viernes

Ñ

Las demás letras sufren de calvicie por exceso de uso aunque en la época actual sería más bien por haberlas olvidado sustituyéndolas con otras que no suenan igual, el problema es que las pronunciamos mal generando una confusión enorme en la que el orden del abecedario se ve alterado. Sin embargo ella mantiene su cabellera flotando en el viento como nave insignia de esto que se llama lengua, dejando a un lado las abominaciones que son las sombras apenas en torno a un fuego agitándose en la tempestad. Las formas oscuras tienen como lienzo a la pared de esa caverna desde la cual los petroglifos se han rebelado mutando a palabras, la revelación es tal que las personas empiezan a darle nombres a su realidad la que cambia por completo. Dejan entonces de ser extraños cubriendo el sitio que habitan una atmosfera hogareña en la que los niños crecen sin sonidos guturales, pasado cierto tiempo el reloj corre semejante a una cuerda que se va cubriendo de ñudos alcanzando un tamaño considerable antes de cortarse. La hermana mayor hace las veces de ñaña cuando no de madre aunque no llegue a alumbrar nunca descendencia, viendo sus días languidecer hasta volverse polvo de ese mecanismo que es finito. En el mañana los ya adultos, con la niñez en un cofre abandonado, se han esparcido por el mundo que deja de ser desconocido aunque el llamado de la casa sigue sonando en la noche invernal metiéndose con la invasión del agua en esa zona ribereña para luego retroceder con la manada de pinzas. El actor principal es un tacaño consumado, le destina poco y nada a las cuestiones afectivas intentando resolver los problemas de otros que confían en su sapiencia aunque muchas veces sabe menos de lo que muestra. Sin embargo a su orilla llegan los restos del naufragio, los pedazos de historias con almas aún aferradas a la carne solicitando una y otra vez asistencia al igual que un pedigüeño que no tiene un hábito mejor arraigado. Por ello esta pausa entre tanto papelerío que esconde posibilidades de salvarnos de ser los siguientes en zozobrar, aunque nos hemos vuelto isleños que miran con pavor al océano que supone la vida.


jueves

Adieu

El espejo no refleja nada excepto la imagen de siempre con los agregados de los años, el recinto está vació pese a que caras nuevas lo pueblan aunque la ausencia es notoria considerando las vivencias entre esas paredes. Trasladadas afuera al abandonar el sitio retornando a casa con la sensación de pesar aunque no se trate de una partida definitiva, ese rostro que ya no veremos quedando el desafío dormido en el recuerdo. Una tilde que voluntariamente se ha ido a colocarse en otra parte genera la llamada de atención del único testigo, los demás por las dudas no se han salido del molde ni del rol asignado. El primer lugar en la fila de adelante con los riesgos que existen por volar demasiado cerca del sol, el faro que no advertirá de los filos de las rocas aguardando a la presa totalmente confiada. Aunque la supuesta víctima esconde el acero debajo de la capa devolviendo las estocadas a esos que no están suficientemente alertas, algún que otro comentario recibe una respuesta en sorna pese a no mostrar emoción alguna. Después los años se quedan atrás hasta percatarse de la llegada del otoño, de ese adiós escrito en hojas marrones en una calle desierta con nombre de santo ausente. Tras esto el hueco interno, la sensación de vacío que se mete en las arterías bombeando hasta tornarse un nudo en el estómago que se deshará con los eones. Las palabras escritas en rojo y azul en una especie de juego para dos se quedan estampadas en una entrada antigua, maneras diferentes de ver este inmenso lago por donde navegamos quitando las distancias del nacimiento. Una inscripción en la tapa interna suprimiendo a la anterior en un acto equivalente a un manifiesto, las demás páginas quedan de adorno igual que el libro alejado del salón durante más de un año. El temple viene de lejos a la hora de dar el paso hasta que se convierta en una historia que se arma según se mueve hacia adelante, todo lo anterior queda atrás volviéndose una anécdota. Las imágenes escondidas en un pizarrón con trazas de repeticiones previas, incluso el sitio del impacto de otra fuerza ausente con aviso más allá de no ser un recuadro de esta historia. El pupitre vacío con un aviso dando cuenta de la búsqueda de un piloto ya que ella se ha ido dejándolo abandonado, el mundo de este átomo no se ha percatado siguiendo con la misión de ponerle laureles a las piedras.    

domingo

Eso ya fue

Cientos de imágenes pasan ante nuestros ojos, la vida
del otro que ignoramos. Su rosto es uno más en esta
instantánea que corre y no se detiene. 
Una secuencia de eventos, un minuto, un día, da lo mismo
si estamos pendientes sólo de una pantalla.
Eso ya fue, ya pasó, no está a la moda, fue hace un segundo,
un mes de un calendario que se deshoja raudo.
¡Alguien qué pare la maquinaria asesina, por favor!
Es tarde, arrancó y está en movimiento, las escenas pasan,
los momentos no quedan. Son borrados inmediatamente de
la memoria a corto plazo, borrados y desterrados al olvido.
Olvido por qué estoy haciendo esto, tal vez no haya
nadie que lo vea. También a ellos los cambiaron.

