Por supuesto que no lo esperaba, encontrarse nuevamente recorriendo los interminables pasillos sin más defensa que el presente para salir al encuentro de los recuerdos que asaltan los caminos directo al salón de Acuario que yace sellado. A cal y a canto pero todos los días de estos dieciséis años se han vuelto apenas arena que algún maestranza avezado se ocupará de hacer desaparecer, echándola a la calle. El final del mes no se encuentra visible todavía, el carro con el equipaje ha sido enviado a un depósito desde donde no se lo trajo de regreso comprendiendo que la última carga era él mismo. Los rulos debieron ser sacrificados para afrontar las tormentas de altamar que alejaron la nave a costas desconocidas, lejos obviamente del calor de ese fuego tan conocido que sólo puede asemejarse al hogar primigenio. Con un rollo de pergaminos que daban cuenta de historias creadas entre esas paredes cuyo símbolo es el fuego del conocimiento así como la melancolía de tener que dejarlo todo para ingresar en la jungla azul. Volvió varias veces pasando cerca, observando los resplandores que despedía la cima comunicando un mensaje ininteligible para la mayoría excepto por esa parte que le gritaba desde lo profundo. Los cabellos se le agitaron una última vez antes de desaparecer por completo sin detenerse a considerar el asunto, a veces ni siquiera le prestaba atención a la maraña negra que le poblaba el rostro en una señal de rebeldía y seguro de descuido también. Mutaron sus versos a cuestiones un poco más profundas, el encierro hace reconsiderar aquello de lo que uno se ha visto privado sin que se pusiera a hacer promesas dado que la libertad fue encarcelada además de todo atisbo de originalidad. Únicamente el tiempo tenía la fórmula para derribar la bruma, sarrasón que crece devenida en niebla de guerra para así ignorar los peligros conjuntamente con las maravillas no reuniendo el coraje que se necesita para emprender la expedición. Así fue que se encontró caminando una noche de domingo rumbo a la fortaleza cuyo portal estaba de par en par esperándolo, dentro el clima conocido con los acólitos en torno al altar de piedras emitiendo un movimiento de reconocimiento al ver al extraño que se acercaba. Volverían a la mente los nombres de ellos antes de que estos se presentaran, con el sonido de una taza de café que quitaría el resfrío producto de la intemperie notando que hasta el almidón traería los recuadros de esa historieta borroneada. Las calles de alrededor mostraban los impactos de la década y media aunque en el corazón de la mazmorra el asunto era bien diferente, seguía la escultura de madera en su sitio riéndose de las paredes que exhibían pintura renovada aunque para Luigi junto a la barra no sea más que un cambio en los manteles. Solitario jinete has vuelto a casa para escapar de la lluvia, habiendo caminado en ella, hallando la fuente de todas estas letras justo en cada mácula, mota y píxel hasta formar la imagen que te muestra sonriendo.
Blog del autor ítalo argentino, Piero Fiori. Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución 2.5 Argentina conforme se describe en la página intitulada "Creative Commons".
