Día 14: dejé atrás el portón corredizo, la seguridad de este rectángulo que nos ha cobijado las últimas semanas con más fuerza que los anteriores cinco años y recorrí una calle casi desierta a excepción del perro que salió al encuentro con el ladrido aflorándole de la garganta hasta ser llamado a cuarteles de otoño. Después vino la avenida, el aviso que bajaba desde el cielo, algunas almas deambulando por las calles, la puerta del supermercado a medio abrir y el chango propio que me acompañó hasta el interior. El de la carnicería no usaba barbijo, las cajeras y los explotadores del comercio sí al igual que el tipo de la verdulería cuyas manos se encontraban manchadas por la tierra que envuelve a alguno de los productos. Recorrí las góndolas esquivando presencias, la distancia sin embargo se achicaba desde el otro lado desandando pasillos y efectuando el recuento de víveres para terminar cargando veinte kilos más en envases azules además de las verduras. Los billetes recibieron una ración de desinfectante, el plástico se agotó hasta nuevo aviso, el sendero de vuelta fue bastante más tortuoso que a la ida deteniéndome unos instantes para cambiar la carga de posición y continuar por la calle más silenciosa que antes. En la reja actuó el desinfectante, debajo del alero y en los picaportes, la ropa terminó en una bolsa oscura, antes de esto las zapatillas sobre un trapo impregnado de lavandina, el agua cubrió los brazos quedando el olor ácido en el ambiente así como en la vereda que rodea la casa. Luego la lluvia sobre la cabeza, la mesa que antes ocupaba el jardín en los días cálidos sirve de plataforma de depósito del contenido que ahora suelta el changuito, previo paso por la aduana que la desinfecta y tras ello los vegetales han ido a parar a la conservadora que actúa como pileta finalizando con el escurrido de cada una de las piezas. Las manos enceradas pueden finalmente sorber el mate a la sombra, el mundo afuera sigue contando los días del encierro con mensajes que se escuchan hasta entrada la noche dado que muchos aún lo desoyen. El que se acercó buscando golosinas, el sujeto de afuera viendo espantado la máscara que portaba, las dos mujeres saludándose con un beso y otros dos dialogando en medio de la calle, el contraste lo puso la cara de enojo de la veterinaria que mantuvo la distancia. Los recaudos han sido tomados, no sé si serán suficientes pero es lo máximo que puedo hacer cayendo en varios momentos en la paranoia de la extrema limpieza y el temor a dar el siguiente paso fuera de este marco en el que pintamos una parte de la historia que en otros lugares es un punto rojo producto de la sangre que han dejado los que pelean en el frente de batalla.
Blog del autor ítalo argentino, Piero Fiori. Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución 2.5 Argentina conforme se describe en la página intitulada "Creative Commons".
jueves
Día 10 (Búnker)
Día 10: esa voz anónima llega traída por el silencio que hay en la calle, apenas interrumpido por el mensaje y algún que otro graznido. No pensaba que escuchar la lluvia anoche me fuera a reconfortar, sin embargo tampoco concilié demasiado bien el sueño hasta que el mundo desapareció despertando con el reloj anunciando dos horas y media menos que la realidad. Una llamada entró, otra salió al rato, voces que siguen lejanas igual que esas imágenes que llegan desde afuera aunque alguna refiera a un sitio no tan distante como Pinamar y la misma disnomia de siempre que se ha acentuado ante la urgencia del caso. Mensajes en rojo y blanco, alertas, urgencias, últimas noticias que dejan desubicadas a las que tenían hasta hace un rato ese rótulo volviéndolas viejas en los partes cada treinta minutos igual que a las cifras de enfermos. Cada tres días el número se ha duplicado aunque ayer se disparó la cantidad de casos, incluso ya no ha respetado a los que parecían los más vulnerables y se dedicó a expandirse en franjas etarias más jóvenes. No hay corona valga la ironía que proteja a los poderosos de la enfermedad que extendió su fúnebre crespón sobre el mundo, dejando el adiós en la puerta que se cierra en el rostro de aquellos que ya no verán a esa presencia que en solitario se va. No es que haya una diferencia en el hecho de pasar de largo en cuanto a irnos solos pero las palabras finales y los besos se han tenido que quedar apretujadas con la impotencia haciendo un nudo en la garganta, para eso no existe medicina alguna excepto la mitigación del tiempo. Otro día discurre en soledad, pese a que algunos tenemos la suerte de no estarlo del todo sigo con esa extraña sensación de fatalidad rondando cerca de la boca del estómago, una suerte de calambre pos carrera de resistencia de esas que se quedaron lejos en la adolescencia. Un par de fotos de un sábado antes de la final en Rusia son como maderos flotando después de que el acorazado se ha ido a pique y lamento las pocas palabras de afecto que les he dedicado a los involucrados en ese rectángulo repleto de sonrisas. La voz que viene del bulevar parece sacada de una película de ciencia ficción, los ladrillos se han mojado como en cada otra tormenta, las canaletas gotean esas lágrimas que alguno ahí arriba soltó y los brotes verdes se extienden en medio del camino que las invasoras de negro se empeñan en mantener abierto como canal de comunicación. Las ruedas aguardan a un costado del sofá poder besar algún día las toscas, el pavimento y las líneas que marcan el rostro de la calle en la que los únicos dueños son los perros que van y vienen, siguiendo con esa extrañeza de encontrarse tan a sus anchas ante la escasa presencia de seres humanos que de pronto se han marchado igual que los restos finales del verano.