Aniversarios

Pasado el ciclo en cuestión inició uno nuevo y esperanzador, un amanecer que se volvió ocaso en cuestión de segundos al adjudicarse un sector la defensa de eso que se llaman derechos humanos, el horror era una mala comparación que no tenía cabida alguna a la hora de sentarse a debatir ideas. Una mera charla en un asiento de colectivo se convertiría en un manifiesto de una ideología decadente y fascista, un puñado de fanáticos convencidos de la panacea que en realidad encubría la peor de todas las enfermedades. Esa que contiene a otras dándote un motivo más para morir antes de tiempo, quitando toda esperanza de vida (de ella quedó apenas la palabra asociada al verde) y destruyendo a individuos, familias y por supuesto a la sociedad. Los sucesivos fracasos fueron justificados con frases hechas a la medida, la de los idiotas mediocres que cuentan las ganadas con el bolsillo pero las derrotas son culpa de los otros (justamente sus hermanos, por si se lo olvidó). Nada de marchas por cada pequeña vida que ha desaparecido en silencio, ese que le brindaron los bastardos subidos al escenario con la muchedumbre coreando el nombre del siguiente asesino y los partícipes necesarios que pueden vestir otros colores pero consienten la mayoría de las veces. Alguno que alza la voz es visto como un inadaptado, la corrupción es la regla en un sistema invertido que esclaviza a sus habitantes llenando las arcas para que desaparezcan enseguida los fondos y a un precipicio nos fuimos metiendo cavando cada vez el pozo. De mirar a tu alrededor verás que hay varios con las palas rematando con una maza los cimientos de lo que podríamos haber sido, lo que fuimos está en páginas grises que se volverán de color al alimentar ese último fuego. Los trescientos sesenta y cinco días, las veces que no es bisiesto, son para ver las continuas vejaciones que no se tratan de la misma forma que el hecho histórico del comienzo. En un par de días desaparecen de las pantallas, alguno tal vez recuerde ese momento pero ya es tarde una vez que la vida pasa dejando que ocurran tales cuestiones que se ponen a la par de la fecha del fin de semana (finde). Las estadísticas muestran la existencia de los crímenes pero se los califica de otra manera, así nadie tiene que hacerse cargo de la masacre a la que evitamos simplemente porque alguien se preocupó de nosotros. Muchos más no tuvieron ese suerte, sus asesinos vivieron sin tener que rendir cuentas excepto en el momento de dejar este plano para transformarse en inocentes simplemente con el justificativo de su muerte. Olvidamos rápido ese sitio en dónde nos han cortado en pedazos los sueños, abriéndole la reja al homicida reincidente y metiendo en el cuarto podrido a cualquiera que tenga un rostro conocido. Justificativos de sobra existen, una puerta giratoria primero vendida en forma de chatarra para que el agujero sea más grande de forma tal que puedan escaparse de a miles. Después explicarán a los ignorantes las razones del caso, con la venta de la primavera infinita a la hora de botar cualquier posibilidad de ver algo diferente a esta carnicería de los derechos que tenemos simplemente por haber nacido. Para los fundamentalistas esto no significa nada, siguen remarcando en el calendario los momentos que han sustentado sus privilegios y la apropiación de la bandera de la condición humana para aquellos que tienen puesta la camiseta con las imágenes de los dioses. A eso no les llega la tempestad, viven en sus burbujas ajenos a la pobreza, las enfermedades que nos diezman igual que a insectos rociados con un veneno barato para abrir cada tanto la ventana del penthouse arrojando las migajas del almuerzo que pagamos sin saberlo. Después para evitar los insultos ponen la banda sinfónica al mango, mostrando presencia con algún mensaje pulido para trasmitir tranquilidad a la horda que necesita el comunicado adoctrinando, además de fondos suficientes. La ruta por la que transitamos está destruida hace décadas, excesivo tránsito, tráfico y dementes al volante generando una reducción de la expectativa de vida, pero eso tampoco se considera una violación mientras la banshee danza sobre la tarima con el séquito de acólitos pidiendo una vuelta más antes de seguir arruinando las vidas de la mayoría.