martes
viernes
Un lugar en los sueños
El avance sobre el manto de silicio es lento la mayoría de las veces aunque al sonar la sinfonía del sudeste la ira no se contiene para nada llegando hasta la base de los eternos vigilantes, hijos de los pastores de granos que han sido curvados sin mano visible. Del otro lado la calma invade el largo pasillo hasta toparse con la arteria de tosca que sigue bordeando el muro buscando a la fuerza eterna lejos de la jungla verde, al sur del infierno glauco yace Océano con su fisonomía apenas alterada. La primaria que sirve de plataforma de lanzamiento para la mayoría, la secundaria recientemente instalada, la delegación que se mudó a una esquina, la plaza con el busto desgastado y los enormes canteros en cuya cercanía los eucaliptos se alzan. La avenida con nombre de mujer te arrastra hasta el monolito que sirve de advertencia sobre las trampas que las corrientes encierran, tragándose a los bancos que realmente son de arena por más que confiado el náufrago piense que ha llegado a tierra. La postal de la nave zozobrada se deshace en tonos blancos y negros que ilustran las páginas de una de las crónicas sobre un pequeño trozo de cielo, túnel que conecta los mundos cruzando por el seno de arena. El arroyo es el emisario de la bestia que se alza majestuosa con los cultivos floreciendo, la mano de los creadores es invisible pero puede ser apreciada en las largas noches del invierno accionando los engranajes para que el escenario esté listo a tiempo. En ocasiones diferentes parecerá que se ha puesto a dormitar con apenas el lomo terroso emitiendo un suave movimiento, hasta que la sangre fluye rauda por cada una de las sendas moviendo al resto que se reúne en torno a una tabla. Por allí cerca se encuentra el antiguo hotel que ha ido perdiendo su lustre, la muralla con retazos de alambre al haberse caído, algunas habitaciones que siguen en pie, el enorme salón con las herramientas y la máquina de soldar que transforma la atmosfera en reunión de luciérnagas. Afuera está el campo, el mundo desconocido fuera de los límites que se frecuentan que alcanza hasta una estación de tren que espera en vano y la postal de los silos cuyas vías se pierden entre los matorrales. El vigilante trepa sintiendo crujir los escalones de madera que a veces se desarman teniendo que arreglar el asunto, alguna protesta de parte del propietario que decide sacrificar aquellos vetustos apagándose en una estela que surge de la boca negra sobre el tejado. Revisa constantemente el perímetro buscando posibles recovecos por los que los invasores nocturnos se presenten, su vigilia es sin embargo permanente siendo que las horas de luz pueden traer varios sustos. Siente el aroma de la sal en el aire aunque jamás vea al mar, a los cazadores de tesoros de las profundidades cruzar ataviados de una caña así como el hilo con la trampa de metal que se ocupa de rajar entrañas rindiendo a la presa. Ya en la mañana el regador pasó temprano pero el efecto es pasajero al elevarse la calina, teniendo que restregarse los ojos con el consiguiente estornudo para convencerse que debe buscar la sombra del pasillo y de paso el almuerzo. Los demás dormirán pero le tocará vigilar sin más elementos que aquellas herramientas otorgadas al nacer, el rastro del café viene de la cocina perdiéndose en la oscuridad al igual que los sonidos silenciosos que cubren aquellos recintos. Verá al retornar a la empalizada al propietario dialogando con el hijo cuyos rulos son una corona, inspeccionando el cerco nuevo colocado en otra extensión del dominio de la familia para poder acumular ciertas sobras de los quehaceres diarios. Pasará el estío pero únicamente para tener que pegar la vuelta, la repetición de sucesos con los interpretes un poco más viejos poniendo en escena a la vida que es ausencia en su extremo. Las caras jóvenes partirán para tornar con una mochila de edades habiendo abandonado el lecho que seguirá esperando utilicen dicho camino para hacerle una visita, incluso los recibirá poniéndose el mejor de sus ropajes para que se unan a la monotonía onírica. En más de una oportunidad vendrá algún invitado no queriendo entonces parecer maleducado así que irrumpirá en la sala produciéndose la presentación formal, mejor estar bien informado de las intenciones de los extraños de forma de no tener sorpresa alguna. Pero a la larga quedará solo con la pareja recibiendo noticias del exterior en cuentagotas, acumularán sus días en granos de arena que formarán nuevos guardianes para una vez que hayan partido a buscar otras dimensiones. Así atravesarán la costa provinciana pasando por acantilados, médanos, caletas, perlas y playas perdidas a los ojos del mundo que en momentos determinados descubre esos paraísos intentando en vano curarse la locura de la repetición. La serpiente azul se presenta cubierta de líneas blancas, pero en muchos instantes exhibe las señales de peligro que son desoídas por los que vagan en un estado febril de locura intentando alcanzar pronto un punto en el lado opuesto a costa de reventarse en millones de fragmentos. Galo les dará cobijo teniendo que volver a contar una vez más los defectos en las defensas, no hay lugar seguro sin importar cuan lejos se vaya uno conforme se repite el denominador común de tener a otros cerca. La plaza con sus faroles le brindará diversas opciones en sus ratos de ocio, memorizará la secuencia de edificios para no extraviarse consistente en escuela, banco, iglesia y municipio, sonándole todo ello familiar. El puerto es un asunto nuevo, amarillo y naranja cubren las carcasas de las embarcaciones con diversos símbolos incluido el de un enorme tiburón que viene con su casaca puesta haciendo rebuznar al toro que observa desde atrás de los hilos al hereje meciéndose sobre la ría sin que puedan querer entenderse. La procesión de estibadores se reitera en la descarga de la pesca que huirá por la colectora rumbo a la ciudad enorme allá a la vuelta de una curva, resonando el paso de los ejes sobre la loma de burro que de paso agrieta las paredes. Acompañará al hijo de la misma forma que hizo con el padre, sin los cabellos de otras eras en la sesera aunque la voz es inconfundible pudiendo ser también una confusión de su memoria que pone en dicho sitio imágenes del pasado. Se acordará entonces que se puso un tanto viejo debiendo realizar chequeos para sí tras varios lustros descubriendo a un enemigo que no ha visto llegar a pesar de todas las precauciones, el crepúsculo se instala en la luz del verano sin posibilidad alguna de salvar la prisión de carne.
