría la fuente de escape al derrumbarse las paredes por una crecida en las montañas y ser arrasada la prisión. Se encontró cubierto de barro siendo observado por el guía que le dedicó un sermón por salirse del recorrido, olvidando todo ello al estar frente a la salamandra y un guiso de lentejas.
miércoles
Último verano
La ciudad nos dejó ir después de encontrarnos tras estar perdidos entre sus laberintos de locura y concreto. La ruta se abrió sin oponer resistencia a excepción de los restos de alguna presencia sumada a los reclamos de los desamparados. La playa nublada nos recibió junto con otros extraños quedando las huellas marcadas en la arena, con varias hogueras encendidas en el último episodio de paz. La chimenea soltó la sinfonía bajo su alero teniendo de recompensa el fresco de la noche estrellada. Un tren pasó con sus luces espantando a los insectos, levantando el polvo de la tosca que se asentó sobre las sandalias bajando al centro por esa calle de los adioses.
Celosía
El mundo se desvaneció al compás de los ladridos lejanos y la sierra invadiendo a la madera, la celosía entornó sus ojos dejando que un único rayo pasara para pegarle al sofá naranja volviéndolo el sol artificial que contempló un instante ese durmiente.
Océano, 01/05/2021
Cada vez que volvemos ellos están ahí aunque en ciertos casos son sus recuerdos dado el episodio de partida por tiempo indeterminado. Las casas al costado del camino contienen historias de esos que le hicieron frente a las inclemencias cuando los pastores aún no juntaban el rebaño y el sonido quedó lejos en la noche, aunque basta con esperar a que la helada caiga para sentir dicha interpretación una y otra vez con más o menos público. La obra ha de reiterarse pese a que los concurrentes sean cada vez menos, los álamos detectan el llamado sacudiéndose el frío al agitar sus ramas cuyos mensajes fueron enviados y forman una capa debajo.
Madariaga, 24/04/2022
Al Gaucho de Madariaga
cuyo reloj sigue latiendo en una intersección,
presente y futuro más allá del paso por esta vida
así como las cenizas del final.
Entre cañadas yace el puente viejo,
alejado de la ruta por la que ignorantes pasamos
hasta chocarnos con el de la barba
que nos recibe con los brazos abiertos.
Sol y sombras,
las araucarias se elevan como torres
para ver la luz arriba
dejando la frescura en la plaza
en la que corretean los locos que aún no saben.
domingo
Cómo enfrenté al dragón
DE CÓMO ENFRENTÉ AL DRAGÓN Y NO ME FUE SEGÚN LO PLANEADO
Aparqué, si es
que el término puede ser usado, a mi colosal montura sobre la vía llamada Santa
Fe e imbuido en una enorme esperanza, aunque el estómago reflejaba un pavor
ahogado, entré en esa mazmorra en busca de mi presa (ignorando que dicha
condición estaba por cambiar). Algunas almas extraviadas me contemplaron
azoradas, sus ojos enloquecidos por la luz repentina de la antorcha así como la
brillantez del yelmo coronado de crines. El viaje se tornó interminable, hasta
que por supuesto concluyó, perdiendo la noción de los escalones que eran unos
doce, y me encontré en la guarida de la bestia (en su corazón más
precisamente). El entrenamiento me indicó que no estaba ahí, nada más quedaba
esperar contando las horas en la cadencia de una gotera hasta dar las tres mil
seiscientas. La vibración bajo los pies, luego el soplido en el túnel, la luz
más tarde, un aldeano que huía asustado y mi hacha de dos cabezas incrustada en
uno de sus miles de ojos que se hizo añicos. Después silencio, paz, caí en las
entrañas de la bestia conociendo la eternidad. El monólogo lemniscata terminó
por aburrirme abriendo los ojos a la luz, las sombras quedaban atrás,
descubriendo la prisión acolchonada de un blanco infumable.
—Al fin se
despierta, ¿sabe quién es usted?
—¿Me pregunta
por qué no lo sabe o nos conocemos y ya se olvidó?
—Lo primero.
—Ah, no me
acuerdo.
—¿Y qué
recuerda?
—Venía por la
campiña con mi fiel corcel, que no tiene nombre por si pregunta, admirando el
paisaje hasta que los rugidos de la bestia eclipsaron el canto de las sirenas
llenando de pesar nuestros corazones.
—¿Nuestros, usted
y quién más?
—Yo y el
caballo, el burro por delante es su frase de cabecera.
—Veo que la
sigue al pie de la letra.