martes

República del Corso

A la palabra en cuestión le sobra una letra siendo tan sólo una advertencia, de entrar en el juego a uno enseguida le pondrán un chaleco que viene en dos tonos: rojo y azul. De ahí no se sale, no importa cuánto quiera la persona pretender romper con el monopolio en cuestión que se nos vende como justo. Está bastante lejos de ello, de hecho es más bien una obra repetida a través de las décadas con cambios en las caras de los actores principales, en cuanto a los de segundo nivel van mutando llegando incluso a alternarse en los roles. Cuando el azul es el que manda se encuentra la dicha en cada esquina, los agujeros en el suelo así como la mugre que la correntada de ayer no se llevó son apenas una mancha que no ha de empañar ese momento epifánico. Los que se han quedado afuera, pero beben de idéntica fuente con un sorbete diseñado para vampiros, se rasgarán las vestiduras ante las afrentas que cometen aquellos integrantes del equipo contrario. Pero al invertirse el orden de los personajes ocurrirá exactamente lo mismo, los de rojo simplemente no saben qué hacer con las líneas que les ha adjudicado ese guión así que ante los fracasos se echarán las culpas mutuamente. Los árbitros del encuentro, debidamente ataviados para el desfile, formularán toda clase de conjeturas dándole participación a aquel que consideran un mesías, apareciendo a lo largo de la jornada y puliendo el discurso (se nota que quiere ser parte del circo). Se indignarán ante los atropellos que cometen esos que tienen el poder, ansiarán por lo bajo tener una pizca del mismo dado que la reiteración del cuento los ha convencido de ser los portadores de la verdad sin salir de su rol de pisco. Colocados por encima de todos esos que viven lejos del centro del mundo, el de ellos obviamente dado que el globo es mucho más grande, continuarán vociferando en una escena que se asemeja a un perro ladrándole a otro desde la comodidad del alambrado al medio. Por si fracasa la opereta también convocarán a alguno que consideren en el otro lado, concepto que puede cambiar rápido según lo dispongan las circunstancias, demostrando que existe la pluralidad aunque siempre estén mirándose el ombligo. Al caer la noche se sentarán a degustar ciertos manjares mientras imparten lecciones sobre cultura, buenos modales y pedazos de historias que incluyen únicamente aspectos reconfortantes de vidas ajenas. Limitarán su conocimiento del planisferio a ese punto brillante en el mapa, desde el cual surge la voz de la deidad aclamada incluso por esos que no la conocen pero portan la camiseta contentos de saberse parte del espectáculo. Descubrirán con júbilo que existe un océano rodeando a su pequeña isla aparte de montañas, cerros, nieves y selvas que están al alcance de su conocimiento, aunque siempre se refieran por metonimia al único lugar que han conocido para abarcar a todos los demás. El clima acompañará todos estos pensamientos cayendo la noche sobre la nación dentro de cuyos muros unión, justicia, paz, defensa, bienestar y libertad son un milagro que no ocurre nunca. A todo esto los timoneles han decidido cambiar la bandera que flamea convirtiendo al pabellón en un culto al egocentrismo, con las imágenes sacadas de los bustos y reproducidas en cada una de las marchas de los fanáticos de esa entrega. Aquellos que no forman parte, pero son más de lo mismo, esperan poder saltar al escenario para barrer las migajas debajo de la alfombra pretendiendo que cumplirán alguno de los objetivos plasmados dos siglos atrás aunque se sabe que es la misma obra vendida con un envoltorio diferente. El espectador que alguna vez fue ciudadano comprará varios ejemplares de manera de no ser menos que todos los otros que se han equivocado previamente, manteniendo el repertorio a través de los años hasta que se torne un bodrio sin remedio. 

jueves

Seis tiros

No le agradaba para nada tener que llevar esa carga que se distraía ante la menor oportunidad, debía vigilar los movimientos de sus eventuales víctimas a la espera de que le dejaran un resquicio por donde ejecutar su oficio. Era ingrato pero necesitaba vivir a costa de los demás, sus crías aguardaban en un lugar que sería cómodo para cualquiera excepto para ellos que se sabían marginados en ese mundo que pasa deprisa a diferencia de otras épocas. Todo lo cuestiona, exhibe las mejores imágenes pero deja afuera a la mayoría por no ser dignos ante los ojos de los dioses perecederos que limitan su podio a algunos cuantos nomás. Un poco de verde, el agua corriendo aunque podía estancarse sin que les preocupara mucho y el sustento necesario para mantener a la familia al recibir la orden de salida dejando la paz de ese lecho tan conocido. Sin embargo los asesinos se escondían en el mismo lugar que ellos llamaban hogar, aguardando para dar cuenta de muchos más que sus escasas víctimas en la comparación de las profesiones. La mala fama la tenían ella y su descendencia, malditos de cualquier manera que se los viera así que para qué andar intentando ir contra la corriente cuando esta puede hacerte ganar pese a los insultos de los vecinos que se esconden en las noches, temerosos de algo más grande aunque nunca lo hemos visto desde este lado del cerco. Somos libres, proscriptos sí, pero libres y esa es una aspiración para aquellos que dicen ser los dueños del mundo aunque cualquier enemigo diminuto los terminará enviando al osario común desde que pusieron un pie sobre la superficie proclamándose eternos, enseguida vendrá el corte demostrando lo equivocado de esa conclusión. Su compañero a todo esto había dirigido su atención a la pared marcada que pensaba escalar, era un buen punto de ingreso aunque ella consideraba que la ventana entornada resultaba una mejor posibilidad. Incluso el detector de intrusos se encontraba descansando después de una noche de mucho trabajo, sabían de la importancia del grupo a la hora de tener éxito en ese atraco y también de la disminución significativa en sus filas cada vez que acometían a dichos fines. Pero nadie guardaba los registros de esa epopeya, las únicas vidas importantes eran las que se proclamaban tales constituyendo todo lo demás un desperdicio de información siendo innecesario el registro. Así que revisó el arma, los seis cilindros estaban listos, la munición preparada, los músculos tensados aguardando el momento de lanzar el ataque repetido a lo largo de las horas experimentadas en esto de chupar la sangre. Logró el objetivo no así su compañero que estaba en la escena de relleno, recibiendo un golpe que lo dejó desparramado sobre la vereda justo al lado de un pequeño hormiguero anteriormente víctima de la máquina de podar. Sus hijos agradecerían ese sacrificio, la distracción que le permitiría salir indemne incluso esquivando esa andanada de gas que los espirales escondían. Descansar un poco, mojarse las patas en la charca, evitar a los submarinos verdes y regresar a un nuevo encuentro que podría ser el último, aunque dada la expectativa de vida eso no le importaba. Su legajo rojo sería una mancha sobre la epidermis aunque los aguijones ya hubieran penetrado, era en cierta forma una especie de victoria pese al mamporro omnipresente llegando a acabar con el perpetrador. Su sirena era menos molesta al acercarse en la oscuridad que todas esas alarmas sonando en el exterior, pidiendo ayuda vaya uno a saber para qué en tanto aquí adentro el ventilador gira manteniendo frescos a los contribuyentes a los que les solicita menos aportes que cualquier otro recaudador de carne y huesos.  En las estadísticas hablarán de ese día lluvioso seguido de una invasión que obligó a los turistas a abandonar las reposeras, la sombrilla y las ojotas, la playa despejada finalmente con las olas invadiendo la pista de tejos cuyos discos se fueron a flotar desatando la indignación de aquel que los dejó al percatarse de lo caro que saldría un juego nuevo. 