Día 8 (Búnker)
Día 8: la brisa golpeaba ese rostro al montar la bicicleta sobre la calle cuyas piedras pequeñas se estrellaban contra los rayos del carruaje que ahora junta polvo en un rincón de la casa, las noches se siguen viendo estrelladas pero hay demasiado silencio incluso para este lugar que se precia de dicha cualidad. El móvil pasa al atardecer con la sirena enloquecida alumbrando un poco los costados, las almas no vagan fuera del cerco a excepción de algún que otro perro que sabe interpretar esa calma que se ha extendido como un manto sobre la tierra habitada pero temerosa. No hay bombas en el cielo, tan solo es otro ataque etéreo que se cobra nuevas vidas y pone en la fila a varios que parecían en un momento invulnerables, mensajes por doquier en la distancia que ya asusta un poco. Voces que se extrañan metidas vaya a saber uno dónde, esperando que oigan la advertencia en lugar de seguir por el camino de siempre que ahora yace abandonado agrietada un poco más la vereda. La loma en la que los pinos le marcan el territorio al asfalto, la diagonal bajo un sol que sigue dándote un abrazo en eso de abrasar y ellos tres que se han separado ahí por diciembre sin la oportunidad de deambular una vez más por allí. Tras esto la calle de arena, el consultorio con el cartel de advertencia por si alguno no se ha percatado del asunto, un teléfono que sirve en casos normales y el susurro entre los hilos de alambre del terreno baldío que ha comenzado a ser limpiado aunque los siguientes trabajos deberán esperar a que el capítulo termine. Vuelta a la casa, al lugar del que generalmente huimos por rutina o por voluntad propia, paredes que escuchan con atención esas palabras de aliento que vienen desde los rincones del cosmos y siguen flotando en la noche en la atmosfera de la paz que se ha instalado por vez primera en la tierra. Aunque la batalla, una de las tantas de esta guerra, se siga librando mientras los defensores tratan de que las grietas que han comenzado a aparecer no se vuelvan un desmoronamiento. Aguantar un poco, las manos que se encuentran lejos suman su esperanza a esa metáfora, deseando que el contador no ascienda demasiado deprisa porque sino vendrá el desborde del río sobre los valientes defensores. Anónimos ellos, posiblemente los hemos cruzado incontables veces pero nuestra atención estaba en la ida apresurada o la vuelta lenta cambiando juntos de colectivo a bondi para distanciarnos con apenas un par de cuadras, ciertos lugares frecuentamos sin conocernos nunca. Ahora las vidas que penden de un hilo llamado incertidumbre son puestas bajo su ala protectora, los rectángulos de los alambrados rodean la construcción que acusa un lustro desde la inauguración y el postigo se da de bruces contra la pared a la que el pasto recién cortado manchó en señal de protesta. Sangre verde, si fueras la única que se derramara sería todo más sencillo.