—Sigo
entonces. ¡Huían cual bellacos los osados viajeros, desperdigados igual que
hormigas en un vendaval, hojas que se secan, migas arrojadas a los pájaros,
mierda tirada al río sin contemplaciones por los pescadores, entrañas de un
ritual…
—¡Basta!, he entendido
la alegoría del miedo que lo afectaba a usted y a su montura.
—A la montura
no, me dijo que ahí no entraba ni por joda señalando la caverna de la
serpiente.
—¿Por eso fue
usted solo?
—Claro, ¿quién
más se atrevería?
—¿No llevaba
escudero?
—Por favor, el
único que lo utilizó se la pegó contra un molino y creía que era un gigante.
—¿Y usted
piensa que ahí abajo hay un dragón?
—Sí, es la
deducción más lógica.
—Claro,
lógico.
—Prosigo, dado
que está de acuerdo. Bajé a los avernos cual Hércules descendiendo en búsqueda
de Cerbero, de paso rescaté a Teseo que se las tomó sin decir gracias
repitiendo el mantra "Debo cambiar las velas, blancas por negras ¿o eran negras
por blancas? ¿Yo qué sé?"
Vino después
de un rato largo así que sin dudarlo le clavé el hacha en un ojo, pero el
desgraciado me engulló y ahora aquí nos encontramos, ¿qué me cuenta extraño?
—En primer
lugar usted no fue tragado por una bestia.
—¿No?
—Segundo, no
es ningún caballero.
—¿Pero mi
armadura, el yelmo, el penacho en honor a Leónidas, el hacha y la montura?
—No es una
armadura lo que porta sino un disfraz de cotillón, como mucho un cosplay.
—¿Cotillón?,
¿acaso estoy en las Galias?
—Bastante
lejos de ahí aunque acá cerca están plaza Francia y la pizzería París.
—¿Paris, el troyano,
sigue vivo ese hijo de…?
—No, claro que
no y encima es un mito.
—Troyano,
jefe, troyano.
—Tercero, su
montura es una bicicleta y la encontraron sin ruedas en la entrada a la
estación once.
—Bandidos
seguro han sido, en cuanto me recupere iré al rescate.
—Cuarto, el
dragón es el subterráneo.
—¿Sub qué?
—Quinto, su
hacha es un inflador y rompió el vidrio cayendo de bruces sobre el piso de un
vagón. Ahí lo encontraron.
—No entendí
nada de lo que dijo, mi voluntad me hará prevalecer, mi señor está conmigo,
primero será el dragón, luego quién sabe qué.
—Lo que es
seguro que acá estará un tiempo en observación.
—¿Acá, qué es
acá, qué significa observar?
—Esto es en
neuropsiquiátrico Sigmundo Claudio y usted es nuestro paciente.
—Braulio,
Raimundo Braulio, Caballero de gracia magistral.
—Veo que tiene
título, soy el doctor Magno, Alessandro Magno.
—Claro, usted
es Alejandro el Grande y no me cree la historia del dragón.
—No se
preocupe, tendrá un amigo acá que dice ser Napoleón. Se llama Marcelo, le
agradará.
Dicho lo cual
se fue y me dejó solo.
Inspirado
en el cuento “El dragón” de Ray Bradbury.
Carta a un amigo
Estimado
Palenciano: ya nadie escribe por este medio así que me ha parecido un buen
momento para romper el maleficio del tiempo que se ha puesto excesivamente
consumista.
Lejos han
quedado las calles de la simpleza, las noches de probar estrategias y esos
tipos arriesgando su vida mientras nosotros nos lastrábamos los grisines. O la
búsqueda de esos antros de buena vida en los que te daban un puñado de
felicidad consistente en diez fichas. Pues resulta que ahora intentan venderte
lo último de lo último que es más de lo mismo pero cambia la generación que lo
adquiere sin chistar entregando el sudor del futuro que se disfraza de tarjeta
de crédito o certificado de esclavitud si prefiere un eufemismo. Raros aquellos
que no cargan con dicho documento, bizarro dirán los modernos sin saber lo
valiente que se debe ser para no caer en las trampas del laberinto diseñado
para que ninguno salga. No hay Asterión como tampoco ovillo que nos permita
salir ya que la prisión es mental de forma tal que la llevamos a todas partes. Hasta
nuestros sueños son grabados de manera de vendernos aquello que no necesitamos
pero creemos lo contrario siguiendo con la adoración de estampitas que les ha
resultado a algunos bastante bien en estos dos milenios y contando. El espía
que se encuentra con nosotros jamás podrá descifrar el mensaje que hoy escribo
dado que no sabe el significado del lenguaje que empleo y desconoce el método
elegido. En caso de que accidentalmente lo descubriera recurriré a los glifos
sobre la coraza de los vagones bastando con que usted siga su rastro en
bicicleta así no queda registro alguno de la proeza que le encomiendo. De ser
considerado un loco recuerde que lidia a diario con el repartidor, el cajero y
el jefe, todos ellos tienen algo de familiar pero seguimos intentando descubrir
qué. La misión creo yo no presenta mayores inconvenientes siendo que es un
avezado en el arte de cruzar la vía para entregarle las cuentas a más de uno,
muestra clara de que la correspondencia ha sido degradada pero no el oficio en
sí. Al recibir la epístola observe la expresión de su compañero, seguro ha de
respirar profundo cavilando el asunto para concluir con estas palabras.