De la misma forma que llevamos al viejo nos ha acompañado él, viéndolo irse rápido después de la agonía del calor agobiante sobre una plancha de metal hasta depositarlo entre la graba que la sequía mantenía rígida. La muerte es terrible, la ausencia mucho peor esperando por error que te asomes por la ventana buscando a mamá como cada mañana invitándola a sentarse bajo el alero o quizás al resguardo del fresno, no más mover con el hocico el plato amarillo dando cuenta de la última migaja, sólo correr en búsqueda de papá hasta el lugar de la fusión del firmamento con su espejo de abajo conformando el unísono. Por ahora cualquier encuentro futuro queda supeditado a los mensajes en los sueños.
A Papá y Shu.
sábado
Hogar en el mar
Hay una casa en medio del mar pero los barcos no han dado jamás cuenta
de ella, los ojos humanos únicamente ven las maravillas que dicen crear
ignorando cualquier otra cuestión obnubilados por el bombardeo de imágenes que
dejan a la conciencia sepultada. A su playa sólo llegan ciertos viajeros aunque
el hogar lo ocupa únicamente uno, abriendo en ocasiones la puerta para
contemplar el rostro esperado al que la marea forma con la arena como argamasa.
No son los ojos que busca, del color de la miel al derretirse, tampoco sus
movimientos delatan esos hábitos conocidos tras medio siglo de estar juntos
teniendo que aguardar ahora en el confín del mundo para que una tarde le traiga
la recompensa. Otras almas pueblan esas costas pero su puesto de observación
requiere de atención durante toda la jornada de sol, la luna es un recuerdo vago
pese a que ha sabido de algunos que atravesaron una temporada en la oscuridad
hasta conseguir la redención. Les quita a las tejas lo que parece ser el musgo
pero no es más que un reflejo del paraíso verde que yace debajo, nadie se
detiene a contemplar el espectáculo en la inmensidad celeste al tener la cabeza
siempre viendo hacia el ombligo. Casi nadie, los dos locos sentados en un café
han atisbado en un reflejo del sol a la obra que se les fuga a todos los otros
iniciando los planes del viaje que no ha de ser más que una transición al mudar
el cuerpo a lo etéreo. El sorbo final del café ya sabe a frío, la rutina se
deshace al entrar en ese contacto fugaz que quiebra a la semana en el miércoles
con las protestas del jueves ante la presencia de siete días sin resarcimiento alguno.