domingo
Día 6 (Búnker)
Día 6: el mensaje baja desde los altavoces, un miembro por familia, la fila a un metro de distancia, las tres de la tarde marca el final del horario de compras y el comienzo de la restricción, la patrulla dobla en Luro rumbo al bulevar iluminando por un instante lo oscuro de este asunto. La llamada del otro lado del océano, de un lugar remoto que apenas puedo ver en un mapa y ese rostro aún más lejano con un cuarto de siglo encima desde la última vez. Los camiones desfilan, el adiós será solitario con una plegaria que se pierde entre las paredes del refugio, la foto se marchita igual que la vida tras el avance de la plaga y la falta de conciencia, la reacción tal vez salve a alguno pero las cenizas quedarán flotando en la oscuridad. El único fuego que realmente debería haberse quedado en una metáfora de alguna historia vieja, traída en un tomo que ilustra la batalla final entre el héroe y la serpiente que lanza el veneno desde su trono dorado. No hay recurso que pueda frenar el embate, de haberlo el poderoso se quedará solo para descubrir que quien lo cuida afuera del domo se ha ido debilitando hasta que ya nada le llegue y entonces tendrá que unirse al resto, a los meros mortales que aguardan la suerte en la ruleta producto de todos los que no sienten empatía alguna por los demás. La oscuridad sobre la vieja civilización es el ocaso aquí, estirando el rayo final de sol el momento de que finalmente las sombras vengan y tal vez esas empalizadas resistan un poco ganando días para reducir los daños. El problema sigue estando en el boicot interno, aquellos que no han guardado su lugar tomándose esto como si fuera un fin de semana eterno y deambulan por la vía pública, la disnomia no podía quedarse fuera del espectáculo que se desarrolla desde hace días. Lejanos tiempos los de viajar hasta San Romano, recorriendo el camino a la orilla del mar que se encuentra más lejos aún, una postal pegada en algún rectángulo de los que forman el alambrado agitada por el viento y descolorida por Febo que ha vuelto. Tras la supresión de las horas apretujadas la salida un par de minutos para levantar provisiones sabe extraña, una especie de sueño que en cualquier momento mutará a pesadilla y esos dos faroles que han pasado indagando accidentalmente sobre una nueva bolsa de desperdicios que ha sido dejada como mensaje de existencia. Luego la repetición, las ventanas que recibieron la luz de la mañana yacen cerradas aguardando la caricia del rocío, todo se ve normal excepto la sensación del principio que apenas puede ser diluida por el hecho de estar ocupado esculpiendo ideas en el teclado, cosa de dejar algún registro de todo este pandemonio.
Día 5 (Búnker)
Día 5: dejando atrás la seguridad del hogar, si acaso se puede confiar en ello hoy, todo yace detenido igual que el paso de las horas del confinamiento obligado producto de un enemigo que ha llegado a sentarse en la mesa esperando que su aperitivo se le acerque en bandeja y desatar la destrucción provocando un colapso que en otras partes se traduce en camiones llevando féretros. No habrá despedida por el momento, el tiempo dirá igual que ahora contando los pasos hasta el cesto de basura que marca la vuelta forzada a la seguridad de los barrotes que no es tal. La perra recorre el perímetro, la música viene desde otra dimensión en la que los náufragos como nosotros se refugian esperando que no les llegue el veneno, mismo método de destierro para las hormigas en lo que se asemeja al huésped invisible que aguarda el llenado de las copas con ese océano que recorre nuestras arterias. La soledad del exterior, la canilla cuyo goteo ya dejó de ser un sonido más y se ha vuelto la manera moderna de contar ovejas, el androide no sueña con ellas porque se encuentra recargando y saltando sus propias vallas burlándose de nuestros intentos de poder conciliar el sueño. La repetición llamada rutina marcaba ciertos aspectos consolidados, pero acá no hay nada de ello, las barreras de los horarios han desparecido y reducen todo a quedarnos tranquilos viendo las horas pasar. Cualquiera podría volverse loco pero no hay nada más que hacer, dejando la pantalla encendida por si en una de esas finalmente alguno aparece admitiendo que esto no ha sido más que un capítulo nuevo de un engaño bien diseñado. Nada de eso, las cifras siguen en ascenso, la desolación planta una bandera que no flamea y sepulta la esperanza de llegar pronto a un final de este momento bajo toneladas de ansiedades que se vuelven letras frente al procesador de textos. Vendrá el día, la tragedia seguirá su curso, los insensatos nos condenan a la extinción de seguir por ese camino, las barreras son levantadas en sitios que antes nos recibían con los brazos abiertos. La misma imagen se repite, montículos, iracundos, hacinamiento, inconscientes, desbordes, algunos muchos que se tomaron esto como una comedia y no vieron el cartel de tragedia encima de todo firmando la salida apresurada para tomar una ruta que los ha conducido a la exposición innecesaria. Pero dejan en evidencia la falta de humanidad, el todo vale con el que se han criado hasta poder tomar decisiones que son siempre culpa de los otros por haberlos primeriado y las exhiben como el mejor de los logros. Los metros sobre el concreto se asemejan a un patio amurallado, la única diferencia está en que podemos decidir permanecer allí tranquilos dejando de lado todas esas preocupaciones y darnos una chance más grande de salir de esta enorme tormenta que cubre nuestro momento aquí en el mundo de los vivos.
