Antología "Más allá del umbral"

 


En abril del año 2025 remití dos textos a la selección de historias del sello Luna Roja de editorial Rubin y fueron elegidos. Los mismos exploraran la talasofobia así como a los demonios que se ocultan a simple vista.

UN VASTO UNIVERSO AZUL, PARTE I


La primera de las olas llegó convertida en una onda, semejante a las que surgían en los charcos cuando, recubiertos de hie­lo, eran explotados por diversos meteoros, todos ellos salidos de la mente de aquellas mentes pequeñas que iban rumbo a la escuela cerca de las ocho de la mañana con el frío que se metía entre los pliegues de la ropa que portaban y que sería desparramada sobre el respaldo del pupitre y en los hombros una vez que los liberaban, para retornar a casa pasando por el espejo roto en donde las hojas de los eucaliptos se acumulaban dándole un tono anaranjado.

Al caer el verano en todo su fragor, cruzaban los médanos, que como viejos guardianes custodiaban al pueblo en las ho­ras de la noche en las que el mar rugía, y se topaban con el espectáculo. El desierto de arena como la última prueba antes de las frías aguas que le quitarían el ardor al menos de la piel y cuyos brazos hídricos los recibirían de la misma forma que una madre al regresar al hogar. Las ojotas en las manos y a co­rrer por sobre los granos de silicio que ardían bajo aquel astro inclemente como pocos y se zambullían en la espuma que era levantada por el viento del este, marcado por el sol al amane­cer y por el solitario faro en el crepúsculo. Después, los pro­yectiles impulsados por la brisa les mutilaban los tobillos hasta que simplemente se secaban y ya los impactos no se sentían. Se iba un día más con el globo anaranjado hundiéndose en el horizonte y la luna roja emergiendo, junto con la inevitable aparición de los mosquitos que los obligaban a irse de la playa.

Gabriel echaba una última mirada al mar, que se confundía con la noche y el cielo, antes de trepar la loma que llevaba a la Avenida del Viejo Marino. La tosca crujía bajo sus pies mientras las luciérnagas iluminaban el camino de regreso a Los Álamos. Así se sucedían las tardes del estío, tan esperado, mientras el resto del año el pueblo caía en un letargo, del que solo emergía, como un batracio, cuando los peregrinos de la ciudad venían a curar su locura entre las olas.

En las noches de invierno, sentía el llamado de la masa de agua, que lo esperaba con la paciencia de quien sabe que aquel que se ausenta volverá algún día, ya sea con las sienes cubier­tas de canas, en el mejor de los casos, o con un desierto sobre él donde apenas brille la luz de la mañana.

Un verano más. Los guardavidas que marcaban el área de salvataje con la cartelería indicado el final de la zona de baño que en la afluencia de personas poco les importaba a los miem­bros del grupo de pibes que no se frenaban un instante a ob­servar los restos de un viejo naufragio. Excepto uno, que se alejaba de aquella zona, manteniéndose a la izquierda de la chimenea de la embarcación, convertida por el incansable tra­bajo de la marea en una masa oscura. Se mantuvo cerca de la orilla, aunque pronto dejaría de lado las precauciones ante el oleaje tranquilo, sintiendo el tirón de la corriente que lo obli­gaba a hacer fuerza en el sentido contrario. En un instante, sus pies ya no tocaron el lecho marino y fue arrastrado por una mano colosal que jalaba de sus hombros dirigiéndolo hacia la vorágine. Entonces, una fuerza equivalente, manifestada en el brazo de una mujer que nadaba cerca, contrarrestó la tragedia inminente y lo obligó a salir a la orilla. Cuando el susto pasó, contempló la vasta masa de agua que le resultaba ominosa y se alejó con el temor instalado en su interior, ocultándolo a la vista del mundo, dado que debía rendir cada día el examen de la valentía.

En el otoño trotaba sobre las dunas con los borceguíes, que lo obligaban a hacer más esfuerzo, pasando por el túnel sub­medanal, que era nuevo. Enseguida el viento se ocupó de que el paisaje recuperara su fisonomía, echándole a aquella gar­ganta el peso de las décadas. Trotaba hasta el arroyo que servía de límite natural y entonces regresaba sobre la arena mojada, con el mar calmado en la mañana, siempre con la sensación de que algo lo observaba desde las profundidades, de modo que aceleraba el paso hasta trepar a la seguridad de los guardianes que fingían dormir.

En algún resquicio de su mente quedaba flotando la idea de haber sentido algo más que la fuerza de un canal tirándolo hacía la zona del hundimiento de aquel barco, convertido en un banco de mejillones. La misma que, en ocasiones, hacía que los bancos de arena se partieran en dos, llevándose a más de un pescador en una inversión irónica de roles, según las placas del monolito que descansaba al resguardo de las torres de arena.

Mudaría la piel hasta perder la vergüenza y, finalmente, le contaría a su psicoanalista sobre la pesadilla que se repetía: el mar viniendo a cubrir el pueblo, engulléndolo todo bajo una sombra de colmillos brillantes que teñían de rojo las aguas al retirarse, dejando una catástrofe en la costa y un profundo si­lencio.

—Talasofobia.

—Fobia al mar.

—No, miedo extremo a los cuerpos de agua profunda, no así miedo al agua.

—Casi me engulle.

—Es una neurosis.

—La mujer que me salvó se llamaba Hela.

—Conveniente el nombre.

—Sí, lo sé.

—Pero la sesión se ha terminado.

Tomó el ascensor que lo depositó en la entrada, una vez des­cendidos los siete pisos. Respiró de una bocanada el aire frío de la noche, aunque de limpio tenía poco, y se fue calles aba­jo hasta el café cuya atmosfera le embriagó los sentidos. Era viernes, un buen momento para escaparse del servicio de call center y del bodrio que implicaba escuchar los problemas de los demás sabiendo que el servicio era deficiente.

Se bebió un café doble, nada de alcohol, ya que en el depar­tamento sombrío lo aguardaba el lienzo presto para ser invadi­do por los colores. Los paisajes atlánticos se repetían: playas crespadas y en paz, lunas embriagadas que reemplazaban a soles cansados, brazos perdidos entre el vasto universo azul y muchas sombras en las profundidades.

Luego dormiría para tener una pesadilla que se acentuó con los años, que le cayeron encima como aquellos granos cu­briendo el techo del viejo túnel que emulaba a una garganta abierta en la arena. Estaba sentado sobre el médano más alto que conocía, oteando las casitas que se levantaban en los alre­dedores, mostrando la expansión inevitable de las poblaciones una vez que los prófugos de las urbes las descubren y tiene la misma idea.

Los restos de una fogata yacían unos pasos más abajo, en la depresión surcada de huellas de motocicletas, que a veces encontraban a algún turista tomando el sol y culminaban con estos últimos lesionados. Miró hacía el este, aunque faltaba para que el faro comenzara con su labor, y dirigió la atención al espejo azul y al horror que se alzaba, elevando más y más las aguas.

La playa despareció, el desierto ardiente se volvió oscuro y las dunas fueron tragadas por aquella masa de agua en cuyo centro se erguía la figura colosal, extendiendo los brazos azu­les. Antes de ser tragado por la vorágine, tuvo conciencia de que los tamariscos danzaban con sus raíces sin poder asirse, quebrándose en la oscuridad que lo rodeaba, en cuyo centro el titiritero y él se encontraban luego de cuatro décadas y media.

El último registro de su mente antes de morir fue el de la casa de sus padres, desdibujada por el tsunami que extendía sus manos para pasar a centímetros del tejado, que se perdió en las penumbras.

 





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