Dichos instantes no son más que un bálsamo en el lomo para tener que volver a
cumplir la condena impuesta, logrando apenas un puñado de trastornados salirse
del rol asignado para mirar como un meteoro a la enorme trampa azul que espera
se zambulla en lo profundo. En tanto en la isla imaginaria no hay ningún estruendo,
ni siquiera los rayos que yacen más abajo perturban la paz de aquel sitio cuyos
moradores se funden en un cuadro eterno mezcla de cielo y oleaje engullidos los
demás tonos ante la monotonía de los colores. Visto desde acá pueden aparecer
ciertas nubes, cúmulos que se desharán del traje para tornarse en los heraldos
de una tormenta que baña a los depravados contentados con repetir sus días en
una esperanza falsa llamada tiempo infinito. Luego vendrá el sol como siempre a
limpiar los restos de la matanza hídrica siendo que la manchas deben desaparecer
de una buena vez si bien la labor continúa porque los réprobos no se quieren
dar por vencidos. Los espera la cárcel de esta época que se presenta con la
fachada de la libertad pero no es otra cosa que una celda elegida libremente,
con las cargas impuestas que son la sentencia de condena teniendo que
encerrarse para estar rodeado de desconocidos que harán algo parecido para no
ser menos. Por detrás del ocaso se esfuman tales conductas con el sueño siendo
el último reducto del libre albedrío, dejándonos el sabor agridulce de aquello
que está al alcance de las manos pero se evaporará al sentir la alarma
llamarnos para cumplir con la tarea. Aunque la carne se resista hay que sortear
el obstáculo de las penumbras siendo que el tirano dorado ha regresado a sacarnos
de las lucubraciones que se nos aparecen más adelante en una curva, cobrando
sentido el hecho de largarnos a cualquier parte no contando para nada con la
intención que no deja que viremos hacia un lugar diferente ya que fuera de esos
hilos de metal hay un mundo que se moviliza. Mientras el vigía parece que ha
hallado en la lejanía a la destinataria de su dedicación a este asunto de barrer
la marejada notando que se alisa el campo de juego en un azul insondable,
semejante al de sus ojos jóvenes con los trigales en las alturas resplandeciendo
de la misma manera que al conocerse. Anda allá en el infierno de pastizales que
adornan las cañadas, recorriendo el cerco que la mantiene en los límites de su
cordura ante la añoranza de tantas partidas juntas que en el lado opuesto son
reencuentros.
lunes
Bajo la superficie
Bajo la superficie los
sonidos saben lejanos con los miembros suspendidos habiéndose ido el peso del
mundo a alguna galaxia lejana, los pensamientos se vuelven burbujas que de a
poco emergen en el espejo que también recibe a las naves pequeñas. Un golpe sobre
la misma se convierte en un anillo más que se une a los generados por seres
parecidos, sin que ello inquiete a aquel que permanece es estasis con el eco de
otras escenas hasta que es uno con el universo. El silencio ocupa cada rincón con
apenas unos pasos ligeros afuera, tal vez una que otra caricia al igual que los
proyectiles de agua que obligan a resguardarse a la humanidad. La voz en una
cadencia repetida habrá de acompañar al que no ha llegado todavía, que en una
oda a dicho instante trascendental repite la primera de todas las figuras al
sentir el frío invadir su ambiente abrazando sus manos a las piernas que
encuentran calor. Ello sin contar los besos que recrean el descanso de los
primeros días a un costado de la fuente blanca que le otorga fuerza a quien aún
no ha puesto un pie sobre este mundo, pero muy adelante en una curva del
infinito se levanta desprendiéndose las lágrimas de su ropaje hasta que se
aleja dejando un reguero sobre el camino que lo devuelve al calor del mundo
arrastrando una silla para poder contemplar al sol irse dado que el muro ya lo
perdió de vista.
jueves
¡Chau!
La
última marca es de la moharra al ser alzada la bandera en el acto de despedida
tocando el cielo en una suerte de extensión de las manos, tras la entrega de
los pergaminos se produce la diáspora quedando apenas los fantasmas en el aula
de arriba a la derecha justo contra la calle. La dispersión deja el vacío
presente con la margarita deshojada en medio de la calle que es apenas una vía
en esta ocasión, lo relevante se ha marchado para regresar en repeticiones de
instantes con otras personas interpretando a un personaje parecido. Incluso al
momento de la vuelta al polvo de toda la edificación seguirán sonando sus voces
pese a que ocupados en los ruidos inútiles no se le prestará atención, pasando
de largo aquella que ha de traer la apoteosis sin las cadenas que la ataban que
yacen oxidadas con el viento susurrando entre los eslabones.