—¡QUÉ CARAJO
ES ESTO!
La ausencia de
signos de interrogación obedece a que la Remington no los tiene completos en
una clara muestra de inculturación, forma bonita de llamar a la invasión del
anglicismo.
Atte.
PGF
jueves
Palenciano
La niebla aún no se ha despejado pero él ya camina sabiendo de memoria el recorrido, la brújula no le hace falta actuando por instinto. Chirria la puerta que lo transporta a su torre de guardia rotando el anuncio para que los extraviados sepan que alguien los ha de socorrer ante la necesidad acuciante. La persiana se despereza entornando los faros ante el resplandor de la mañana, en el teatro celeste el sol le envía una misiva al viento que se ha ido a la ría lejana. Sorbe el tesoro de un manantial de madera, cuenta los instantes con cada llegada al final de ese pozo de hierbas interrumpiendo su meditación la alarma de la madera al ser abierta. Las migas de las gracias quedan sobre el mostrador para terminar esparcidas en el suelo, los recibos en cambio van a una bandeja fría ocupando su sitio de privilegios. Un rayo le da la señal de salida cruzando la vía desierta para perderse entre el caserío, sus esquelas llevan cuentas dado que la escritura ha sido olvidada. El vacío para los que no pueden cubrir sus necesidades ante el alud de obligaciones con los números en contra, siempre en contra. El vehículo todo terreno lo aparta del problema, deja en las calles su imprenta igual a una serpiente que huye de la civilización. Aguarda que el carguero pase con su movimiento cansino y su eterno peso sobre los hombros. Dialoga frente a un espejo con el cajero, su jefe, aquel repartidor desatento y con el responsable de transmitir las quejas, lo dejan solo a eso de las catorce horas teniendo que cerrar el balance del día. Sin mirar vuelve a casa, a la atmósfera tan conocida que le llena el alma desde la cocina llamándolo.
lunes
Torre
Nunca
me fui, una parte se quedó en este sitio esperando el regreso. Incontables son
las ocasiones en las que he tenido que pasarle cerca a la enorme torre
ignorando por completo que el acceso, el conjuro para regresar a estos muros
estuvo siempre en mis manos.
La
inscripción en un cajón viejo de una parte lejana de este edificio incitando al
retorno de aquellos que se han ido habiendo dejado tal vez la parte más
importante de su existencia, del mejor momento de la vida de una persona cuando
es un verano interminable previo a ese otoño en el que las responsabilidades lo
terminan machacando.
Los
rostros cambiaron, la fisonomía se alteró, sin embargo por fuera sigue siendo
la misma cara de piedra y dentro está el corazón cálido, el centro de esa
mazmorra que recordamos. Las noches con únicamente el sonido de los motores de
fondo, la vieja sala de videojuegos devenida en gimnasio, los ascensores que
van y vienen, pero en particular el chasquido que emite ese único montacargas
que ya no lleva a nadie.
Sin
embargo, el día anterior al subir cada uno de esos escalones sin oposición
manifiesta se sintió alagado por la visita aunque fue momentánea y el visitante
ni siquiera se detuvo a tomarse una de esas verdes infusiones sobre los
peldaños. Pero lo reconoció, era suficiente con ello, de la misma forma que el
hombre detrás de la barra preguntando si se acordaba su nombre.
Éste
es un hasta pronto, no me iré en medio de la noche como la vez anterior sino en
plena luz del día. Las calles podrán haber cambiado, los locales alrededor,
pero la torre ilimitada sigue ahí esperando, emitiendo ese sonido que
únicamente los náufragos que hemos vivido en ella entendemos.
Día 8: España
Dos alargues después vinieron los de rojo, superando en todas las líneas a los Albicelestes que se terminaron quedando con uno menos en ...
-
El arroyo atravesaba el bosque y los rayos del sol, que lograban filtrarse entre los ancestros de los árboles que poblaban la tierra, ac...
-
Mario despertó en la soledad de su cuarto contemplando a los planetas en suspensión sobre su cabeza, giro un instante la misma para notar ...