Viszontlátásra

La ruta solitaria, la estación vacía, el sol que dibuja un espejismo mientras deambulo por ese camino desierto, el colectivo naranja que no se ha presentado en meses, el vecino cuya bicicleta emite un sonido argentino, los pibes en la otra cuadra jugando hasta tarde, los mensajes que no dejan de llegar volviéndose un bodrio repetido. El aula vacía, los rostros que vi un once de marzo en formato de bienvenida y despedida, los fantasmas de febrero lejanos ya, ese registro que no respeta los renglones aunque no es más que un conjunto de notas vacías sin la gracia de esas presencias a las que alude. La mesa de costura improvisada, la herida abierta por un pedazo de acero destinado a traernos un poco de pan, los escritos que se volvieron archivos de audios y libros, las caras conocidas que no estarán a la vuelta, ese adiós momentáneo que marcará la ausencia, el teclado que quiere una pausa después de tantas líneas en diversos viajes. El cangrejo malnacido al que un pisano viejo le planta batalla trepando esos muros que un montón de burócratas han levantado, cuidando que pocos lleguen a ese sitio para poder beber un sorbo de una fuente que no termina de curar del todo sino meter paliativos. La cosecha buena ha sido reservada para otros hijos de los dioses que también son mortales, aunque la manipulación del contexto les sirva para estar un poco más cómodos pero el final es el mismo. La improvisación dejando pospuesta en forma indefinida a eso que se le dio el rótulo de educación, aunque todo el tejido esté roto desde hace demasiado tiempo y no sea más que un cartel puesto sobre la fachada con decisiones que llegan tarde. Los docentes, enfermeros, galenos y aquellos que no dejaron la calle, ninguneados por un montón de bastardos que igual a parásitos se atribuyen sus logros jugando a decidir los destinos de millones desde pantallas lejanas a la realidad. Los despachos acondicionados a un clima ideal, sin los gritos provenientes de afuera que no llegan y el martillo ablanda carnes que baja, la casta de bienaventurados continúa manteniendo su encumbramiento con un montaje mal armado pero en funcionamiento. Reduciendo a pedazos cualquier reclamo que no sea ponerle la alfombra a algún espíritu desgraciado con las ínfulas elevadísimas, la venia del oro y la plata flameando un par de milenios para que nada cambie excepto la marioneta al frente. Las llamadas lejanas, los rostros a los que veremos al final de este recorrido demasiado largo, el rastro de ese guardián que desconoce la infidelidad celebrando la cercanía de las dos presencias que se han mantenido detrás del cerco. El miedo a salir destrozado como un espejo cuyo reflejo uno no quiere seguir viendo, el esférico con el corazón roto, esa botella que se ha pinchado sin motivo alguno y el último día del año que ha llegado con toda la carga lista para ser arrojada por millones de manos. El magiar que se aleja junto a esa otra presencia a la que he admirado aunque nunca se entere.