lunes
Charly
El patio se quedó vacío denotando esa partida que no será definitiva, siempre existe un momento de reencuentros aunque sea en los sueños que albergan esas partes del alma que vamos perdiendo entre las risas y el dolor. Se ha ido a contemplar la fábrica de rayos y truenos cuyo vigía le resulta familiar sólo que esta vez no caerá en el truco de dejarse llevar lejos, seguirá sus pasos hasta el borde del cielo en él que se despeñan las lágrimas formando al océano de abajo que moja los pies del viejo Antonio.
sábado
Dios opera en un cajero
La presencia de la estación de
servicio rompe la inmensidad de la noche pese a que no he extrañado en nada la
compañía de los otros que duermen ahí afuera, el sujeto de la playa viene con
un rostro conocido invadido por un sueño que enturbia sus sentidos. Los
movimientos son automáticos, qué carga, completo, el golpe seco al detenerse el
chorro que se bombea desde las entrañas (las mismas que lo tuvieron
prisionero), importe, cobro y a la nave otra vez. Lo que viene es el café, agua
y uno de esos sánguches sellados hasta el descarte o su consumo aunque nunca se
sabe en el borrón de las fechas equivalente al desgaste que llevamos con
nosotros. No está el lucero cerca al recibir la segunda bocanada de esa
madrugada, a unos pasos en la oscuridad yace otro punto luminoso cuyas
pantallas se encuentran encendidas esperando que vengan a vaciarlo o recargarlo
según el caso. La sed también afecta a esa expendedora de pasajes a la
felicidad según los hedonistas, no más que un boleto que enseguida se desvanece
con el correr del viaje hasta dar de nuevo con la necesidad no obstante
idéntico resultado. La segunda presencia apenas la noto al introducir la
tarjeta, corriendo un sudor frío sobre la sien que se congela antes de reventar
contra el piso que ha desaparecido pese a seguir estando ahí abajo. El papel
calentado por esa tinta que no se ve romperá el hechizo, los billetes yacen en
alguno de los bolsillos, el plástico es cargado igual que las deudas del pasado
pero no iremos demasiado lejos.
—Aún hay crédito por lo visto
dirá él.
—¿Perdón?
—Todavía no se ha terminado el
recorrido hombre, venga y mire en este monitor moderno. En la oficina no tenía
uno así de manera que he copiado el diseño con unos cuantos ajustes.
En efecto, miles de cuentas
aparecían ante la vista de ese extraño usuario al que la helada no lo hacía
tiritar a juzgar por la manta liviana de tono rojo que colgaba sobre sus
espaldas.
—Como verá algunos de estos
registros ya tienen mucho tiempo así que será mejor moverlos a otra sección.
Acto seguido desapareció la
numeración en cuestión aunque enseguida otra surgió.
—Y ahí está de nuevo,
languidece, mengua y crece llenando el vacío de la anterior.
Entre la jungla de números en
blanco alcance a vislumbrar algo que me aterró, no eran nada más que cuentos de
trasnochados sino fechas que encabezaban esa base de datos cuyo operario me
sonreía benevolente.
Incluso una que conocía bastante
bien, viendo en retrospectiva cada momento lo que resultó en agotamiento de mi
memoria que se retiraría a darse una larga siesta después de aquello.
Me encontré alejándome hacia el
vehículo que me llamaba igual al casco de la barca desde la que creo haber
caído en otra vida, una sirena inversa permitiendo que me aleje de las fauces
que no existieron.