Día 4 (Búnker)
sábado
Fórmula
Allá en el sur
jueves
Fichines
Botón rojo para el salto, con el
amarillo usa la espada y el azul no hace nada, al menos no hasta conseguir el
ítem mágico que permite invocar esa pequeña ayuda consistente en hacer
desaparecer a todos los personajes que intentan detenernos en el avance hasta
la pantalla final. Recuerdo haber estado ya en esta sala desierta en la que los
fantasmas se materializaban danzando sobre mi cabeza, para que me diera cuenta
que el escudo era sólo una decoración perdiendo una vida. Tras varios intentos
se llegaba al puente que unía un nivel con otro para simplemente encontrarnos
con que no habíamos juntado cada una de las piedras de color rojo que permitían
cruzar a salvo. Si el mago aparecía en el medio de este podíamos seguir
avanzando, obteniendo de recompensa un blasón que servía de vida de refuerzo en
nuestra justa contra las fuerzas del mal. En el caso contrario apenas una
pantalla negra con la inscripción “GAME OVER” para luego escuchar las risas del
jefe del juego y sus secuaces quienes se seguirían burlando en la vuelta a
casa. Alguno de los vecinos de la cuadra contaba cómo era el final de ese
viaje, las peripecias que uno debía atravesar para llegar a la última
fortaleza. Un castillo con pinta de derruido, telarañas y muchas grietas que
aseguraban que esas paredes se nos vendrían encima de un momento a otro, lo
peor era el escenario en el que peleábamos contra nosotros mismos al
reflejarnos en el enorme espejo. Pero finalmente la luz triunfaría, podríamos
poner las iniciales de nuestro nombre en la última pantalla, tras esto
danzarían los personajes diciéndonos adiós pues en el mundo de afuera tocaría
empezar otras etapas. Varios años más tarde, sin tanto cabello y con menos
vista encontré la máquina que me trajo de regreso a la infancia en un instante.
Lo único que los botones estaban bastantes maltrechos, al caballero la barba le
había crecido llegándole a la rodilla y cada salto le costaba horrores, hasta
los fantasmas se veían un tanto avejentados. En el otro extremo del nivel el
antiguo boss esperaba como siempre, pero al llegar allí los dos personajes
tiraron las armas y se abrazaron en un llanto compartido. Después silencio, un
montón de signos y números conformaron la pantalla que marcaba el bloqueo de
aquella maquinaria ya ancestral para los de afuera, excepto para los dos viejos
ojos que la veían con cierta nostalgia. Una lágrima apenas rodando hasta la
palma de la mano, volviéndose una ficha con tres ranuras en su cuerpo y todo el
brillo de otras épocas sin tantas presiones del mundo externo. La ranura recibió
como la vez primera aquella solicitud de bajada del portón del renovado
castillo, las banderas flamearon, el héroe había vuelto y con él los peligros
más allá de las murallas. Un paisaje florido lo esperaba, unos cuantos
acertijos que debían ser resueltos para dar con la última misión en la que el
villano levantaba una bandera blanca al mismo tiempo que el personaje
principal. Después todos unidos saldrían a agradecerle a quien les permitía
seguir conservando la inocencia que con el tiempo se va, como partes de una
construcción que se llena de marcas y pierde recuerdos. Ahora la máquina sigue
ahí en un lugar de la costa, aguardando que algún piloto avezado empiece con la
travesía en búsqueda del botín más preciado como es lograr terminar el juego sabiendo
que esos minutos son únicamente de uno. El tiempo aquí se detiene, las palancas
sienten la caricia de unas manos pequeñas que vienen acompañando al navegante
en su vuelta al hogar en algo tan simple como un videojuego. El score final
tendrá las iniciales de esa vida que empieza a florecer, los dos se vuelven
tres en tanto se alejan en la noche rumbo a la casa vieja que los aguarda. Ahí
he empezado a escribir esto como forma de no perder completamente al niño que
sigue corriendo mientras el adulto ve la manera de resolver esos problemas que
bien podrían esperar un poco más. Un crédito más que jugar.
domingo
Vacío y olvido
Día 8: España
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