Violaciones

A la letra “a” le creció el bigote extendiendo su único brazo hasta esa nube que comenzó a moverse por el cielo de papel, después vino un unicornio de esos de lata pegándole un empujón para que se fueran los cúmulos a volver grises otros cielos. Por aquí estaría despejado con la casita adornada con dos ojos cuadrados, uno más grande que el otro y la puerta por la que las visitas se presentaban aunque también podía ser el cartero, algún amigo que venía a jugar y la primavera que en su verde traje se metía por cualquier hendija. El monstruo que vivía en el árbol se fue a dormir cubierto de los brotes glaucos así como una corona formada con las corolas blancas que venían anunciando la llegada de los días cálidos, las cortinas naranjas se mecían al sentir la canción del viento que usaba un oboe abandonando el resto de los instrumentos que tornan su melodía una cacofonía barriendo la superficie y obligando a los vivos a bajar la cabeza. Nada de eso, sólo páginas coloridas con un jardín detrás de la casa y la carrera de esos coches rojos y negros llevando pedazos de alguna hoja que ha sido recién cortada, el agua surgiendo de esa serpiente de caucho borrando las sendas trazadas que serán reconstruidas por la cuadrilla de obreras debidamente preparadas para la tarea cuya homónima empieza a despedir el año liberando a esos miembros que se dirigen a la plaza como luciérnagas presentándose a un cónclave. Tras la luz la oscuridad, el silencio y el miedo metiéndose por cada miembro, los malvados han salido de cacería tornando cada instante de felicidad en un reflejo de las vejaciones de esos momentos. Los dibujos ya no reflejan unicornios sino bestias cuyas fauces engullen los sueños, las sonrisas en esos rostros sin marcas y destrozan el alma que apenas ha comenzado a resplandecer, haciendo que queden jirones. La memoria, siempre la memoria, sale a la luz para que lo de antes se torne un suplicio que te persigue a través de los juegos, de esas salas pintadas de diversos colores que se vuelven uniformes hasta alcanzar el tono de un crespón. Afuera el sonido ha invadido los columpios y tiovivos deslizando la complicidad por un tobogán que lleva a un intento de ocultar, despidiendo a la arena del final que es llegada para volver a reiniciar el círculo aunque en ocasiones alguno ha logrado largarse dejando el llanto detrás. En otros lugares encontrará un pedazo de cordura, de esos dedos que sostienen la mano todavía pequeña alejándose en sus brazos de las brasas y del averno agobiante al que le ha llegado la tormenta extinguidora. Las páginas repletas de recreaciones de la vorágine han sido reemplazadas por imágenes parecidas a las del comienzo, aunque siempre existirá una arruga en medio de la página que se seguirá marcando con los años los cuales obrarán de bálsamo aunque parezca poco. 

sábado

Afuera

Este mundo al que hemos vuelto es extraño, es la misma sensación de estar caminando por primera vez. De poner un pie sobre la tierra y afirmarse, afirmar el otro y dejar de gatear. Es básicamente eso.

Las situaciones conocidas, los vehículos en calle, las personas que reinician la mañana, todo esto se hace extraño en este momento. Es más, hasta un mero trámite se ha vuelto algo extraordinario.

Un auto que se aleja, los controles, la demarcación de los sitios, las distancias, las medidas en sí, todo esto es un agregado. La mañana fría, es una mañana de invierno fría con una leve brisa pero única.

El lunes que generalmente es un hastío se ha vuelto algo irrepetible en este punto.

 

27/07/2020, 8:17.


domingo

Los 11 de Valenciano

 PRÓLOGO

 

En el año 2036, un meteoro impactó sobre la República Argentina y produjo la separación de la franja costera de la Provincia de Buenos Aires. Debido a la tormenta de arena que se levantó, los habitantes se habituaron a que este fenómeno se repitiera junto con algún que otro eclipse.

 

El cataclismo generó la aparición de la Liga Atlántica, integrada por equipos de las poblaciones refundadas tras la enorme explosión. Así surgieron las escuadras como Villa Morena, Dragón Verde, Piñamar, Darra, Sportivo Bahía, Deportivo Los Pinos y tantos otros.

 

La pelea por el campeonato se polarizó entre las ciudades de Bahía y la nueva Fala de Plata (antes Mar del Pata), rompiendo cada tanto esa hegemonía la gente de Piñamar. Sin embargo, siempre hay una excepción y esto nos lleva a la mañana previa al partido final del torneo, en un lugar llamado Silos del Sur.

 

I

 

A eso de las nueve de la mañana, la vieja Sworfish comienza a descender sobre la que había sido  la ruta de acceso al pueblo, en lo que antes se conocía como Tres Arroyos. El viejo Javier Omar Valenciano desciende de la nave, ahora pintada de naranja, adquirida en una subasta a unos cazadores de recompensas.

 

Deja el mameluco también anaranjado, el casco en igual tono y carga su vianda, consistente en ravioles con salsa casera, además de unas galletas adquiridas en la Esquina del Tuyú y un pedazo de queso parmesano. El vino en esa ocasión no está permitido, dado que tiene que estar atento para el partido de ese día.

 

El más importante en la historia del Club BN (Blanco y Negro), fundado hace cincuenta años y uno de los pocos sobrevivientes a la gran explosión junto con el Mapache Aullador. Es que llegan al final del campeonato de veinte equipos, tras un año de constantes batallas, punteros con dos de ventaja sobre el Dragón Verde.

Sin embargo, aún deben sortear un último obstáculo en su camino, el siempre difícil Darra FC, equipo duro como pocos.