—Aún hay crédito
repitió en forma de susurro. Pero la humanidad no lo sabe, sigue avanzando
apresurada temiendo que el tiempo la atrape y es su pasajero constante con cada
hálito.
domingo
Mangia
Harold Fondue nació en el patriótico barrio de Boedo en el seno de una familia de fabricantes de chocolates, lo que le valió varios dolores de cabeza en relación su nombre al punto tal que a los dieciséis años durante un viaje a Uruguay, en tareas de reparto de los productos comercializados, optó por no regresar su casa al otro lado del charco. Se empleó como ayudante en un pequeño diario de Canelones manifestando que era mayor de edad, los pormenores de la maquinación han quedado perdidos en las sombras de esos años. En su periplo por tierras charrúas tuvo la posibilidad de asistir a Don José Omar Valenciano Varela en la cobertura del clásico entre tricolores y manyas, en un estadio Centenario que tenía el privilegio supremo de poseer la primera final del mundo con las consecuencias ya conocidas. El sitio estaba a reventar, la cacofonía se extendía de un extremo a otro de la capital escuchándose para envidia de algunos en la ribera opuesta dado que no había fútbol debido a una huelga de fabricantes de pelotas. El ya veterano periodista cubrió otros encuentros famosos, aun muchos contaban que se quedaba dormido antes del inicio despertando con el alarido gutural que sabe casi a la primera palabra pronunciada. Recolectaba entonces información de los asistentes al encuentro con testimonios de ambas parcialidades, lo que le llevaba un tiempo precioso dejando pasar los momentos más relevantes del encuentro como eso tiro libre que se va alto desparramado al portero aparte del que recibe el impacto en la tribuna. Sin mencionar la pelea en el mediocampo que culmina con varios lesionados que se toman alguno de sus miembros heridos de muerte no obstante apenas ser rozados, generando el amontonamiento de los rivales en pos de cobrar venganza. Se sentaron en uno de los peldaños del campo de batalla con la salida de los dos equipos en un enfrentamiento que se prolongaría por las décadas siguientes haciendo que un hervidero sea un espacio polar. Las almas allí congregadas le rezaban al mismo dios pero éste parecía tener colores diferentes el día de hoy dependiendo de la versión que se contara, el joven aprendiz guardaba en la retina de sus ojos un cuadro de epopeya que se le adhería a la piel ante tamaño espectáculo. Ni siquiera sintió algo así en esos cruces entre santos y quemeros que acallaban las tardes del domingo hasta ese alarido en el que el victimario metía la primera puñalada no obstante a lo que la víctima podría bien cobrar la ofensa, con la herida borbotando ira pura. Arrancó el match, el cronista registró la hora del comienzo en aquel domingo de agosto que el otro testigo recordaría a colores pese a la idea errónea de que todo ha sido en blanco y negro en una suerte de acromatismo. El primer tiempo se iría sin nada reduciéndose el griterío para el final de la primera mitad, Harold registraba lo ocurrido en unas series de notas aunque el lápiz en varias ocasiones encontraba la explosión de las minas de trazo en trazo hallándolo ocupado en ello hasta sentir el pitido iniciando el segundo tiempo. Aquel que no se dio por enterado fue su compañero que continuó roncando apoyado de vez en cuando sobre la pierna del boedense que ya no escribiría nada a excepción del instante cumbre de destrucción del cero con un remate bajo, produciéndose la detonación en la garganta además de los abrazos. Ahí Valenciano Varela se incorporó mirando anonadado la escena, hasta que bajó la ola desde lo alto de la tribuna apaciguando todas esas voces vueltas susurros. Minuto veintinueve anotó sobre el papel garabateado siendo observado por el aún somnoliento Javier Omar que inició la búsqueda de sus apuntes, notando que estos yacían un puñado de escalones más abajo empezando con el rescate. Recibió un par de pisotones aparte de la ignorancia general descubriendo que el mundo estallaba a su alrededor yendo a parar su nota muy lejos ante los festejos del segundo gol. El pibe, mientras tanto, observaba momentos antes el arranque descomunal del perpetrador de la primera gloria quedando los oponentes atrás viendo la llegada de lo inevitable ante tantas paredes que se caían hasta encontrar el objetivo cuyo guardametas perdería incluso la boina. Sin embargo no coronaría la hazaña cediendo la estocada a alguien más que sellaría el marcador en un 2 a 0, con las consecuentes imágenes de júbilo de la hinchada carbonera para dar paso al silencio del epílogo en plena retirada de los concurrentes. Pudo rescatar al jornalero después de unos instantes, lo halló cabizbajo con pedazos de pequeñas hojas sumadas a la desorientación en los sucesos recibiendo la mano solidaria del otro que lo invitaba a levantarse para dejar ese lugar ya vacío. Se bebieron una copa juntos antes de emprender al viaje de vuelta al pago, aprovechando el veterano escritor dicho momento para armar el rompecabezas con la colaboración de su compinche de viaje que finalmente dormía apacible. La mañana siguiente repartieron la publicación intitulada El Heraldo, una única página plegada en cuya portada se veía como destacada la partida dominical firmada por J. O. V. Valencia y un tal Lorenzo Fernández adoptando un seudónimo glorioso.