 

Valenciano llega al Estadio de la Vía, aunque el tren ya no arriba más, sabe que si le quitan la pelota al oponente deberán aprovechar las ocasiones que se les presenten y cuidarse del balón parado. Su ayudante, el belga Scifo, ya tiene todo listo para cuando vengan los integrantes del plantel.

 

Al mediodía las gradas comienzan a ocuparse, incluso alguno ya empezó temprano a preparar el asado y los chorizos, no faltará ese líquido violeta venido del Viñedo Orlando de Gesell, circulando como agua entre los Beodos de la Bosta como se conoce a la hinchada blanquinegra.

 

Valenciano espera que la estrella del equipo, el legendario J. B. Cañones, no llegue tarde al encuentro y para eso designó a su mejor hombre a los fines de vigilarlo de cerca. El Barba Romero, al que apodan el Ruso, emitió un sonido gutural y se alejó detrás del discípulo de Isidoro Cañones.

 

El DT sacó su vieja libreta de almacenero, en donde anotaba todo lo que ocurría en el campo de juego, recordando la derrota 1 a 0 en el Estadio Solá, seis meses atrás. No podían repetir los errores o les iría mal pensó, mientras comenzaba a tomar unos mates en ese viejo recipiente de madera que recibió en un viaje a la República de Creta.

 

Así comenzó la larga y tediosa espera.

 

II

 

Valenciano soñaba, se encontraba solo en medio del campo de juego y tenía que marcar a la horda anaranjada que se le venía encima.

 

Corría desesperado de un lado para otro, aunque nunca llegaba al balón. En eso los rivales desaparecieron, pudo ver el arco de enfrente aunque la distancia era insalvable.

 

Se descubrió portando otra vez los guantes, de un puntapié mandó el balón hacía adelante pero este se esfumó.

 

Contempló el cielo despejado esperando el regreso del esférico, el tiempo pasaba, todo era calma.

 

De pronto algo comenzó a bajar, pero el balón ya no estaba. En su lugar, una enorme roca proyectaba una sombra cada vez más grande.

 

El meteoro caía sin que Valenciano pudiera apartarse, en un gesto desesperado extendió sus brazos hacía arriba y sintió el impacto.

 

Se despertó bruscamente, su vianda estaba esparcida por el suelo. El termo estrellado, el mate desparramado y Alphonse Marie, el nueve del equipo, sonriéndole con su blanca dentadura que resplandecía en el rostro oscuro.

 

Era hora de jugar, el camerunés se alejó llevando el balón que estrelló contra el banco de suplentes.

 

III

 

A poco de comenzado el encuentro, los visitantes hallaron la ventaja y las cosas empezaron a complicarse. La vieja radio Spika les informaba el resultado del cotejo entre Los Pinos y el Dragón Verde, no tan lejos de ahí en la ventosa Neco. El uno a cero se repetía en ambos cotejos, los visitantes llevaban la delantera.

 

Valenciano iba y venía, estaba haciendo un surco para la próxima cosecha. Su línea defensiva integrada por el Gallego González, el Chaco Díaz, Akira Sanada y el Turco Alí, resistía los embates de los artilleros del Darra.

 

El viejo Leoncio Álvarez, arquero experimentado como pocos, hacía todo lo posible para que la ventaja de su rival no se estirara.

 

El portero había trabajado de joven en el ferrocarril, tras el cataclismo se dedicó a vivir de changas y atajar los fines de semana para el club de sus amores. A él, más que nadie, le dolía ver como se les escapaba lentamente el campeonato.

 

Los dos centrales, Díaz y Sanada, eran tipos de pocas palabras (y de muchas patadas). Celebres fueron las disputas entre Sanada, venido de la tierra del sol naciente, y el nueve del equipo en cuanto al hecho de exigir que los rivales se practicaran la rendición del honor o coleccionar sus cráneos. Valenciano les había prohibido esas prácticas, con el argumento de que no eran los vencedores.

 

El Turco Alí había crecido frente a los silos, conducía un viejo camión cerealero hasta el puerto estelar que se encontraba en el límite con Creta.

González jugó en varios equipos, era conocido por sus quites a tiempo y  por sus arremetidas por la banda.

 

En el medio, Romero y Lara trataban de contener el ataque de sus rivales desde el nacimiento de estos. Sin embargo, hasta el momento los jugadores del Darra pasaban como querían.

 

Un poco más arriba, J. B. Cañones, no lograba entrar en partido dado que le gustaba demasiado la noche.

 

Adelante, Fernández e Iván Ban Ban intentaban desbordar para alimentar al número nueve: Alphonse Marie. Éste media casi dos metros, su oscura piel contrastaba con la blanca sonrisa de unos dientes bien alineados. Hasta el momento no lograba recibir un balón limpio.

 

Para colmo de males, la radio anunciaba el segundo gol del Dragón Verde en su visita a Neco.

 

Así terminaría el primer tiempo, Valenciano debería charlar con sus jugadores para dar vuelta las cosas.   

 

IV

 

Alphonse le rezaba a una oscura divinidad de su tierra, parecía por momentos que había entrado en trance. Sanada contemplaba la katana desenvainada y el pequeño tantō  que la complementaba, finalmente se colocó un hachimaki en la frente y esperó que llegara el momento de volver al campo de juego.

 

Apenas se percibía la respiración de los jugadores, Valenciano revisaba las notas de su agenda, Scifo presenciaba ese acto sacramental aguardando que surgiera un milagro de esos garabatos.

 

En eso Romero le aplicó una bofetada en el cuello a Cañones, volando el celular por los aires, yendo a parar cerca del Chaqueño Díaz. Éste contemplo el adminículo por un instante, luego hizo la gran Schiavi. Un pisotón bien puesto sobre el aparato dejando tan sólo pedazos de lo que alguna vez fue un celular.

 

Scifo tomó una escoba y una pala, recogiendo los restos del teléfono para luego arrojarlos en la basura. Cañones miraba atónito, petrificado como casi todo el primer tiempo.

 

En eso un golpe seco se oyó en la puerta, borrando por completo la atmosfera onírica que reinaba en aquel lugar y entonces Valenciano pronunció algo que sonó como una sentencia:

 

— ¡No se la sigan dando a los del Darra porque perdemos!

 

Acto seguido salió al túnel que se presentaba como un enorme camino de penitencias que deberían ser cumplidas hasta alcanzar la luz que se alzaba,  Victoria aguardaba en el otro extremo o el olvido que rodea a aquellos que no pueden tocar la gloria estando tan cerca.

 

A los cinco del segundo tiempo decidió que tenía que sacar a J. B. rápido antes de que siguieran jugando con diez tipos únicamente, pero viendo el banco de suplentes tenía más dudas que certezas atento que la mayoría eran juveniles.

 

En eso estaba cuando vio la trepada de Alí por la banda, los del Darra se habían quedado pidiendo una falta en el borde del área luego de que su número nueve fuera embestido por el expreso del sur conocido simplemente como Locomotora González. Un botín yacía desparramado en un extremo, en el otro el jugador se revolcaba de dolor tocándose el pecho aunque el golpe había sido en el pie. Puro teatro.

 

El Turco Alí arrancó la loca carrera en su posición de lateral, terminando con un centro que Alphonse vio pasar por lo vehemente del envío y acto seguido sobrevino la puteada de Romero debido a que Cañones seguía con los brazos en jarra parado en el verde campo sin moverse.

 

Ahí Valenciano se decidió, llamando a un desconocido suplente que en un par de minutos estuvo listo. El Barba le dio una calurosa despedida con una serie de sonidos guturales a su compañero y lo mandó detrás de la línea de cal con una patada bien puesta.

 

La dorsal del recientemente ingresado rezaba Prometeo, un nombre fuerte pensó el viejo estratega.

 

V

 

Nos dio el fuego, conduciendo a los suyos a ocupar un lugar siempre cerca de la luz alejando a esas tinieblas que desde la creación cubrían al mundo. Ello y el primer paso en formato de estiletazo que dejó mano a mano al de Camerún aunque el que sabía usar las extremidades superiores era el portero contrario.

 

Segundo intento, mismo resultado, la hinchada local empezaba a impacientarse no siendo raro que volaran algunas cosas desde las gradas aunque ninguna llegaba a destino. El árbitro pedía calma desde unos veinte metros más atrás, siempre lejos de la jugada igual que su estado físico.

 

Una nueva trepada de Alí, pase a Lara, este a Prometeo abriendo para Martiniano y centro a la olla para que el delantero sea convertido en sánguche por los centrales generando un balón suelto que manso queda picando en el borde del rectángulo de ese sitio vedado para los contrarios.

 

Ahí llegó Romero dándole al esférico como si fuera una bomba que debía ser sacada rápidamente del estadio aunque salió haciendo patitos, clavándose en ese lugar llamado científicamente ratonera generando el desahogo de la parcialidad en blanco y negro.

Luego los minutos empezaron a irse despacio primero, aprisa un rato después, la radio emitía una serie de sonidos que en el lenguaje de la estática significan la pérdida de toda esperanza producto de no saber el resultado en el otro cotejo.

 

En eso un individuo que se encontraba mostrándole a los de enfrente su colección de restos de pollo bien digeridos, alzó el puño apretado al cielo entonando el himno de todo estadio reducido a un puñado de letras.

 

- ¡Gooooooool, tomen amargos!

 

Los Pinos descontaba en la no tan lejana Necochea, aunque seguía sin alcanzarles a los locales lo que fuera que pasara en otra parte del planeta concentrándose toda la atención en ese teatro en el cual las piezas continuaban siendo movidas como en un tablero.

 

Prometeo tomó el balón similar a sostener en lo alto una tea arrancando desde el mediocampo viendo la manera en la que sus oponentes desaparecían ante la lluvia de piedras, otro fenómeno meteorológico que se hacía presente cada cierto tiempo. Los hinchas de ambos equipos se refugiaron debajo de las gradas, los cuerpos técnicos en los búnkeres desde los que contemplaban con binoculares el transcurrir de la batalla.