lunes
Vasco
De un lado la estación de servicios que sirve también como refugio ante varias inclemencias, la peor de todas es la de ir de aquí para allá sin detenerse siquiera a tomar un respiro sabiendo que se han terminado las licencias para los esclavos que deben pagar la boleta al principio del mes aunque no exista fondo alguno acreditado. El sujeto que ha logrado apartarse en un rincón contempla al mundo desde una mesa blanca cuyas sillas son incomodas de forma tal que nadie se quede demasiado en ese recinto, cruzando la avenida que es una postal más de la locura, se alza el puesto del Vasco que junta feligreses sin distinciones de ninguna clase. Diversos trajes para seguir con la faena forman la fila bajo el sol abrasador cuando no las llamas, Febo y Hefesto descargan su ira sobre los que quieren un pedazo de la última cena de Baco, el obsequio de Prometeo recalienta los hierros forjados en otros lares. Las salsas están listas, conservadas en frascos que alguna vez guardaron tesoros verdes y negros hasta que quedaron tan vacías como los bolsillos de la mayoría ante los constantes desmanes, aunque enseguida vino la idea para recuperar algo que permita subsistir. Una bolsa de pan que cambiaba cada cierto tiempo, la materia prima que se renovaba al final de la semana quedando preparada para ir a parar sobre la parrilla tirada por la montura solitaria que lo seguía hasta esa esquina mágica. Uno podía venir apurado esperando alcanzar esa embarcación a la bahía sabiendo que allí esta cargaba a sus huestes por última vez, antes de pasar frente al sito que ya abandonó el viajero cruzando un rato a llevarse un poco más de lo qué pidió dada la generosidad del cocinero que aprendió el oficio de evitar que las llamas consuman su fuente de ingresos. Alguno caerá a último momento para llevarse las disculpas del caso dado que ya es hora de retirarse, demasiado calor soportado sin que una brisa venga a quitarle ese infierno de encima cargando su roca cuesta arriba para regresar a buscarla al día siguiente. La última imagen será la de él regresando una vez que nos devolvieron un pedazo de nuestra libertad, después la noticia será un reguero sabiendo que ha partido dejando el recuerdo en tanto se consumen las brasas sin que alguien más avive ese fuego que se apaga igual que la existencia misma.
domingo
Kael
Yo conocí a un sujeto llamado Kael,
los días de frío venía a darnos una mano
dejándonos chamuscados mientras las chispas
se elevaban igual que mariposas incandescentes.
Sí, yo lo conocía, muy metódico en sus labores
poniendo trampas en medio de los caminos
para que los desprevenidos se encontraran
con un problema más que resolver.
Experto en colocar defensas gastando sumas siderales
a costa de los hombros de sus huestes que apenas
atinaban a decir ¡Me encantaría!,
aunque alguna poción extraña debían ingerir.
En caso de que alguien necesitara ayuda él se presentaba
dejando todo ardiendo ante las turbas enardecidas
que le arrojaban una lluvia de improperios
y de piedras, pese a estar muy lejos para saberlo.
Ardía en deseos de venganza pero en otras facetas
hurgaba pedazos de bienestar para los que aguardaban
en la casa ahí al fondo, más allá de las rejas que llevan
a un pasillo repleto de historias que resuenan.
Apaciguando la sed de llamas con un brebaje verde,
siempre preparado para la ocasión de que cierto visitante
venga sin aviso alguno tocando el timbre para hallar
el refugio que bastante bien conoce.
El invierno no se va
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