 

Los jugadores rivales no cobraban lo suficiente para exponer el pellejo así que se unieron a la hinchada, regresando sin las camisetas, los botines y cualquier otro elemento relacionado con la actividad que no era la principal. Muchos trabajaban en el campo que rodeaba como un océano glauco a esa región alejada del centro del mundo, la llama hizo amanecer en medio de la niebla que se había asentado en el verde terreno surgiendo ante el valiente diez el obstáculo final.

 

Reducido a la nada lo único que quedó fue la malla desprotegida, los guijarros cubriendo el terreno y a los dueños de casa festejando ante los insultos del director técnico contrario que le reclamaba a sus jugadores regresar a la partida, pero él seguía bien lejos del asunto.

 

Cuando la bruma se fue volvieron a estar once contra once, la cuestión 2 a 1 y el tiempo de recupero extendido debido a que el árbitro consideraba un buen justificativo la demora hasta que los del Darra recuperaron la indumentaria. Salvo el arquero que atajó usando un único guante.

  

VI

 

Se vinieron a vengar la ofensa pero con las ganas se quedaron, en una corrida final después de recuperar el esférico nuevamente el portador del fuego eterno empezó a apilar contrarios como si fuera en efecto la luz atrayendo a los insectos, abriendo el juego para el lado opuesto que visiblemente era tierra fértil.

 

La marea de carne y hueso se dio de lleno contra estribor en tanto que a babor otra vez el tren del sur dominaba el balón, un centro quirúrgico a la cabeza de Alphonse que empleando toda su humanidad se elevó como una divinidad oscura metiéndole el frentazo al ángulo viendo en una fracción al portero clavado en el piso.

 

Red, salvación, conquista, la corrida de la victoria a un costado con los once apilándose y el apartado J. B., gritándoles obscenidades desde la tribuna contraria aunque en seguida un botín del Ruso lo sacó de su traición.

 

Tras la epopeya el juez decidió que era mejor terminar el asunto, no hubo premiación debido a la invasión que culminó con el trofeo hurtado y una nueva oleada de piedras obligó a abandonar el tablero verde, con los jugadores del querido club festejando solos dado que las condiciones climáticas empeoraron bastante.

 

En su informe el juez diría que el comportamiento del golero visitante se debió a que encontró en su movimiento al otro palo una cueva de cuises que igual a zapadores construyeron toda una red, por la que transportaban las lechugas conseguidas de los insumos que el vendedor de choripanes traía en cada partido.

 

Algunos de estos especímenes se dedicaban a observar el match desde un lateral informando el resultado a los otros que aún siguen cavando, vaya uno a saber con qué finalidad sombría esa locura de sacar arena por un extremo para enceguecerse con la luz del día.

 

Finalmente la estrella que buscaban brilla sobre la pared descascarada del templo que pese a su silencio esconde los ecos de las batallas necesarias hasta llegar al pináculo, para después tener que bajar a empezar de cero. Curioso fenómeno este.

 

EPÍLOGO

 

Treinta días más tarde el sol emergió dejando a un lado la tormenta de polvo, los sobrevivientes de aquel espectáculo abandonaron la cancha soltando las ligaduras de Sanada y Alphonse con las que evitaron que sacrificaran a los vencidos. El último en irse fue Valenciano con su paso cansino y el recipiente para la viada que lo seguía a todas partes, el casco bajo el brazo y una sonrisa de satisfacción.

 

No se alejó más que unos cuantos metros cuando sintió que todo se estremecía, pensó que quizás sería otra tormenta de piedras pero la respuesta le llegó enseguida al contemplar el derrumbe de las tribunas formando un monumento abstracto a lo que una vez fue su estadio.

 

En la cima brillaba algo o eso le pareció mientras encendía la nave que se encontraba intacta, sobrevoló la escena para ver asombrado la copa desaparecida y a un ejército de cuises que enarbolaban la bandera propia en el territorio ocupado.

 

Supuso que la conquista no se la podía quitar nadie en tanto enfilaba al sur, a la República de Creta en la que su viejo amigo lo aguarda para ponerse al día de todos esos partidos que han transcurrido mientras la vida sigue.

 

En la escena que el director técnico campeón no vio un par de sombras ingresarían al campamento de los roedores y dejándolos adormecidos con la magia vudú se llevarían el trofeo, al amanecer notarían la sustracción de la copa saliendo en pos de los ladrones para darles alcance por la red de túneles, arrojando sobre el despintado camión celeste todos los proyectiles que su labor les generaba.

 

Sanada cortaba cada misil con la afilada katana empleando las técnicas de un maestro de espada y haciendo que al final la horda cuisera desistiera, perdiéndose el vehículo conducido por Alphonse Marie en el horizonte.

 

Los biógrafos dicen que sus huestes se adentraron demasiado en el territorio de las yararás así que el premio era inferior al peligro, por lo que regresaron al sitio del derrumbe y crearon una réplica de la copa que se exhibe ante las demás especies. Otro curioso fenómeno. 

Día 8: España

  Dos alargues después vinieron los de rojo, superando en todas las líneas a los Albicelestes que se terminaron quedando con uno menos en ...